La sociedad de la instantaneidad.

Nos acerca a lo lejano, nos aleja de lo cercano.

Hace no más de diez años pensar en poder entablar una conversación de manera casi instantánea con alguien que estuviese distante de nosotros sin tener que llamarlo, o bien, enterarnos casi al instante de las últimas noticias que acontecen en, por ejemplo, Japón, parecía imposible; hoy es la cotidianidad.

Internet, gracias a las redes sociales y de mensajería móvil principalmente, se ha convertido en el medio perfecto para poder obtener una gran cantidad de información con ‘ instantaneidad ’ sin tener que realizar mayor esfuerzo. Sabemos acerca de la reunión celebrada por alguno de nuestros familiares en otro país, así como del más reciente terremoto ocurrido en Japón. Asimismo, sabemos que Nelson terminó con su novia y que Estados Unidos anda espiando a todo el mundo. Y todo ello desde la pantalla de nuestro ordenador o teléfono móvil y a tan sólo un par de clicks. ¡Qué maravilloso ello es!

Sin embargo, así como esta sociedad de la ‘instantaneidad’ ha ganado inmediatez, también ha perdido algo fundamental: el lado humano y la privacidad.

Basta sólo con observar cómo son las relaciones de hoy en día —sobre todo en los jóvenes— para darse cuenta de ello. Ahora los “te quiero” no se dicen por teléfono o en persona sino se expresan mediante un simple y llano texto por alguna de las tantas redes sociales que nos inundan. Los abrazos se convirtieron en algo virtual y los besos en un emoticón. ¿Dónde quedó aquella magia de escuchar la voz del otro, sentir su olor, su respiración y poder coger sus manos?

Asimismo, no es sino mirar a alguna persona en Transmilenio o en la calle y, muy seguramente, la imagen que veremos es a algún personaje con su teléfono móvil “chateando” y los audífonos puestos cual tapa oídos como si lo que les rodea no importase. De igual modo, por culpa de las redes sociales, tenemos una cierta manía, obsesión o paranoia —llámenle como prefieran— por contarle al mundo qué hacemos, cómo lo hacemos y por qué lo hacemos. ¿Es necesario que los demás se enteren, como si de un periódico fuera, de todas las cosas que nos pasan o hacemos? ¿Puede importarle a alguien más aparte de a mí si hoy comí arroz o pasta o, en casos más extremos, lo que hice en la fiesta de anoche con x persona?

Andamos tan pendientes del “Face”, el “Twirer” y el “Wasap” que olvidamos que hay un aquí y un ahora que se llama realidad. Y no, no estoy queriendo decir que el tener cuenta en alguna de estas redes sociales sea malo pues yo, como muchos, también tengo cuenta allí. Lo malo es no saber dónde están los límites y excederse con el uso de las mismas. Puedes “chatear” y hacer una video llamada con algún amigo o familiar; de igual forma, puedes estar pendiente de lo que estos hacen, en ello no hay nada de malo, mas no debes hacer de ello tu vida.

Esta sociedad de la ‘ instantaneidad ’ nos acerca a lo lejano, nos aleja de lo cercano.

No olvidemos que hay gente cercana que también nos importa, necesita y valora a la cual, muchas veces, por estar tan pendientes de lo que ocurre en el mundo virtual, dejamos de lado, olvidamos y no le damos el valor que merecen.

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