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Los troncos de un árbol en la mitad de la vía le dieron sentido a todo. Como arterias aortas partían de una vesícula pegada a la tierra. A medida que crecían, iban estallando en la copa en miles de pedazos de tonos verdes y negros, cada vez más delgados, y ocultaban la luz azul del día. Ninguna rama u hoja o eran iguales a las demás.

En cambio, las ciudades crecen como cadenas que tratan de contener, ordenar, normalizar todo lo aleatorio.

Pero la realidad es más el árbol: Una serie de sucesos fortuitos que queremos hacer parecer premeditados. En ellos vivimos convencidos de que sabemos para dónde vamos. Todo lo contrario.

Nos falta tronco para ver que dentro de las filas e hileras que nos guían, vivimos en un caos horriblemente contenido. Fuera del contenedor, la luz azul del día.