A Hora da Estrela o Introducción a la Entrelínea

Comprender una literatura como la que parió Clarice Lispector es un trabajo ni de lejos tan gratificante como su lectura. Si te dejas llevar por sus palabras te ves guiado por una corriente de experiencia hipnótica que traviesa tu conciencia sin que te des cuenta, impregnándote de su esencia sin nunca revelarse con claridad. Pero si te atreves a luchar y a resistirte a la (llamémosle) magia conjurada desde lo más profundo de las fendas de la entrelínea, te deparas con un pantano de lo inteligible.

A Hora da Estrela es, por fortuna, un fenómeno particular del universo Lispectoriano: es tradicional en su estilo, mundana en su relato, económica en sus impresiones. Es una obra a primera vista generosa para la labor del crítico y atractiva para el lector casual. Sin embargo, no por ello A Hora da Estrela es una novela simple.

De hecho, esta novela, la ultima que la autora publicó en vida, dos meses antes de caer ante un implacable cáncer de ovario, amplia el abordaje de toda la obra de Clarice. Siempre más preocupada en escribir como mujer que sobre o para mujeres (que también), decidió personificar en Macabéa la síntesis de los principales motivos de su filosofía particular. Desarrolla la patética vida de la proletaria a partir del lenguaje a su alrededor. Un lenguaje definidor de una existencia que, a medida que se desarrolla la novela, se repliega en su sencillez, en su humildad patológica, hasta implodir durante su catártica relación con una barata, y desaparecer con su muerte. El arco de Macabéa no le permite ser ni siquiera heroína de su propia historia y no podría ser diferente.

El propósito de Lispector es la anti-épica, la introspección, la fisión nuclear del ego mediante el desarrollo del lenguaje de uno. Con Perto do Coração Selvagem y sus obras subsecuentes lo hace desde su perspectiva petit-burgeois dónde la introspección es el único e inefectivo refugio de los dolores de la existencia y la incomprensión. A Hora da Estrela, a su vez, habla de otro tipo de solitud, la de las clases bajas de Brasil, una clase baja tipificada por las telenovelas y demonizada por los periódicos, una clase baja explosiva, pero todavía sin voz activa. Es esa falta de voz el qué quiere explorar Lispector.

Ela falava, sim, mas era extremamente muda”. Esta mudez derivase de la incapacidad de escuchar que presentan los personajes de la vida de Macabéa. De tanto intentar hacerse oír, acabó por inhibirse, esconderse en su propia individualidad, pero sin las herramientas de lenguaje de las que disponen los personajes anteriores de Clarice.

Macabéa, datilógrafa, residente en Rua do Acre. Una profesión de broma, una residencia de broma en la Cidade Maravilhosa. Ella no tiene lugar en aquél mundo y a cada momento algo se lo reitera. Y Macabéa, vistiendo su uniforme de creatura humilde en todo momento, agradece su destino, como si no hubiese entendido bien su situación y solo quisiese pasar por alguien con una mínima educación. Que no piensen mal de la pobre, pobre Macabéa.

Pero los demás ven en Macabéa el reflejo de su propia situación miserable y por supuesto que piensan mal. Los proletarios de A Hora da Estrela descartan la solidaridad del pobre romántico. Mediante el desprecio hacia su entorno, viven por el sueño de pertenecer a “los demás”. Alimentan su ego a partir del detrimento ajeno. “Você, Macabéa, é um cabelo na sopa. Não dá vontade de comer”, es ejemplo de cómo el lenguaje construye (y destruye).

Del principio al fin la obra, ligera en estilo, es recargada por una ominosa atmosfera de patetismo trágico, de fatalismo irreparable. Más allá de la condición económica está la condición humana, al mismo tiempo reflejo y consecuencia de un sistema cuyo destino se refleja, también, en Macabéa. La sociedad brasileña se encontraba enferma y era incapaz de comprender qué le pasaba. Tan ensimismada en una censura cultural de finales de dictadura, en las onanistas reproducciones de los mismos motivos regionalistas que desarrollaban una noción nociva y falsa del país, las clases bajas eran incapaces de encontrar su voz. Clarice, en su propia condición cancerígena, sintió la necesidad de alimentar la esperanza del enfermo mediante un tajante diagnóstico. Un diagnóstico que, a pesar de su claro escenario, logra trascender lo particular de la nacionalidad y, así como toda la obra de Clarice Lispector, describir algo de lo que padecemos todos.

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