La niña interior caraqueña

Me parece codicioso sentarme a escribir estas líneas en honor a mi niña interior. No obstante, el olor del asfalto mojado ayuda a que mi desconcertada pero emotiva memoria, camine de nuevo por la hilera ferroviaria de mi pasado. De padres inmigrantes canarios, y la primera entre cuatro hermanos, nací en Caracas un 27 de abril.Concibo estas líneas escritas a raíz de que durante los últimos días, he fenecido ante los recuerdos, lo suficiente, como para seguir soñando con los días del ayer; me he percatado que las paredes maternales y paternales en las que me eduqué se han venido abajo, he tirado abajo la educación que creyeron ofrecerme, me he descomulgado, por así decirlo, de mis padres. Maldigo mi educación, esa es la verdad.

Irme de la casa me significaba una ingeniosa manera de escaparme de las innumerables épocas de crisis que se dieron en casa, por cuenta del desfalco petrolero que marcó la etapa chavista en Venezuela, la economía que atravesaba el país provocó sentimientos encontrados en cada una de las personas que formaban mi núcleo familiar, la pregunta era porque un tema como el amor no ocupaba un lugar como el que tenía la economía en casa., y veces me pregunto, si fue que salí de casa en busca del amor; ciertas noches, veo la confirmación a esa pregunta en los ojos de mi marido, en otras, me veo de manera nefasta viéndolo como un vuelo que no podía perder por ningún motivo, como pasajero que oscila entre un transbordo y otro aeropuerto.

…No obstante, ahí es donde mi niña interior me reclama y me sacude.

Si lo importante era salir de casa, por medio de la mano de un hombre que, por lo demás, busqué y diseñé para que me fuese muy diferente a mi padre; no he logrado comprender porque me cuesta mudar tanto de piel, y esto porque me he convencido a menudo, de que lo mejor era que tomara aptitudes que ni yo misma me puedo creer luego. Aptitudes que me son todas como una especie de oficio, desde la forma en que debo mirar a mi marido y los quehaceres esperables de una mujer que ha contraído nupcias.

La cuestión en pareja no ha sido del todo mala, siempre ha estado dentro de lo normal , no lo puedo negar, pero nada ha sido suficiente como para evitar llorar encima de la niña que fui, y que no pudo continuar su transformación. Hoy lo siento así, mañana puede que exista un ánimo conciliador de mi parte para no sacudirme con más preguntas respecto de mis decisiones, las cuales solo ambientan esta nostalgia que ya vive en mí.

¿Soy una parodia frenética de los días de ayer, o una invención suculenta del porvenir que imagina mi cabeza?

Pienso en esta pregunta, hoy aún más que el asfalta mojado me hace recordarme en sueños que hoy me son ajenos, pues mi niña interior, imagina tanto para atrás como para adelante, básicamente tengo la impresión de que su pequeña pero extraordinaria mente, me sacude cada vez que puede, debido a que ella, entre muchas cosas, siente repulsión por esta adulta que soy, pues nunca le di el espacio suficiente para que nos sintiéramos lo suficientemente cómodas la una con la otra.

No está dormida, pero si la despierto, es para que siga soñando, porque antes que nada, lo importante es que a través de su imaginación yo me dé un nuevo significado, a través de sus sueños, yo soy otra, soy una fulana con otro destino, con un destino más audaz, intrigante e incluso sospechoso.

Mi niña interior sigue soñando, y no sueña precisamente con el marido que sonríe junto con ella todos los domingos en el mercado. No, todo lo contrario. Se sueña de nuevo saliendo del colegio, probando todas las drogas y todos lo sexos posibles, mientas se acuña para sí sola, todos los pleitos que le hicieron falta en la adolescencia para haber podido llegar con sabiduría a los 25.

Sueña con que de nuevo tengo 17, y que me encuentro en la sala de mi casa cortando el cordón umbilical con mi madre, sin la necesitada injerencia de un marido de por medio. De manera literal mi niña imagina esa imagen.

Me ha soñado piloto, escritora, drogadicta, la heroína de esta dictadura indómita que es Venezuela, actriz o mártir de la guerra en Medio Oriente.

Me he dado cuenta de que mientras me he ocupado de crecer, me he convertido en la dictadora de este gobierno que ha sido la vida adulta, bajo este gobierno, no he dado espacio a la democracia que trae consigo mi niña interior, tal vez por eso, a veces no la dejo ni siquiera hablar y mucho menos apelar. La he dejado de oro, intacta e impoluta; por eso creo, sueña tanto, por eso creo, me convierte tanto y jamás llegamos a un acuerdo.

Claramente, mi niña interior teme del presente del que hacemos parte ella y yo, teme del miedo que acalora los días venideros, de mi resignación incrustada respecto del amor y otras cuestiones. Necesito afianzarla primero si quiero afianzarme yo. Algo así, como que podamos ser, por una única vez, una sola persona. Que aparezca cada nada a recordarme con nostalgia romántica lo días del ayer, y no a llenarme de preguntas que hoy creo nadie puede, ni si quiera yo, responder. Cada que vuelve, me blinda en un mar de sueños, en donde la protagonista que soy está tan alejada de lo que realmente soy; en definitiva, siento con apuro de melancolía que a mi niña interior le hizo falta conocerse y aceptarse tal y como era. Hoy por eso, es que quizás ella no me acepta.