Ego y distorsión.

Mi corazón es un globo que flota en un cielo que espera la lluvia. Encuentro el amor en canciones que hablan del fin del amor y ya no recuerdo cómo se hace para encontrar refugio en uno mismo, en medio de la multitud. Bailar en el fuego. Y ya sé porque te encontré tan familiar, aquella larga noche de verano, en remeras y shorts, caminando hacia ningún lado. Te recuerdo de la paradoja, porque te conocí en una película de Malick.
Las personas desaparecen, se desvanecen, y es extremadamente triste, pero eso también es la vida. Como terminar de leer un libro justo al final del día, a veces puedo ser conversaciones en italiano y francés, canciones pop en español y personas bellas que jamás conoceré. Pienso en la mediocridad como una enfermedad y me largo al infierno, allá donde nadie me recuerda, y lloro fuerte y me arde la garganta. Y no importa, porque no pasa nada, precisamente. Nada verdadero.
La vida adulta es de un grado de complejidad que apenas puedo tolerar. Puedo estar en el presente como un hombre de concentración y volver al pasado hecho una mujer que no puede estar bien. En las mañanas, mientras que todavía todos duermen, el jardín no es opción para largarse un rato a intentar reflexionar, por el frío complicado del clima de montaña, así que casi siempre es un café y revisar las notificaciones del celular, si es que las hay, al tiempo que los canales de noticias me recuerdan el basurero de sociedad en el que vivimos.
A veces lloro solo de pensar en los cadáveres en mi habitación, cadáveres metafóricos de una serie de vidas que no funcionaron. Pienso en Romina y su pelo enredado y en su maravillosa capacidad para relajarse en el estrés de los demás y detener un poco el mundo para prestar atención en lo que te duele. Empatía.
Cuando estoy triste escribo ficciones para no desesperar y cuando la tristeza no es determinante, escucho canciones tristes para sentir algo de verdad. Un poco de belleza. En mi cabeza, más o menos bien, puedo ser vida y no vida, intentos fallidos de poesía, un poco de nostalgia, autodestrucción, café, puchos y conversaciones intensas antes del amanecer.
Pienso en el día, en las horas perdidas, reconociendo la mediocridad, y me duele y lloro fuerte y se me pasa y vuelvo al espacio vacío, y no regreso más. En la tarde, como personas amables desapareciendo en alguna clase de canción al final de la película, ya sea por distanciamiento y aburrimiento, como un árbol caído al final del día, puedo ser la niebla antes de la lluvia. Un cero en el estómago, tristeza, metal y melancolía.
A veces pienso en el futuro y el pasado me asesina. A veces duermo con las canciones del día y puedo cerrar los ojos y soñar algo que no sea dolor. En esta clase de tardes de interiores vacíos, para poder respirar y volver al presente, imagino un atardecer redondo, en la ruta y huyendo de las complicaciones de la vida adulta. Pienso en una canción amable y muero las veces que sea necesario para dejarme en libertad, al final, tranquilo y fuera de peligro.
Cuando puedo observar las cosas con claridad, un miedo horrible me hace mierda la cabeza y mis sentimientos se comprimen y complican mi estabilidad. Pienso en Romina, pienso en alguien que no soy yo y me resulta nostálgico y no de un modo romántico-tolerable. Ego y distorsión.
Ella sabe hablar con los muertos de poesía, cine y de literatura, con belleza y pasión verdadera, acerca de la vida, como un ángel de la muerte, y a veces habla conmigo, cuando esta aburrida, cuando la tristeza no es determinante. Y así está bien. Así está bien porque no siempre soy algo bueno para compartir.
