Vox, las tácticas fascistas y el neocon (I)

Héctor Juanatey
Nov 8 · 8 min read
Manifestación en Washington contra la guerra de Vietnam el 15 de noviembre de 1969 — AP

Me resulta un poco extraño que yo — y otros como yo — seamos denunciados como anticomunistas “obsesivos” y como “incorregibles guerreros fríos” [en inglés: cold warrior, en alusión a la Guerra Fría]. Pero, entonces, debo admitir que encuentro muchas cosas extrañas sobre el nuevo radicalismo en los círculos intelectuales y literarios estadounidenses. Estoy confundido por los radicales de mediana edad que insisten, al mismo tiempo, en que la distribución actual del ingreso es terriblemente desigual y que no puedes vivir decentemente en Nueva York por menos de 50.000 dólares al año. […] Todavía hay un sentido según el cual, supongo, pueden llamarme “guerrero frío”. Lo que quiero decir es: creo en la libertad individual y la democracia representativa; prefiero una forma modificada del capitalismo a cualquier otro sistema económico; estoy seguro de que Castro no es un buen modelo para el progreso latinoamericano; considero que el maoísmo es tan detestable como el fascismo y no es fácilmente distinguible el uno del otro; no veo que los países subdesarrollados del “tercer mundo” representen ninguna ola de futuro, y el Che Guevara no es mi idea de Robin Hood. Pero este es un tipo nuevo y diferente de guerra fría, en otro tiempo, en su mayor parte en otros lugares, que involucra a diferentes ideologías. Mirando hacia atrás, hacia la guerra fría de los 50 contra el Stalinismo, por momentos puedo sentir una nostalgia positiva por la forma directa en la que planteaba cuestiones morales sin ambigüedad. Ninguna cantidad de escritura “revisionista” afectará a mi visión de esas propiedades morales. Fue, por cada canon que reconozco, una guerra justa, y me complace haber tenido una pequeña parte de participación en ella.

El texto anterior es un fragmento de un artículo publicado en The New York Times por Irving Kristol el 11 de febrero de 1968. El año no es poco significativo, como tampoco lo es el hecho de que su autor fuese el considerado como padre del neoconservadurismo en Estados Unidos, si bien la definión más acertada sería acaso la de patriarca de los neocon.

¿Qué atormentaba tanto a un Kristol que de joven había militado en el trotskismo — participó en la Cuarta Internacional — ? No era solo que considerase atroz la deriva de la Unión Soviética. De hecho, era lo de menos. Lo que de verdad afligía a Kristol eran los años sesenta. Detestaba todo lo que habían traído los Swinging Sixties. Cómo era posible que todos esos hippies, mascullaba, traicionaran a su patria protestando contra la guerra de Vietnam o rechazando alistarse en el Ejército porque ya no iba con ellos. Cómo podían muchos de sus compatriotas dejar de lado los valores tradicionales estadounidenses para darse de lleno al hedonismo, drogas y sexo mediante. Su país estaba irreconocible. Como presidente, Kennedy. Como líder social, Luther King. En las calles hasta se hablaba de feminismo, de ecologismo, de libertad sexual. Alguien debía pisar el freno.

La guerra cultural

¿Cómo podía Kristol contrarrestar lo que para él era una perdida de valores que ponía en riesgo a toda una nación?

Por supuesto no estaba solo. A su lado había muchas personas también de pasado trotskista, incluso socialdemócratas, igual o más espantados con el porvenir de sus contemporáneos. Si entonces alguien les hubiera dicho aquello de “si esto no te gusta, preséntate a las elecciones”, se habrían negado de manera rotunda. No querían entrar en política, si bien su decisión fue casi más política que la Política.

Conocedores del pensamiento gramsciano, en sus divagaciones entendieron que, antes de abordar el retorno a lo que de verdad era su país, debían lograr inculcar sus temores en el imaginario colectivo. ¿Qué hicieron? Abrir revistas. No una, varias. Iniciaron así una corriente de pensamiento según la cual el futuro del país estaba en riesgo y solo había una solución, y convenía que fuera precipitada: el regreso a los valores tradicionales, un viaje de LSD hacia el pasado. Make America Great Again, ¿les suena?

Las tácticas fascistas

Jason Stanley, filósofo estadounidense y profesor de la Universidad de Yale, ha dedicado los últimos diez años de su vida a estudiar la propaganda fascista. Las conclusiones de sus investigaciones están reflejadas en un libro que ha publicado no hace mucho, ‘How Fascism Works: The Politics of Us and Them’ (‘Facha’ en la edición española publicada por Blackie Books).

En su ensayo, Stanley hace un preciso análisis del patrón por el que están cortado los movimientos fascistas, más allá de los matices que puedan diferenciarlos: el pasado mítico, la división y el ataque a la verdad.

Irving Kristol, alumno aventajado de Leo Strauss en la Universidad de Chicago, no se sorprendería al comprobar que el traje del neoconservadurismo encajaría con el patrón desarrollado por Stanley:

  1. El pasado mítico: aquel Estados Unidos que no había sido profanado por los hedonistas.
  2. La división: en el caso del neocon primigenio, evidente: Estados Unidos, el bien, por un lado; la Unión Soviética, el mal, por el otro.
  3. El ataque a la verdad: la mentira noble de Platón.

Vox

Si hay alguien que conoce bien la obra de Kristol y compañía es Rafael Bardají, un miembro del Comité Ejecutivo de Vox que no suele aparecer frente a las cámaras. Asesor en temas de Defensa y Seguridad durante los Gobiernos de Aznar — cuenta que sus detractores en el CNI le pusieron el mote de Darth Vader — , Bardají ha pasado por todos los think tanks de la derecha española neocon: el Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), el Real Instituto Elcano y, por supuesto, la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES).

