CARTA POSPUESTA PARA MARÍA-MARIE

Cuando te abrasen esas ganas irresistibles por desaparecer, y abandonarme, recuerda que todavía no recorremos las calles de Sankt Pauli a medianoche;/ que la Plaza Roja de Moscú, el Palacio de Invierno con todas las puertas abiertas, aguarda por nuestras figuras dentro de esa postal donde salimos abrazados, muertos de frío, y somos felices;/ que la última historia de sci-fi no ha sido escrita: allí tú eres el fin, y yo el principio, de una travesía entre supernovas y hoyos negros y derrumbes celestes conjurando el estallido de una flor espacial, y al final del viaje –en un lugar impreciso de la dimensión espacio-tiempo, tal vez en la 4th dimension–, nos desdoblamos en una figura que no termina de completarse./ Recuerda las calles de Santiago de Chile, el temblor de sus adoquines ante la inminencia de pasos animales siempre nuevos, pletóricos de vida, prehistóricos al fin y al cabo: la nostalgia de una ciudad sin cazas que atraviesan el cielo a las siete de la mañana; sin el bang de las bombas derrumbando las columnas de los edificios y las esquinas y los árboles; sin campanas llamando hacia un infierno de geografía desconocida./ El sonido de los barcos zarpando a medianoche para liberar al mar de su sed y desatar la arremetida de esa furia que tarde o temprano terminará por hundirlos./ Escucha el timbre de los teléfonos averiados, llenos de llamadas a deshoras que no marcamos nunca;/ el aullido de los parques y los perros sin dueño buscando desde el fondo de sus pupilas la imagen de nuestro rostro; nuestro nombre: esa línea en medio del bulevar; la sintaxis rota de la tarde; la violencia inmóvil de la ciudad./ Acuérdate./ Somos los descubridores del nombre universal para ese límite entre la arena y el agua: puro terreno ignoto e invención de todos los mares y todas las playas./ No hemos fundado una religión o una tribu de nómadas, ni conquistado ciudades con la lengua, pero conservamos nuestro ímpetu agreste y espartano./ Y todavía no hallamos la vía más rápida para acceder a nuestros sueños lúcidos — quizá su ruta esté marcada en las coordenadas de un mapa dibujado por la Orden de los Cartógrafos Ciegos./ Al final, todos los atardeceres del desierto esperan la mirada fija de tus pupilas ácidas sobre su cielo árido y caerán –tenlo por seguro–, se convertirán en noche cerrada, al mismo tiempo que el último estertor de luz sobre la tierra.

El desierto del norte de México. La foto es de Ame –pues sí.