Que yo te habría llevado al oscuro, donde la tranquilidad desborda. Te hubiese llevado de tú haber querido. Y allí te hubiese enseñado a qué sabe el sentirte en la cuerda que no es floja, de mis brazos y mis besos.

Que me hubiese gustado verte esperar al final del túnel iluminado con luces de farola. Y vivir ese momento en que los cuerpos se abrazan y se unen como si se tratasen de un imán potente de polos opuestos.

Sin embargo tú. Tú no contabas las ovejas por la noche conmigo, no estabas en mis insomnios. Porque tus horas sin dormir eran para ella, porque tu imaginación era para ella, porque tu ilusión era toda para ella y yo… yo tenía solamente un rincón reservado en las estanterías de tu cabeza, donde guardabas los libros que un día leíste y te gustaron mucho.

Así que… los días de lluvia y relámpagos salgo a la calle con la sudadera de súper man que me regalaste, y hasta que no se empapa toda no subo a casa. Parece que cuando las lágrimas se mezclan con la lluvia duelen menos, es como si la lluvia te lavase la tristeza, y se la llevara al alcantarillado con las ratas.

Entonces me pregunta la gente ¿qué te pasa? y no puedo responder a nada, porque tú no existe más que en mí cabeza. Cada momento pienso dónde estarás, qué pensarás, si te acordarás de mí, si tienes ganas de llamarme, si echas de menos mis tonterías, si te sigues imaginando mis manos en tu piel, si tus pies me extrañan, si tu cuello no es nada sin mi boca… Tantas cosas me pregunto que las ahogo todas con la tristeza.

Cierro el libro de las guerras no ganadas. Y lo dejo en un estante de mi cabeza, todas desordenadas desde que no estás. Pienso en la locura de buscarte pero me quedo paralizada ante la certeza de que no es en mí en quien piensas. Luego callo y alguna vez me has llamado para saber de mí, pero yo no estoy… me alejé de ti para encontrarme a mí, para aprender a desquererte, para que me duelas a solas.

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