En un claro ejemplo de lo que significa ser neocon a día de hoy, se dice que Bardají fue uno de los ideólogos de la guerra de Irak. División: el bien, nosotros, contra el mal, ellos. Sus conexiones con los neocon estadounidenses son históricas, por la duración, se entiende. Amigo de Bill Kristol, hijo del patriarca del neoconservadurismo, mantiene una cierta relación de cercanía con Steve Bannon, a quien muchos sitúan como el alma máter del Trumpismo y, ahora, de los partidos de extrema derecha en Europa. La mano que mece la cuna.

En 2008, Bardají escribía un texto en el que se preguntaba “qué demonios es un neocon”.

Pero ¿es imaginable que un neocon sea a la vez un fascista, como se dice en la izquierda; un neoliberal, como denuncian los estatistas; un teocon,católico y retrógrado, como avisan los secularistas; un señor de la guerra, como cantan los pacifistas; un aznarista, como temen los genoveses, y un españolista, pesadilla de los nacionalistas?

Hay pocas cosas que más gusten a un neocon que considerarse intelligentsia indefinida. Ese juego de personalidades y adjetivaciones lo transportan al mismo tiempo tiempo a los partidos políticos a los que asesoran. Cuanto más debate exista acerca de su definición ideológica, mejor. No es ya el manoseado binomio ‘ni izquierda ni derecha’, sino la imprecisión llevada al extremo. Pero saben lo que son del mismo modo que Bardají tiene bastante claro “qué demonios” es un neocon. Está todo escrito.

En aquel artículo, publicado hace más de diez años — Santiago Abascal era diputado del PP en el Parlamento vasco — , Bardají apuntaba las líneas maestras que debería tener cualquier “programa” neocon en España.

En el terreno doméstico:
Recuperar el espacio que ha perdido España como nación plural y unida. Es urgente poner fin al actual modelo de las autonomías, que más que libertad y participación sólo ha extendido el despilfarro y la corrupción. España no se puede permitir la abultada factura de tanta frivolidad política e institucional.
Regenerar el sistema educativo de arriba abajo. Hay que reintroducir los valores de responsabilidad, disciplina y excelencia.
Reformar el mercado laboral y el mal llamado Estado del Bienestar. Hay que acabar con la cultura del subsidio y la dependencia.
Frenazo radical a la inmigración y mano dura contra los inmigrantes ilegales.
Lucha abierta contra el multiculturalismo.
En el exterior:
Resituar a España en la órbita de EEUU y el resto de grandes naciones occidentales. Dar pleno apoyo a la agenda de la democracia y ofrecer plena solidaridad operativa a la lucha contra el yihadismo.
Transformar la Unión Europea. Para empezar, hay que atacar su déficit democrático mediante el reforzamiento de los Estados miembro frente a las instancias comunitarias, pues al fin y al cabo es a los gobiernos nacionales a quienes debemos someter a control. Hay que cerrar el Parlamento Europeo: demasiado gasto suntuoso para apenas resultados.
Abogar por unos ejércitos, servicios de inteligencia y cuerpos de seguridad del Estado dotados, entrenados y preparados para hacer frente a las contingencias multidimensionales que se abren ante nosotros, desde la seguridad del territorio a la proyección exterior o la seguridad cibernética.
Aumentar el gasto en seguridad y defensa.

Desde la escritura de este programa neocon hasta la afiliación de Bardají a Vox pasó una década. Todavía no era el momento. Parafraseando al propio Irving Kristol, nada mejor que una crisis para arreglar un problema.

Steve Bannon (izquierda) con Rafael Bardají

Ya no estamos en los sesenta, pero para determinados neocon el contexto es parecido. La alerta por la pérdida de valores es ahora responsabilidad del feminismo, el movimiento por los derechos LGTBI y la inmigración, siempre en el pensamiento neoconservador. Pero al igual que Kristol, el salto a la política — en su caso comenzó en los ochenta de la mano de Ronald Reagan — requiere antes si no una guerra, sí una batalla cultural, hoy con la herramienta perfecta para multiplicar las quejas: internet.

Vox en las tesis de Stanley

Paso 1. La crisis y la solución a todos los problemas. Primero de neocon. Cuanta más desigualdad, más desafección, más resentimiento, más odio hacia la clase política y lo político en general. Cuanto más resentimiento, más emoción. Cuanta más emoción, más hueco para colar ideas de corte fascista. Paso 2. Buscar al culpable. No tanto los políticos que han gobernado un país, que también, pero sobre todo la libertad imperante, el ‘libertinaje’. Pérdida de valores. Os dimos el Estado del Bienestar y os estáis aprovechando. Pérdida de valores. Las mujeres queriendo terminar con el dominio patriarcal. Pérdida de valores. El colectivo LGTBI poniendo en riesgo a la familia tradicional. Libertad sexual. Pérdida de valores. La memoria histórica, el ataque a la nación. Pérdida de valores. Paso 3. Ahora sí, presentarse a unas elecciones.

¿Qué pasaría si se aplicaran las tres tácticas principales del fascismo a Vox?

  1. El pasado mítico: la reconquista. Hacer España grande otra vez. 1492: un nuevo mundo.
  2. División: los españoles, el bien; los inmigrantes, el mal.
  3. El ataque a la verdad. La mentira trumpista, ya no la piadosa.

Nada queda al azar, ni siquiera la soflama más perversa.

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade