Pareja

No cuento los días. Los días me cuentan a todas horas todo lo que fue y no será. Me prometí no escribir, no aparecer, no dejar rastro alguno pero es imposible. Escribir. Fuiste tú quien me instó a hacerlo. Que porque lo hago bien. Primer putazo. La formación de las alas es un proceso que requiere sutileza, una artesanal forma de hilar cada pluma en su peso justo, en una dimensión que parezca única, un toque de belleza. Y cierta maldad.

“Solo escuchas lo malo”. Me dijiste. No, es que cuando decías que te aterraba pensar que era yo, o sea, que entre nosotros, aquella vez en el Alexanders o como madres se llame, también sentí miedo y por eso te dije lo que te dije. Que yo soy el que se queda, el que no se va, el que está ahí para ser lo que haya que ser. Padres. Por ejemplo.

Cada roce, cada beso, cada penetración, cada palabra dicha en la cama, por muy suave o lejana que sonara significaba eso: una relación. No mames. No me digas que nunca estuviste, que nunca te interesó. No, no es reclamo. Pero cada acto de amor por nimio o pequeño que parezca, es la confirmación de que se está en una relación.

Como cuando bromeábamos sobre la muerte y me dijiste — no me hagas esto, no te mueras. Como cuando caminamos desde La casa de Toño a tu casa. Abrazados, me aferrabas en cada paso. Te sentías a gusto, no me digas que no, carajo. No me hagas esto tú ahora, cómo que eso no fue una relación. Como cuando vimos el partido en tu casa. ¡No mames! dormías en mi pierna, vestida de rojo. Esa noche lloré en casa de puro gusto. Nunca nadie…en fin. Nunca. Nadie.

¿Te ha pasado? ¿has sufrido por amor? Lo sé, lo sé. Pero es que debes saber que estoy en ese momento doloroso, cuando la piel es solo fuego, el pecho arde, el puto teléfono es una tortura, la memoria se torna una pantalla a la que estás atado contra tu voluntad y con toda la voluntad del mundo. Cuando desearías una última vez para mirarte a los ojos sabiendo que esa última vez es la peor, la más cruel.

No me atormento ni siento culpa. Es algo peor que eso. Y no sé cómo explicarlo. ¿Sabes? me pensaba débil pero no. Se requiere ser muy fuerte para recibir dos mensajes y descifrarlos y pese a todo, permanecer. No sabía que lo tenía bien aprendido, no me daba cuenta con cuanta facilidad lo hago. Ahora estás, ahora no sabes. — Gracias por ser tan paciente. Dijiste.

Y no, tampoco es un asunto inconcluso de competencia (o incompetencia) ante otro hombre. No. Ni me importaba. Era ese doble mensaje. Dar un golpe de autoridad en la mesa y cundo lo das todo vale madre.

Léeme. Por favor. Sé que lo harás (tú me impulsaste a escribir. Que porque lo hago bien). Es la típica súplica. La clemencia del condenado. Condenado pendejo. Pero como reímos. No me digas que eso no es tener una relación. ¿Qué interpretarás de todo esto? No te enojes, no tienes porqué.

- Don Pendejo: ¿si tuviera que pedirle algo por última vez, qué le pediría? Que declare ante dios y ante los hombres que tuvimos una relación. Gracias por participar, don pendejo (risas grabadas).

No te culpo. Deber ser de la verga estar conmigo (una playera que diga). Lo dicen las estadísticas. Pisa y corre. Pero no entiendo eso de ensañarse. Lo dicen las estadísticas. Nunca te acosé. Permítame señor juez, defenderme. No es verdad. Lo puse en la mesa dos o tres veces. Nadie aguanta tres meses con algo así. Lo dicen las estadísticas.

Aquí me quedo. Estoy en la calle. A las puertas de tu casa (No importa cuándo leas esto). Me vale verga la humillación, dice el manual del buen perdedor. ¿Somos hombres o pollitos? Soy don pendejo, para servirle a usted. Y no me diga que no se reía con mis ocurrencias, pareja. ¿Eso no es una relación?

Sé que la estoy cagando pero ya ni modo. Tenía que escribirlo. Que porque a veces, lo hago bien. Y sí, me quedo. Espero.