La vida en mi barrio

“Mirábamos al frente y reconocíamos a lo lejos a los amigos jugando, a la vecina del perrito, los nombres de las calles y edificios, a la señora del almacén que me vendía el jugo en caja. Jugábamos en todos los espacios públicos y nuestra memoria era el “waze” para no perdernos”.

Los mejores recuerdos de mi infancia son de mi barrio, en la comuna de Ñuñoa, en Chile. Al salir del jardín infantil “Topolino” caminaba con mi abuelo Hernán por la calle José Domingo Cañas jugando a leer los nombres de los edificios. Una vez que los memorizaba, me gustaba sorprenderlo anticipando los nombres para que el elogiara mi capacidad para recordar.

Siempre nos encontrábamos con una señora mayor cuyo nombre no recuerdo que me saludaba con mucho cariño. Ella tenía un perrito. Una vez nos invitó a tomar once a su casa con mi abuela. Pasamos toda la tarde allí. Era “simplemente” una vecina del barrio con la que nos saludábamos todos los días. Así crecí en las calles de Ñuñoa, saludando a las personas simplemente por el hecho de compartir el mismo espacio.

La plaza Rafael Cañas se lleva lejos mis mejores recuerdos. Quedaba cerca al colegio Suizo de Santiago e íbamos todas las tardes con Elena, la empleada que trabajaba en la casa de mis abuelos y con la que pasé la mitad de mi vida. Ella se sentaba a verme jugar mientras yo me encontraba con niños desconocidos -que después serían mis amigos- para columpiarnos, jugar al balancín o hacer carreras de autos. También jugábamos a la pelota. A veces Elena me compraba un jugo en caja. Ahora a la distancia valoro cuanto debe haberle costado ese sencillo gesto de cariño.

Con Juan Pablo vivíamos en el mismo edificio. Recuerdo que después de ver “Superman” en su casa salimos a la calle para ver cuál de los dos podía volar más alto. Cuando se cambió de casa al barrio del Estadio Nacional seguimos en contacto. Jugábamos a la pelota en la calle Canónigo Madariaga y nos hacíamos a un lado cuando venían autos, que eran pocos. En la noche contábamos historias de terror con su hermano Miguel Angel, en la oscuridad y alumbrando con una linterna. Al otro día volvía a mi casa caminando por las mismas calles de Ñuñoa.

En esa época no había celulares. No había facebook. Mirábamos al frente y reconocíamos a lo lejos a los amigos jugando, a la vecina del perrito, los nombres de las calles y edificios, a la señora del almacén que me vendía el jugo en caja. Jugábamos en todos los espacios públicos y nuestra memoria era el “waze” para no perdernos.

Así era la vida en mi barrio.

Andrés Gallardo.

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