Bang

(big)

Me acuerdo, María-Marie, que era invierno y era París y una tormenta se acercaba a nosotros, escondidos en nuestra cama. Los truenos sonaban sobre los tejados como los pasos vengadores de un gigante ebrio, y nosotros, sintiéndonos sobrevivientes a todas las catástrofes que pudiera tenernos reservado el futuro, nos pusimos a conversar sobre cataclismos antiguos, sobre ese tipo de finales que en realidad no son otra cosa que nuevos principios.

Recuerdo que hablábamos de dinosaurios y de cómo los dinosaurios se habían extinguido, y que tú, con la voz automática y satisfecha de quien recita algo de memoria, me dijiste:

“El meteorito que provocó la extinción de los dinosaurios cayó cerca de la península de Yucatán y dejó en los estratos geológicos de la época residuos de iridio, un elemento químico de clara procedencia extraterrestre. El impacto del meteorito sobre la superficie de la Tierra provocó una nube de partículas en suspensión que oscureció el cielo impidiendo la fotosíntesis de las plantas y provocando enormes variaciones en el clima, cambios en el contenido de oxígeno en el agua marina, erupciones volcánicas, terremotos… El impacto de un bólido de este tamaño -supongamos que tenía entre seis y doce kilómetros de diámetro- libera un millón de veces más energía que el terremoto más intenso registrado en nuestro planeta durante el último siglo”.

Así hablabas, María-Marie, como la locutora de un último noticiero transmitiendo desde debajo de las frazadas, donde la tormenta y los meteoros no podrían alcanzarnos porque nuestro amor era algo fuera de este mundo, nuestro amor estaba hecho de iridio, y brillaba en la oscuridad.

Mantra (frag), Rodrigo Fresán.