Tame Impala: psicodelia sin curvas

© Saiman Chow

Hace mucho tiempo Aarón me preguntó que cómo era capaz de reconocer una canción krautrock cuando la escuchaba por primera vez. En aquel entonces llevábamos ya un buen tiempo con sesiones de kraut en reuniones y fiestas. Para él era algo relativamente nuevo, para mi en cambio, era un tercer o cuarto repaso intensivo desde que tengo conciencia de la existencia del género. Mi respuesta, pese a ser de fácil elaboración, fue al final más compleja y más difícil de comprender: le dije que entre más kraut escuchara, más iría desarrollando ese ‘olfato’ para identificarlo, degustarlo y, dependiendo del caso, aceptarlo o descartarlo. Afortunadamente Aarón es una de esas personas inteligentes y sobradas de curiosidad, cuya avidez por lo nuevo y lo desconocido le ha valido que en tiempo récord se haya hecho de un extenso bagaje musical.

Se preguntarán para qué una introducción acerca de cómo identificar el sonido kraut dentro de la música si de quienes les voy a hablar es de los nuevos reyes de la psicodelia, Tame Impala… 🤔 pues bien, deben saber ustedes que, al igual que sucede con el kraut, la psicodelia dentro de la música posee ciertas características sonoras que no siempre son percibidas e identificadas de forma inmediata, y es justo ahí, después de darse a la tarea de empaparse y familiarizarse con el género, que algo dentro de nosotros, de manera casi natural, nos hará decir “ah, eso está muy psicodélico”.

Algo muy importante que he aprendido a lo largo de todos estos años consumiendo música, es que siempre será mejor escuchar y conocer todas las variantes que pueda tener tal o cual género, y es que, al final eso nos permitirá tener acceso a una cantidad impensable de opciones al momento de elegir lo que queremos escuchar. Con Tame Impala sucede algo bastante peculiar: las opciones dentro de ese enorme espectro llamado psicodelia se han agotado, no desde el primer disco ni del segundo, sino desde el primer acorde.

Seguramente todos hemos escuchado en boca de varios detractores de la banda el argumento de que “son una banda genérica”, “no aportan nada nuevo” e incluso el más aventurado que apuesta a que “si hubiesen existido en la época dorada de la psicodelia, jamás hubieran tenido un solo éxito en la radio”. Pues bien, yo también creo todo eso, pero esa sola razón no es suficiente para desacreditar a una banda del calibre de Tame Impala, ya que estaríamos desacreditando al 90% de la escena mainstream actual.

El problema con Tame Impala radica en la forma más que en el fondo. Y es que, parece mentira que después de más de 50 años de psicodelia musical nos vengan a vender un producto que sobrepasa todas las estrategias de marketing y que, de manera por demás cínica, hagan ver que el camino de la música indie ha sido ya trazado y re-diseñado para no correr riesgos, de forma lineal, directo, sin escalas y sin curvas.

A estas alturas podríamos hacer un breve repaso de lo que la psicodelia ha aportado a la música desde su aparición como concepto, allá por 1956, cuando se buscaba describir la experiencia sensorial inducida por el consumo de LSD. Nos encontraríamos con un montón de variantes, desde las más básicas, obvias y rudimentarias, hasta esos pincelazos de enorme complejidad que te llevan de un lugar a otro, sin pudor ni recato alguno en su ejecución. El encanto de todas estas variantes es que, al ser producto de una experiencia sensorial inducida, estaba siempre sujeta a la interpretación y ejecución de quien lo creaba, el camino a tomar no era único y estaba lleno de curvas.

De la generación beat de Ginsberg y Kerouac a la revolución musical del lisérgico había un solo paso, y bandas como The Tornados y The Beatles en el Reino Unido, Jimi Hendrix y The Beach Boys en los Estados Unidos, y Los Saicos y Los York’s en Sudamérica, serían algunas de las que tomarían la iniciativa de comenzar el relato psicotrópico a través de la música.

Y mientras el mundo comenzaba a degustar la musgosa incursión del lisérgico y la mescalina a través de la música occidental, en Perú se gestaba, de manera casi paralela, el nacimiento de la llamada Chicha o cumbia andina, a la que frecuentemente se le relaciona con el uso de la ayahuasca. Casualidad o no, en Sudamérica se gestaba un relato de características similares al relato sajón de occidente. En ambos casos, la manifestación y expresión artística de la psicodelia, fue de vocación underground y subversiva, ya que la intención primaria era la de trascender los límites de la conciencia del individuo en estado de alienación.

Desde el blues de Hendrix hasta el folk de Donovan y del chamber-pop de los Beach Boys al acid-techno de Hardfloor, hemos sido testigos de cómo la psicodelia ha mutado, una y otra vez, sin ser ésta un agente estable, lineal, ni seguro, por el contrario, es arriesgado, lleno de curvas y gestionado en un contexto contracultural. Justo aquí, al final de esta breve semblanza, me surge la pregunta clave: ¿es Tame Impala el revival psicodélico que la música actual merece? ¿es justo catalogarlos y colgarles el título nobiliario de “nuevos reyes de la psicodelia”?

Sería injusto culpar únicamente a la banda, de hecho, podría asegurar que gran parte de responsabilidad por este ocaso musical se la podríamos adjudicar a la audiencia, a esos empedernidos fans que dan aval con sus asistencias a conciertos, la compra de sus discos y con esas lamentables expresiones de asombro

Tratar de hacer vestir como nuevos reyes de la psicodelia a Tame Impala, no sólo resulta absurdo y ridículo, sino que, en el mejor de los casos, exhibe también un bagaje musical precario por parte de la crítica especializada; y siendo un poquito malpensados, diría incluso que hay cierta alevosía y perversión mediática en ello.

Antes de continuar me gustaría dejar en claro algo: jamás he dicho ni aseguraré que Tame Impala sea una mala banda, por el contrario, me parece que son unos chavales que saben bien lo que hacen, lo que quieren y hacia dónde dirigen su producto perfectamente marketeado, ese producto que, lejos de ser lo genial y original que la gran mayoría piensa que es, se contrae, se nulifica y se prepara para un eventual olvido dentro de ese imaginario colectivo reservado para lo que celosamente llamamos “música de culto”.

Aquí seré franco e irreductible: la realidad sobrepasó mis expectativas. De acuerdo a lo que pensé y ‘anticipé’ en el 2011, justo después de haberles visto en vivo por primera vez en el Campo Marte de la Ciudad de México, Tame Impala tendría que haber quedado en el olvido desde hace dos o tres años, bien enterrados en el panteón de las bandas desechables, pero no fue así, por el contrario, su fama y sus alcances crecieron con el paso de los años; y los lanzamientos de su segundo y su tercer álbum sólo catapultaron aún más una carrera en la que la prensa y la crítica especializada se convertirían en su principal aliado. Y es que uno creería que a estas alturas el hacerle caso o tomar como referente inmediato a publicaciones como Pitchfork había quedado en el pasado, y pues no, tampoco. La audiencia, al parecer, sigue esperando que le dicten qué tiene que escuchar, qué tiene que vestir, qué tiene que comer y, en muchos casos, de quién se tiene que enamorar.

Con calificaciones de 8.5, 9.0 y 9.3, Pitchfork da fe y aval de un producto diseñado para satisfacer las necesidades estéticas inmediatas y efímeras de un mercado poco o nada exigente. A final de cuentas, ¿para qué conformarte con una bocanada cuando eres capaz de proveerte tus propios cigarrillos?

~IMOPO

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