Negocios del abuelo

El abuelo Ricardo cargó la camioneta con cáscara de limón. 2 toneladas, para ser exactos. La camioneta doble rodado estaba hasta el tope. El pedido lo había hecho un amigo suyo de Guadalajara, directamente en el mercado de abastos, hace un par de semanas. El recorrido iba ser largo, 8 a 12 horas para llegar de Colima a la ciudad capital de Jalisco. El abuelo decidió llevarse a mi padre Rogelio. 12 años tenía en aquel tiempo. Un joven delgado, tirando a flaco, camisa de botones abierta, pantalón ajustado y botas de trabajo. El “Getas”, como le decían, iba contento. ¿Quién no va contento en los viajes largos y a solas con su padre?. Ya entrados en camino, el abuelo se sintió enfermo. Una gripa mal cuidada se empezó a convertir en principios de neumonía y poco a poco el abuelo perdió energías. Orilló la camioneta, levantó la mirada, y dijo: “¿te la llevas?. Mi padre no tuvo otro remedio más que aceptar la encomienda. Arrancó la primera, mientras el abuelo se acurrucó en el asiento del copiloto. Para el Getas, aquellas subidas parecían infinitas, como ir subiendo el mismísimo volcán de Colima. Entraba la segunda, luego la tercer velocidad, la camioneta chicoteaba en cada paso. El Getas tenía 12 pero ya era responsable de su padre y del negocio. Llegaron a Guadalajara muy temprano. El abuelo por fin despertó. “¿Vas a querer café apá?, ¿un pan?, ¿cómo te sientes?”. Se escuchó una tocecilla rasposa y un “sí, tráemelo bien caliente, que me queme el hocico, como me gusta”. Mientras el Getas corría por el pedido, el abuelo se dirigía con el comprador. “Todo listo amigo, aquí te traigo las dos toneladas”. El comprador se rascó la cabeza en señal del próximo desaire. “Richard, fíjate que no podré comprarte, acabo de adquirir y más barato”. Fue un mazazo directo entre las dos cejas del abuelo. El Getas venía con el café hirviendo a pocos metros de la negociación entre los dos hombres. “Fíjate cabrón que no soy tu pendejo”, con tono contundente y mirando fijamente sin pestañear. Cuentan que el abuelo era hombre de palabra, valiente, pero sobre todo, de poca mecha. “¿Que no te enseñaron que el hombre vale por su palabra y el caballo por su rienda?”. El hombre argumentó que podía encontrar otro comprador en el mercado, que le buscara. “No cabrón, yo vine porque tu lo pediste, ahora descargas y me pagas”. En ocasiones hay risas sarcásticas que pocas veces toleramos, y más, en este tipo de situaciones. La risa del comprador detonó la furia del abuelo. “¡Ay Ricardito!, siempre tan alebrestado”. El abuelo desenfundó la Magnum 357 encañonándola en el mentón de aquel hombre. “A ver cabrón, creo que no entendiste”. El Getas, nervioso, a penas pudo emitir un “tranquilo apá, el señor si te va cumplir con el trato”. A los pocos minutos ya habían descargado la mitad del cargamento mientras el abuelo contaba los billetes. El viaje de regreso a Colima el Getas permaneció callado. No había estado de acuerdo en la solución del trato de su padre, su silencio lo hacía evidente. Mi abuelo no soltó palabra hasta casi llegar a la ciudad. “Hijo, en la vida siempre hay que ser hombre de palabra, cabal, justo, es lo que debes aprender, y jamás de mis errores”. El Getas sonrío y con un simple “está bien apá”, mirando hacia la ventana, guardaría la enseñanza que años después transmitiría a sus hijos.