Bancarrota Moral

Ideologías o Modus Operandi.

Pronto votaremos (optaremos por) un nuevo presidente. Aún con una caída en la intención de voto, Mauricio Macri tiene posibilidades de convertirse en la nueva cabeza del Poder Ejecutivo nacional. No me interesa aquí la aritmética fina y el cálculo de probabilidades; es cierto que el Jefe del Gobierno porteño no la tiene fácil, y su rival Daniel Scioli tiene ya casi un pie en la Rosada (Esto fue escrito antes de la primera vuelta. Ya se ve cómo cambian los vientos en pocos días.). Todo esto no hace implausible un giro anti-oficialista del electorado en un eventual ballotage (ya ven). Lo que para muchos es la última esperanza blanca contra el “populismo” kirchnerista, para quien escribe sería un “remedio (mucho) peor que la enfermedad”. Desde veredas opuestas, coincido con el Rottweiler local.

Desde el terremoto del Niembrogate y sus réplicas en Amadeo y Lombardi, la lectura superficial es que el PRO está de ahora en más, irreversiblemente desautorizado a hacer gala del ejemplo de “transparencia” que se suponía encarnaba. Pero esto es más profundo.

Al amigo todo; al enemigo, ni justicia” reza un cinismo más del evangelio peronista, que como siempre busca pasar por picardía. Sin embargo, voy a argumentar que El General tuvo allí no sólo una intención prescriptiva, sino descriptiva, de una realidad más fundamental: El homo sapiens, como animal gregario, presenta una fuerte tendencia natural a defender su identidad tribal, y en la frágil sofisticación moderna, racionaliza su fidelidad a un estandarte partidario o una ideología, mediante un ejercicio constante de sesgo cognitivo: Toda la condescendencia a los pecados de propios y ser implacable con los ajenos. La mente humana tiene dificultad para tratar los hechos en base a su valor propio cuando los considera una amenaza a la pertenencia a un grupo.

Ese pensamiento contamina todo el debate político (mundial), todo el arco político argentino, todos los partidos, todos los medios. La estupidez es tan universal y uniforme como el hidrógeno, dijo Harlan Ellison.

Esta es la defensa que ensayó el PRO: Hacer ver a Niembro como un candidato simplemente cuestionado que tuvo la entereza de hacer mutis por el foro para proteger al partido. Las subsiguientes denuncias, pusieron al elector de Macri en un estado de desensibilización sistemática, ya sólo interesado en deshacerse del kirchnerismo de una vez por todas.

Imaginen a Aníbal Fernández o Scioli sentado con tratantes de mujeres.

En la serie de Netflix, House of Cards, el protagonista interpretado por Kevin Spacey debe hacer milagros para cuidar su imagen pública entre escándalos mediáticos reales e inventados; los ataca a todos y cada uno con distintas estrategias, evidenciando que se trata de una fórmula literaria para sostener el clímax de la ficción. En el mundo real, un Frank Underwood real sólo debería dejar que estos escándalos reales se diluyan en el olvido de una sociedad con déficit de atención y memoria corta que sólo retiene nociones vagas. Macri pudo, mucho antes de la debacle de Niembro, sacarse fotos con proxenetas y ser vinculado con ellos (foto) sin un costo político medible. No se me ocurre otra explicación que una sólida protección mediática, aunque más no sea por omisión antes que por acción.

Macri no es liberal. No, es derecha entreguista.

Sin embargo, haberse subido al pedestal del honestismo y la transparencia hizo que la caída fuera —comparativamente — más fuerte cuando finalmente se rompió el hechizo. El kirchnerismo no cometió ese error, en parte porque no puede ni quiere, en parte porque ya carga con un estigma que no se podrá sacar jamás: y que lleva no sin mérito propio, de ser uno de los gobiernos “más corruptos de la historia”. Uso el comillado porque dudo que esa afirmación esté sustentada en datos duros, aunque posiblemente existan y sean contrastables. La corrupción es, al decir de los estatutos de consorcio, una cuestión de mérito, oportunidad y conveniencia. Pero la corrupción en el PRO se expandió todo lo que pudo, aún más allá de la prudencia y la elegancia: La mejor evidencia son los propios documentos del Gobierno de la Ciudad Autónoma, en algo que sólo se puede interpretar como un pueril intento de “esconder a plena vista”.

La bancarrota moral del PRO no se origina sólo en una incapacidad de mantener la etiqueta en el momento de las contrataciones, sino en cómo el capitalismo de amigos que llevó a cabo se contradice diametralmente con un supuesto liberalismo económico que predica entre empresarios. Pablo Avelluto, candidato al Parlasur por el PRO, me respondió por aquí que su partido nunca buscó definirse como libertario “en el sentido clásico” (?) y que “evolucionó hacia otra cosa”. No se molesta en decir cuál. Es que explicitarlo demasiado sería riesgoso y contrario al Tao del Márketing político de Durán Barba y muy adecuado dada la alergia del electorado PRO contra el compromiso idelógico. En esa tesitura de ofuscación y ambigüedad intencional, la cena de Melconián y Broda citada líneas arriba (foto, abajo) se reduce a una sesión de un grupo de autoayuda, para decirle al empresariado lo que quiere escuchar, en un repertorio de palabras claves y sonidos relajantes. Algo así como musicoterapia para empresarios.

Pero en definitiva, la lección final es que el empresariado quiere liberalismo sólo como una promesa de no ser condicionados por derechos sociales adquiridos, o por adquirir.

Parece contraintuitivo, pero al empresariado le importa un carajo la libertad de mercado en tanto pueda maximizar ganancias, aunque sea por contratos e intercambio de favores con el dinero de los impuestos, que Macri no hace más que aumentar.

Aunque el PRO incurra en evasivas a la hora de definirse ideológicamente, es innegable que Macri se pronunció por achicar el estado y Melconian, aunque termine dejado de lado como ministro de economía en un eventual gobierno, no es un cuatro de copas cuando propone que el Dólar valga “lo que el mercado diga” (ver el video).

Es posible que Avelluto tenga razón, sin embargo; aunque por las razones equivocadas. El PRO no es libertario: Es clientelismo plutocrático, lo cual no es tanto una ideología como un modus operandi.

Libertario minarquista, si es que eso es materialmente posible siquiera (veremos como le va al proto-país Liberland), sería mantener una cierta separación de la empresa y el estado y un régimen de contrataciones justo y competitivo para reducir la carga impositiva. El PRO no sólo falló en satisfacer las ahogadas, acaso tácitas fantasías de gran parte de su electorado liberal, sino que hizo absolutamente lo contrario: una verdadera fiesta de contrataciones «urgentes» por decreto. Insisto, clientelismo.

En lo puramente ideológico, es decir, lo que refiere a libertades individuales sin dimensión financiera tangible, el PRO votó en contra del Matrimonio Igualitario y Ley de Identidad de Género. Sus mayores referentes no ahorraron epítetos despectivos hacia los homosexuales, las mujeres y los inmigrantes. Cerró programas de atención a víctimas de violencia doméstica y clausuró varios centros culturales barriales, en gestos rayanos en la franca persecución ideológica más que en el minarquismo. El bonus track se podría llamar dime con quién andas y te diré quién eres. El candidato a intendente por el PRO en Mar del Plata es un fascista orgulloso que manifestó su apoyo a Seineldín y da pánico pensarlo a cargo del ejecutivo comunal.

En conclusión, ni todos los galones de pintura, ni todos los metros de vinilo plotteado del mundo van a convertir a Macri en un “cambio”. Seguirá siendo un clientelista en lo económico y rancio conservador en lo social, cuya familia vivió de estatizar deuda privada, contrabandear autos y negrear empleados de Autopistas del Sol, y defender desde la silla de Jefe de Gobierno los intereses particulares de una corporación en detrimento de la libertad de circulación de otros. Por sus actos los conoceréis.

Desde un punto de vista de libertades tanto individuales como económicas, Mauricio Macri no es siquiera una mala opción, es sencillamente un antagonista.

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