¿Y si no quiero ser de Venus?

Cuando el amor propio es tema de dominio público.

Cualquier mujer en alguna etapa de su vida se ha sentido “menos” frente al mundo y los cánones estéticos que en él se imponen, es una de las sensaciones más comunes y normales, sin embargo esa precisamente es una de las tantas cosas que joden de este mundo; la naturalidad con la que se percibe y se vive frente a la inseguridad y la falta de amor propio.

Resulta ridículo y hasta ofensivo que un hombre se sienta completamente cómodo y complacido consumiendo pornografía mientras exige que una verdadera dama debe ser recatada y si es posible virgen. Que un beso lésbico en una cinta XXX sea excitante pero que la escena de dos mujeres tomadas de la mano como una pareja normal por la calle sea escandalosa y vulgar, es como si el mundo aceptara abiertamente que cualquier cosa cuyo objetivo sea distinto al consumo y disfrute de los hombres es inaceptable, cuando lo único verdaderamente inaceptable es el lenguaje sexista e hipócrita que se imparte en los niños y que se usa contra las mujeres.

Afortunadamente ya existen grandes movimientos que luchan en contra de estos ataques permanentes al bienestar de las mujeres y aunque parecen ser cada vez más grandes no basta con dejar que otros hagan el trabajo. Pero ¿En qué momento una mujer es violentada? ¿En qué momento una mujer es privada de amarse a sí misma? En el preciso instante que está de acuerdo con la idea de lucir bien para otros, en el instante que acepta pasivamente que le dediquen frases como “Si pierdes (o ganas) algunos kilos te verías más linda” “Una dama debe hacerse desear” “Para encontrar un buen marido debes saber cuidar de un hogar”. Una mujer es violentada cuando su pareja la obliga a mantener relaciones sexuales sin protección, cuando se impide a sí misma el derecho de usar la ropa que le venga en gana porque se supone que la “dignidad” de una mujer es directamente proporcional al largo de su vestido. Una mujer pierde su verdadera esencia cuando ataca a otras por no seguir un patrón de comportamiento propio de una “dama” y cuando permite que el mundo le imponga reglas que poco tienen que ver con sus propios intereses y su realidad.

No basta con dejar que otros luchen, es necesario decirle a este mundo las verdades que tanto lo escandalizan, reconocer a gritos que las mujeres no necesitan de un “buen marido” para sentirse plenas, así como ser mamá no es obligación, gritar que la dignidad de una mujer no se mide en kilos y mucho menos en los centímetros del largo de un vestido, aceptar que el sexo es una decisión exclusivamente personal y una mujer no reduce su dignidad de acuerdo al número de parejas sexuales que ha tenido; es necesario cambiar la concepción de “mujer” desde esa perspectiva color rosa que reduce el término “femenina” en úteros fértiles y delicados. Ser mujer no implica usar labial y vestir colores pastel, en cambio implica aceptarse como tal, reconocerse en un espejo como mujer bajo un ideal propio y no por imposiciones sociales y para ello, aunque al mercado sexista no le agrade, no se necesitan senos firmes o cuerpos atléticamente curvilíneos, se necesita amor propio y el amor propio no es un producto en oferta.

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