Un poema de Andrés Neuman

Buenos Aires al vuelo.

Todo comienza en la tercera planta del pasado,

la quinta puerta al fondo del olvido.

Ábrela, ciérrala: hay viento suficiente

para escapar, y tiempo para entender al fin.

Las calles coloniales y todavía sucias de San Telmo

que alguien en mi nombre recorre alucinado,

la esquina de los gritos donde guardan

los víveres de alguna semifusa,

la palcita Dorrego, balones y raíces como músculos,

los domingos en venta su sol artesanal;

aquel otro mercado, hangar de contraluces,

cuando el precio del pan subía cada tarde,

quedarme con el cambio, tan sólo dos monedas

y dos también, solos, los amores:

la rara pelirroja de la calle Juncal,

la bailarina yegua del galopar en leves zapatillas,

más allá las mañanas borrosas y de escarcha

camino al puerto, társenas y grúas,

soñolienta gimnasia de sus amaneceres, la marrón

pestilencia del río, aveergonzado de la historia

y del vuelo de aquellos helicópteros;

el terror, ciertos golpes, piruetas para entrar en los

potreros,

un reloj alemán que se llevó consigo algunas horas,

abre, ciérrate,

el grito de ese niño que me aturde

despertando algún muerto en otro idioma,

nombres que aún traduzco, el ajedrez color

pomelo en la avenida Independencia, mi amigo

el heladero,

su desaparecer, las bicicletas en el Parque Lezama,

la azul velocidad con que se alejan,

las risas maquilladas, los zapatos, los columpios

de los domingos húmedos en Plaza Francia

entre parques y plazas huye el tiempo;

la libertad, el Once, el bus 86,

el sueño de haber sido futbolista u hombre muerto.

aquél terrible patio de los puñetazos,

jugar al escondite era un alivio

pero qué libertad, ciérrate, ciérrate,

un club donde nadar era aprender a ahogarse,

un abuelo con gorra lúcido hasta el suicidio,

otro que vive en hábitos y gestos que aprendí

mucho más tarde, desandando la escala,

una pequeña casa en las afueras, un jardín con

enanos

y aquél raro almanaque y las canicas grises

y un cuadro con un circo, la pianista de manos

que se rompen, un balón de colores ascendiendo;

el templo de los goles, su garganta de hierba,

el transitar oculto debajo de un manual, el laberinto

en Alsina y Moreno, la muerte junto al álgebra,

ésas únicas fiestas en las cuales bailaste, ¿recuerdas

que bailaste?

en el Teatro Colón o la caverna donde secuestraban

el violín de mi madre cada día, el corredor

desierto y enemigo, las intrusas con vaqueros

rosados,

un balón de colores descendiendo;

aquel mirar de cierto amigo muerto en

delantal,

su cara detenida como en un papel pálido,

los varios ataúdes que me hicieron adulto,

la madera de ébano, un arco y un caballo,

un Dodge naranja incendio,

el viento suficiente para que se propague,

un limonero roto, un sauce en pie, ladrones

sin sombra y una puerta perforada,

un ladrón diferente en el espejo; ese balcón

al otro lado, asómate, del tiempo

y del aire y del plano que se acerca

a dos ojos cerrados,

las luces y los pozos,

el bobo señalar de un obelisco,

la bóveda nublada, la veloz

repetición de la caída,

el pronto aterrizaje,

su riesgo necesario,

las calles de allá abajo y aquí adentro.

Igual que en el mercado yo quisiera

quedarme con el cambio, ser ayer

teniendo la memoria de mañana.

A mí se me hace cuento que existiera un lugar

al que pertenecer, un árbol sin raíces, una línea

que ya no tiene suelo, palpita de invisible,

traza su propio mapa en mi reverso, habla,

duele y remonta el vuelo.

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