El enmascaramiento relacional

El siguiente discurso está formado a partir de diversos diálogos de los que he formado parte sobre las relaciones monógamas y pretendo destacar algo que juzgo propio del pensamiento mononormado moderno (y no precisamente monógamo) que definiría como apología del enmascaramiento.
No vengo a posicionarme como alguien que aboga por destruir la estructura monógama para establecer en su lugar otra estructura universalmente correcta y única como válida (como ciertos “talibanes” del anarquismo relacional), dado que adhiero a que el amor libre puede darse como una filosofía independiente del esquema relacional.
Este enmascaramiento se trata de la negación del deseo sexual y afectivo.
Es claro que el derecho a reservar ciertos espacios de la individualidad tiene las dimensiones que unx mismx le otorgue (yo decido a quién le revelo las profundidades de mi identidad, y qué parte de ella quiero mostrar y en qué momento), pero reservar estos espacios es una cosa: otra distinta es enmascararse de otra identidad ilusoria, y más distinto aún es querer que esta máscara que porto sea el rostro real de con quien me vinculo. Unx mismx es consciente de que esta pulsión, la de desear y apreciar a otrxs, no se detiene necesariamente frente a principios racionales, morales o religiosos: generalmente, deseamos (sexualmente) y queremos (afectivamente) a múltiples personas. Pero esto se mantiene oculto o, a menudo, atenuado; se le hace creer al otrx que todo el deseo y afecto recae enteramente en él. Sin embargo, aunque secretamente se reconoce esta pulsión (¿cómo desoírla?), se busca anularla en el Otro. No sólo uno se enmascara, sino que busca enmascarar a ese Otro. Es un vicio muy presente en la monogamia (aunque no absoluto). Mientras que el enmascaramiento social es ya tedioso, conformar vínculos a base del engaño es deleznable.
En estos discursos que escuché habían quienes cometieron infidelidades y recurrían a historias ficticias para recubrir este hecho ante su compañerx (si bien no concibo a la infidelidad como contestataria a la monogamia, sí veo que es útil para poner en evidencia que la idoneidad del esquema monógamo no es global), mientras que otrxs, si bien no habían “caído” en la infidelidad, decían vivir una represión perennemente abrumadora. También, los diversos integrantes recomendaban estrategias de enmascaramiento: cómo mentir de forma conveniente (con discursos memorizados y gestos específicos) o utilizar mecanismos de control (como hacer videollamadas para corroborar que la pareja esté en la reunión que dijo estar y no en otro sitio). Cuando propuse que considerasen la ruptura de esta cadena de máscaras y que reconocieran que así como en uno fluye el deseo y el afecto hacia diversas personas, fluye también en el Otro, y que impulsaran la apertura de las puertas de la satisfacción a estos goces de forma consensuada y honesta, sólo recibí rechazos. Pero los rechazos no me parecen importantes por sí mismos: lo sustancial es que el rechazo surgía por la consideración de que ese es el modelo más eficiente en las relaciones.
La monogamia es, a mi criterio, tal vez el menos evolutivo de los esquemas relacionales, pero aún así considero la posible existencia del amor libre en algunas relaciones de este tipo. La mononorma es, más bien, la tendencia que más suelo atacar, porque pretende establecerse como estructura universal que desprestigia a todas las demás formas relacionales, asignándolas como formas “no auténticas”.
Este enmascaramiento que se da en la monogamia es una contradicción muy insana: no sólo censura la posibilidad de enseñar una apertura pura de nuestra identidad al Otro, sino que evita que queramos conocer la verdadera identidad del Otro. Y esto es una doble negación, porque en el Otro está reflejado un modo de ver aquello que yo muestro: no querer ver al Otro es no querer verse a unx mismx.