¿Qué hay detrás de la ventana?

Voici le temps des assassins.
Arthur Rimbaud

In this terrifying world, all we have are the connections that we make.
BoJack Horseman

Para Ame Vera,
por saber mirar al fondo del abismo con los ojos abiertos y reír al mismo tiempo.

I. Jacaranda-Bad Gyal

Hace poco se cumplieron catorce años de la muerte de Roberto Bolaño.

Del chileno se ha escrito y dicho de todo –sea cierto o no– y parece que siempre se puede decir más. Como si el nombre de B, y todo lo que representa, fuese una mina de un material precioso y radioactivo –plutonio o uranio– de donde todos queremos extraer alguna ganancia. Existen quienes desestiman el valor de la mina sólo porque jamás han tenido el arrojo de ponerse un casco, agachar la cabeza, encoger el cuerpo y entrar en un túnel más oscuro que la oscuridad misma, sin la certeza de poder salir de allí –no olvidemos a los 33 mineros. Chile. Siempre. La oscuridad el alumbramiento el relámpago y el estallido. Poetas como mineros asomando su cabeza hacia la tierra y la luz; recién nacidos bañados en sangre y placenta y fluidos capaces de inventar el mundo desde las palabras una vez tras otra.

Intento escribir sobre B –y aquí B y la literatura son tan sólo el pretexto para aproximarse hacia otras superficies; la escritura y el escritor como puntos de acceso a espacios más álgidos, a territorios en disputa: el vacío en donde ocurren todos nuestros procesos creativos, su fracaso signado de antemano– desde fuera del paradigma de la limpieza y la seguridad de que existe una forma correcta de escribir acerca de la literatura –o lo que era la literatura hasta hace algunos años.

Todo está sucio. Escribo desde el ruido, el auto-tune y la capacidad, tan complicada de aprender, de cometer todas las faltas y los errores con el mejor estilo del mundo. Puro bling-bling y ritmo fronterizo: palabras borderline que bailan dispuestas a dinamitarlo todo –el pasado que se borra sin cansancio; la memoria dispuesta para el olvido; el futuro que no llega– por el puro placer de verlo arder.

Carecemos de glamur o pedigrí.

Aquí solo hay kitsch: chicos y chicas salvajes surgidos de las periferias de todas las ciudades destinadas al colapso –Santiago de Chile, Barcelona, DF, Buenos Aires–; muchachas cantando en catalán sin buscar la independencia –porque la política también las excluyó–; chicos que fundan ritmos violentos para demoler los templos latinoamericanos, los trenes llamados progreso que no llegan a ninguna parte; jóvenes hermosos y tristes dispuestos para la violencia porque es la compañera más fiel de toda su vida; chicos que hablan sobre drogas, armas y supervivencia porque de eso se trató su infancia –no les tocó la felicidad de crecer leyendo a los griegos sobre una hamaca en una casa de arquitectura colonial; no tradujeron a Joyce a los cuatro años; no son hijos de diplomáticos ni de profesionistas. Su origen se remonta a los perímetros, las fronteras y los bordes, allí donde no hay fragancias dulces pero sí sangre y semen y fetidez mezcladas con lágrimas y sudor: el perfume que aspiramos con fuerza para convertirnos en supervivientes profesionales.

Bienvenidos a la intemperie.

Roberto Bolaño. Algún año de la década de los setenta. El Distrito Federal (a.k.a.) La ciudad de los monstruos. La risa.

II. Bonnie & Clyde-Tomasa del Real feat. La mafia del amor

Una vez existieron dos argentinos: Emilio Renzi y Ricardo Piglia. El segundo siempre fue el maldito; el primero conservó la lucidez durante toda su vida. Renzi fue casi un detective; Piglia fue casi peronista. Ambos nacieron a la mitad del siglo XX y presenciaron los filamentos de la segunda guerra, del largo invierno nuclear, de la dictadura y –más cerca– el fin de una de las tradiciones literarias más lucrativas: el boom.

En el fin de siglo, junto al de las experiencias, lo único que nos queda por narrar es un crimen o un viaje, según Piglia. ¿Qué narrará la literatura del siglo XXI?, ¿y cómo? ¿aceptará, de una vez por todas, que las certezas fueron destruidas, que los géneros ya son obsoletos, que las palabras no bastan?, ¿o seguirá fingiendo en actitud de princesa, arquetipo anquilosado, esperando la llegada de su príncipe, el escritor, para salvarla? Puede que ya no exista posibilidad de salvación, y qué bueno.

