Adolescencia de Mariano. Por Leonor. #sinoleconocesnolejuzgues

Sigo dándole vueltas a la cabeza tratando de recordar episodios de tu vida, y me quedo colgada en mi memoria pensando en tu adolescencia.

Normalmente una adolescencia en cualquier chico es complicada, supone tener crisis de identidad, peleas con los padres, el primer amor. Pero en tu caso Mariano, que eres una persona que como tu dices hipersientes, tu adolescencia se convierte en una película de terror, en un túnel sin final, sin una luz en el que poder escapar, bueno no, había una pequeña luz. Los deportes.

Entraste en la adolescencia en un estado de soledad importante, la gente no te entendía y, como en la infancia seguías siendo objeto de burlas y de calificativos despectivos. Las palizas de los otros niños no se daban con tanta asiduidad, sólo surgían episodios aislados de otros adolescentes que se querían reafirmar ante los demás haciendo lo más sencillo que se podía hacer a esa edad, la humillación pública.

Me contaste que un día, unos que tu creías amigos, te acorralaron, y uno de ellos te sacó una navaja y te la puso en el cuello mientras otro te sujetaba. No se si dijiste algo inconveniente o bien fue por gusto. Otra vez que para reirse de ti te quitaron la bicicleta y la tiraron a las zarzas, cuando tu la recogías te la volvían a quitar y a tirar otra vez. Un trayecto que duraba media hora se convirtió en hora y media. Algunos de los chicos se fueron a sus casas por simple cansancio, y los más fuertes siguieron con la “broma” hasta que pudiste llegar a casa totalmente agotado y dolido.

Se que hay más anécdotas, más episodios desagradables. Cosas de chicos, dirían en ese momento los padres. Si, cosas de chicos que pueden hacer mucho daño. Y que hacen que muchos adolescentes con asperger no quieran salir a la calle y se encierren más y más en si mismos.

Tu gran vía de escape fue el piragüismo, no se si fue idea tuya o de tu padre. Y recuerdo con simpatía la anécdota en la que el entrenador le dijo a tu padre. Me traes al niño redondo y en unos meses te lo voy a entregar cuadrado, como así fue.

Te tomaste el piragüismo muy en serio. Entrenabas a diario, todos los días del año, invierno, verano. Ibas al mar y remabas y remabas, veías a los peces que te seguían tu estela por el mar, que te saltaban por encima de la piragua, sabías reconocerles y distinguirles; los cormoranes se metían en el agua a pescar peces y salían de repente para tu asombro, podías meterte por sitios por donde no podía entrar nadie con una embarcación normal y a ti todo eso te encantaba. Descubriste muchas cosas de la naturaleza en el mar que tanto extrañas, incluso de la naturaleza humana.

La piragua, que tan difícil me parece a mi, se convirtió en tu amiga y empezaste a competir. Incluso en algún momento llegaron los triunfos. Pequeños. Pero muy importantes para ti.

Desgraciadamente, una lesión (que todavía conservas y te lo hace pasar mal en algunas ocasiones) en la espalda te dejó inhabilitado para remar, incluso te dejó inhabilitado para realizar cualquier actividad, hasta andar, durante unos meses. Gracias a los desvelos de tus padres que buscaron médicos que te pudieran ayudar, fuiste recuperándote poco a poco.

Como no podías remar, y no podías ya parar empezaste a hacer bicicleta de montaña. Tu padre acababa de fallecer. Y tu madre te compró una humilde bicicleta de montaña y allá que te ibas por los montes y los valles a pedalear. Como te pasó con el mar, de tanto entrenar con la bici ya te conocías palmo a palmo los montes, los arboles, las cuevas, las madrigueras, las casas escondidas. El bosque no tenía secretos para ti. Hacías verdaderas hazañas de pedalear kilómetros y kilómetros. Como si estuvieras huyendo de algo. ¿Huías de algo Mariano? ¿De la gente tal vez? Solo se, porque tu me lo has contado, que en esos momentos eras feliz. Encontrabas la paz contigo mismo, no había que hablar con nadie, no había que dar explicaciones, nadie te cuestionaba.

La falta de dinero te hizo ser práctico e ingenioso. Tu te hacías toda la mecánica de la bicicleta. Sabías montarla y desmontarla y al final, de tanto insistir y que no te hicieran caso en el taller de bicis donde la llevabas para reparar lo que tú no podías hacer por falta de herramientas especializadas para ciertas reparaciones, acabaste hasta por aprender a centrar los radios de las ruedas.

La competición en ciclismo acabó abruptamente, se te daba bien el descenso, pero sabías que había que invertir dinero en las bicis, un dinero que tu madre no disponía darte. Nadie quería esponsorizarte. Lo preguntaste, pero no te hicieron caso. Competías de un manera muy kamikaze, no tenías miedo. La velocidad te encanta y no conoces el peligro, cosa a a mi me asusta y preocupa a partes iguales porque no has cambiado.

En tu última competición de descenso, pudiste comprobar las bicicletas de los demás, ¡bicis de un millón de pesetas de la época! Los padres podían invertir dinero en sus campeones y así lo hacían. Pudiste ganar esa competición, pero la bici te fallo. Al aterrizar de un salto caíste y la bicicleta se convirtió en una especie de acordeón. En ese momento te diste cuenta que el ciclismo de competición había terminado para ti.

Te gustaban mucho los deportes, pero siempre los que se podían hacer en solitario, ciclismo, patines, natación. No podías soportar el deporte en grupo, las normas sociales de estos deportes son incomprensibles para ti. Puedes desmontar un coche o una moto y volverlo a montar, incluso cualquier ordenador de la marca que sea. Yo he sido testigo de todo esto que digo. Pero eres incapaz de jugar un partido de fútbol o de baloncesto, esas normas te vuelven loco. No están bien explicadas, dan lugar a equívoco, no son exactas. Podrían definirse de 5.000 maneras distintas…. Así eres tu.

‪#‎sinoleconocesnolejuzgues‬

Leonor. 6 de diciembre de 2015.