En casa vestíamos de negro. No es que nos faltase gusto por adornar el cuerpo de otras tintas, aveces la alegría necesitaba su propio luto. Le otorgábamos a diario un carnaval con sueños rotos, sonrisas extraviadas y cada tarde recorría nuestras espaldas un sudor pesado, con su olor marchito de panteón, y su clima fresco de montaña. No había daño, solo una alegría cosida en las esquinas de los labios.
Siempre en el abismo, pero eso pasa cuando solo esperas. Ahí estábamos, siempre esperando. No tengo duda, en aquel rincón podía ver como se nos caía el amor y tronaba, ganándose paso por las calles, los barrios; todo aquello que estaba por su paso se pintaba, y ya no era verde, ni oxidados color pastel, ni la nube triste que bajaba de aquellos que miraban. Cuanto mar había, cuantos más perdían.
Email me when Hector Lazcano publishes or recommends stories