Entonces surgen, desde las ruinas, los argentinos: ese grupo de emigrantes entre los que destacan Rodrigo Fresán, Patricio Pron y Andrés Neuman. Este último, hincha de Boca-niño terrible –como Piglia y Fabián Casas–, escribió Una vez Argentina: una novela en forma de investigación genealógica proyectada bajo la forma de un haz luminoso que atraviesa el oscuro vacío de la memoriosa historia nacional, y familiar, argentina. Alguien debe completar, como los destinos, las memorias trizadas por el paso del olvido –justo o no– sobre ellas.

Todo inicia con una carta escrita por una abuela que decide contar su historia, revelar sus raíces, a sus nietos. Neuman rellena huecos, ficcionaliza, especula, se sumerge, cual buzo en el pasado, y su escafandra se cubre de algas que le nublan la visión; se sacude la basura marina de los recuerdos con unas manos capaces de escribir el libro más bello de toda la Argentina para luego traicionarla en el punto final. Hombre de manos nacidas de un matrimonio de músicos, de quienes aprendió que “o suena todo un mundo nuevo entre los dedos, o lo que hacemos es escribir a máquina.”

Pero quizá una de las iluminaciones más grandes de Neuman radica en la certeza de que –como B ya lo sabía– toda escritura es, al final, un gran acto de amor: “…resulta más legítimo –o acaso más necesario– escribir desde el amor. […] No es cuestión de buscar disculpas; sino de intentar ser justos con los descubrimientos que aguardan debajo de las sombras que narramos las sombras que nos pueblan […] porque de alguna manera contar conduce a amar lo que se cuenta.”

Cuánto amor y cuánta fuga son necesarios para apostar por la escritura. Sí, pero también, cuánto abandono y cuánto crimen, es decir, cuánta violencia. Qué complicado escribir sobre una realidad que se desmorona sin desmoronarse junto a ella. Ahora, quizá más que siempre, escribir significa ante todo entrar en una ciudad –como en un refrigerador helado– para acomodar todas las piezas e interpretar las pistas ya no para responder las preguntas sino para seguir preguntando. Escribir para resolver un enigma y, en su resolución, fundar otros tantos. Sembrar escrituras arbóreas que tiendan sus raíces bajo el suelo de nuestra lengua.

Bienvenidos a la hora de los detectives.


III. Famous-Kanye West

All I have in life is my new appetite for failure.
Kendrick Lamar

Para muchos, el desaliño en la imagen y la vida de Bolaño –cuya figura siempre permaneció muy cerca del arquetipo de una bohemia que ya no existe, que ya es arcaica– genera desconfianza. El chileno sólo tenía un suéter raído, de bolitas, y unos anteojos cuya montura estaba chueca –según el testimonio de un señor muy malhumorado y rencoroso que lo acompañó, como finalista, en ese lejano 1998 cuando Los detectives salvajes ganó el Herralde de Novela. Para el memorioso sin humor –cuyo nombre no menciono porque no merece ser recordado; aquí también caen las cabezas bajo la guillotina–, igual que para un sector muy amplio de los intelectuales, la literatura permanece en un estado más o menos sólido cuya composición podemos determinar mediante la aplicación de fórmulas lógicas e infalibles. Pasamos de la literatura a la física cuántica en un salto digno del Capitán Godzilla. Escribir constituye un ejercicio a cuyos resultados podemos llegar con empeño, paciencia y disposición para seguir las reglas y respetar a la tradición. O eso dicen. Sin embargo, su trampa aguarda bajo la forma de modelos que no apuestan por discutir la noción de literatura, ni por socializarla –por construir espacios de ejercicio crítico desde donde escribir, y todo lo que significa, pueda repensarse, incluso fuera de los espacios tradicionales de la academia o los círculos de intelectuales– sino por la defensa desesperada de una estructura, y una serie de valores que la sostienen, cuya existencia se vuelve cada día más dudosa: la LITERATURA.

La LITERATURA: de mayúsculas contenidas en vestidos de gala durante cocteles con canapés y vino tinto de segunda mano; de presentaciones que nada dicen porque nadie lee tantos libros con tan poco tiempo para leer; de reseñas cuyo destino serán los archivos de la ignominia; de consulados y contactos internacionales y premios Nobel y lenguaje impoluto y real-mágico-maravilloso –sin grietas ni fisuras– y traducciones cuyo único fin es aumentar el número de lenguas en las que se enuncia el mismo fracaso.

La literatura marcada por el jazz; por las guerrillas latinoamericanas y los ejércitos de liberación nacional; por las épicas soviéticas escritas para cimentar un futuro cuyo fin, como tantos –recuerda Roma, cariño–, siempre fue la caída; por las mariposas amarillas cuya plaga cubrió el cielo con la ilusión de que siempre sale el sol después de la lluvia larga; por las grandes preguntas del siglo y su respuesta imposible que se evapora con la última humareda de la bomba; por el futuro: playa en invierno al borde de Chile, ese país imaginario.

En su afán de ruptura, B jugó al escapista y al final no logró salir del cajón sumergido en el agua y se ahogó. Al atacar todos los templos construidos para los nombres del boom, Bolaño quedó sepultado bajo las ruinas –fiel a su espíritu espartano y chileno. El nombre de B fue la llama primigenia del incendio que arrasó con esa pradera llamada literatura del siglo XX.

Pero antes de morir y transformarse en mito, B apuntaló algunos horizontes posibles para el futuro de eso que ya no puede ser la literatura as we know it: la escritura como supervivencia en medio de la violencia del siglo XXI. La escritura dispuesta –ojalá fuera tan fácil como escribirlo– a ceder ante el non sense y comenzar a dudar de su nombre, su rostro y su pasado.

Y, al ahuecarse de sí misma, la escritura bajará a las zonas rojas de las ciudades, se sentará junto a los borders, hablará en código, refundará su lengua y, curtida en la intemperie, emergerá a la superficie en forma de legión –como durante la última marcha en Amuleto: jóvenes hermosos entregados sin temor a la caída en el ojo del abismo–dispuesta a tomar todas las calles por asalto cuando las farsas de la democracia y el neoliberalismo caigan en mil pedazos –maravillosa exposición de efectos especiales; gracias Holliwoo– mientras al fondo se levanta, otra vez, el hongo atómico gigante: esa onda expansiva de destrucción que ya no dejará de crecer.

¿Que cómo lo sé?

Porque las únicas certezas signadas en nuestra frente y nuestro rostro son la catástrofe, el accidente y la caída –como en ese bello poema de Beatriz Vignoli.

Bienvenidos a 1989, a la caída del muro.


IV. Demolición-Los Saicos

Si te dicen que caí,no vengas
a enseñarme aerodinámica revisionista.
No me cuentes de los que cayeron venciendo.
No vengas a decirme
que no crees que haya sido un accidente.
En lo único que creo es en el accidente.
Lo único que sabe hacer el universo
es derrumbarse sin ningún motivo,
es desmoronarse porque sí.

Beatriz Vignoli, “La caída”

Nacimos desarmados: pura pieza rota de un derrumbe a cuya fiesta no fuimos invitados. Somos salvajes porque llegamos a la historia en el último gran fin del mundo. Emergimos a la tierra sin nada entre las manos más allá de nuestra fuerza de trabajo y la fe casi inocente en el poder de las palabras. Carecemos, además, de pedigrí o respetabilidad. Llegamos a las puertas de la república de las letras y nos las cerraron porque todas las butacas ya estaban ocupadas por unos señores cascarrabias empeñados en hacer la vista de lado, los oídos sordos, ante la desaparición sin remedio de todos sus argumentos.

Las vacas sagradas fingen que las torres no cayeron y el acero no resbaló, sobre las columnas del dinero y el poder, hacia todas las esquinas de Manhattan; que los cazas no cruzaron el cielo de Medio Oriente ni destrozaron con sus bombas el trazado de sus ciudades, los rasgos en los rostros de cuerpos anónimos que poblarán las nuevas galerías de la muerte durante los siglos por venir. Sirios, armenios, palestinos, israelíes. Patrias vueltas palabras huecas frente a la furia de una detonación más escandalosa que un documento de identidad o una religión.

Frente a este escenario, la LITERATURA no se ensucia las manos: ensaya demencia senil, aparta la mirada y se empeña en seguir narrando desde la aparente certeza de que se puede contar el mundo sólo desde las palabras. Pero incluso las palabras caen y callan cuando se revelan inoperantes ante la violencia que es el mundo.

Las viejas palabras caerán igual que las figuras de Lenin y el muro; como las viejas estatuas de las vacas sagradas: con un estruendo sordo del que nadie guardará memoria.

Y Bolaño, ese hechicero artífice de la grieta definitiva sobre el telón de los monumentos al boom, será víctima de su propio conjuro: se resquebrajarán los muros de los templos en las ciudades sagradas; las palabras comprenderán que el silencio es necesario –imprescindible parar este apocalipsis verbal; ralentizar el ritmo de la escritura– y se abandonarán a las imágenes en loop, a la inmensidad de la página blanca detrás del código para dar cuenta –mediante la repetición incesante– de que todos los símbolos están siempre huecos al final. La escritura volverá a la intemperie; inventará de nuevo todas las palabras; demolerá la sintaxis; dejará atrás la inmovilidad de las certezas caducas y apostará por la velocidad y el movimiento sin sosiego en medio de este mar de símbolos.

Bienvenidos a las ruinas.

Roberto bolaño y Nicanor Parra. Las Cruces, Chile. 1998.

V. La corona es mía-Chanel

La felicidad es estar entusiasmado por el futuro.
Jesús Carmona-Robles

Good night, sweet prince.
Nicanor Parra a la muerte de Bolaño.

Bolaño murió hace catorce años y nosotros seguimos caminando como gauchitos huérfanos a lo largo de esta pampa llamada escritura.

B: príncipe sin corona a quien todos le debemos un hígado; muerto en Barcelona cuya última palabra escrita fue México. Es triste pensar en un B amarillo, desértico, seco, tirado en una cama de hospital de donde su cuerpo ya podrá levantarse.

En otra versión de esta historia, Bolaño no muere víctima de la crisis hepática. Sí viaja, en los años setenta, a los desiertos de Sonora, al norte de México. Lo acompaña su amigo: Mario Santiago Papasquiaro. Van montados en el Impala y buscan un amor perdido: la poesía. Nunca vuelven al DF. No existen Los detectives salvajes y toda la obra de juventud de B se pierde entre los archivos del olvido mexicano. Sólo sobrevive el mito de dos jóvenes poetas perdidos entre los saguaros y el sol, borrados sobre la superficie de ese sitio en donde tarda mucho en anochecer –al fondo suena “Yo ya me voy a morir a los desiertos”, un canto cardenche interpretado por Valentín Elizalde, “El Gallo de Oro”.

Pero esa versión no ocurre.

Lo que sí ocurre es que B muere y el mito crece a pesar de todos sus detractores. Es posible que su mayor enseñanza no radique en el plano estrictamente literario sino en las fronteras que lo circundan. No es gratuito que en su última conferencia –ofrecida antes de morir, en Sevilla– B apostase por el viaje y la inmersión en lo ignoto — a partir de dos poemas: uno de Baudelaire, “El viaje”, y otro de Mallarmé, “Brisa marina”- ya que sólo así encontraremos el antídoto para cortar el efecto del veneno. La convicción de Bolaño en la poesía lo llevó a la afirmación de que “un poeta lo puede soportar todo”: desde la carencia económica, el anonimato, la crisis y las dificultades propias de un oficio tan peligroso como la escritura, hasta el ejercicio casi demente de la misma como una forma correr contra la muerte, al borde del precipicio, como el último valiente de una empresa perdida de antemano. B corrió, hasta el final de sus días en la tierra –con la palabra México signada como faro, guía y despedida–, y creyó en la escritura como lo que siempre fue: un acto de amor y supervivencia.

Bienvenidos al abismo.


VI. Yo ya me voy a morir a los desiertos-Valentín Elizalde feat. Los Cardencheros de Sapioriz (Posdata)

Queremos restaurar y por eso soñamos con destruir, queremos reencontrar una armonía y por eso armamos el caos de nuestro amor, queremos renovarlo todo y por eso no dispensaremos ya nada.

Albert Caraco, Breviario del caos

Escribo desde el DF, en el centro de México: territorio que se borra; mapa negro de lo ignoto; lienzo lleno de equis: coordenadas que son los cuerpos de los muertos cargados sobre la espalda de nuestra historia y nuestra memoria. Ser mexicano se parece mucho a ser superviviente: casi un acto de magia por su complejidad y riesgo en medio de esta ola de violencia que parece interminable.

Pero, incluso en medio de tanta muerte, existen resquicios por donde asoma la posibilidad de volver a escribir: las escrituras de jóvenes –como Clara Muschetti, Mariano Blatt, Tuti Curani, Pierre Herrera, Caterina Scicchitano, Jesús Carmona-Robles, Robin Myers, entre muchos otros; la lista es larga y aquí no se agota– dispuestos a tomar el cielo por asalto; a cruzar los desiertos del norte de México en busca de una poeta perdida; a enfrentar el horror de países que se caen a pedazos y pierden la memoria; a pronunciar los nombres de todos los muertos y los desaparecidos de nuestra post-felicidad. Jóvenes salvajes y hermosos cuyas escrituras son vértigo dispersión velocidad ruptura inmersión valentía e incertidumbre.

“No tenemos futuro, pero nos sobra la actitud”, es la consigna reflejada en sus voces y rostros capaces de hacerle frente al vacío, al abismo, con los ojos bien abiertos y dispuestos a saltar. El fantasma de B los mira desde una esquina sin nombre del desierto y les sonríe antes de desaparecer.

¿Qué hay detrás de la ventana? El mar o nada.

Bienvenidos al desierto.

El Desierto de Sonora.