Imagen del video “Lone digger” de Caravan Palace, encontrada en https://vimeo.com/144736865

Anécdota de cafetería

El viernes pasado me senté a comer en la amplia cafetería de la universidad politécnica en donde imparto clases de inglés. En vez de agotarme buscando una mesa libre, me acerqué al primer asiento disponible en una mesa en que varias alumnas habían acabado de comer y les pregunté si les importaba que las acompañara, a lo cual accedieron. De hecho, luego una de ellas preguntó sobre el guisado y le confesé que me daba la impresión — fundada, como descubrí pronto — de que esos “tacos de carne” en realidad eran de soya.

En poco tiempo, las chicas se fueron y algunas dijeron el consabido “provecho”. Poco después se acercó una mujer que podría ser de esas estudiantes tardías — de las pocas que no son veinteañeras, quiero decir — o una maestra recién egresada. Me preguntó si podía dejar ahí sus cosas, un par de mochilas, y por supuesto, accedí. Ella fue a conseguir su comida.

Un par de minutos después, se acercó a la mesa un profesor que había visto formado detrás mío, tan joven como quien había dejado las cosas a mi custodio. Me dijo, — Me voy a llevar las cosas de la maestra, ¿sí son de la maestra, verdad? Yo le dije que no sabía. Después de mirar en dirección a la fila en donde estaba la dueña de las mochilas, las tomó y se fue en dirección a la mesa en que estaban él y otros dos maestros más, seguramente de algún área de ingeniería.

Cuando llegó la maestra — ahora ya sabía que lo era — como era de esperarse, mostró gran sorpresa y me preguntó por sus cosas. No había visto a su colega que le hacía tales señas desde la otra mesa que habría visto hasta el piloto de un avión a punto de aterrizar. Como tenía la boca ocupada, sólo señalé con un dedo y así ella finalmente pudo ver a su colega. Sonrió al ver que sus mochilas estaban a salvo, dijo un apurado “gracias” y se fue con todo y su charola de alimentos a reunirse con su colega.

Normalmente esta anécdota habría quedado en la papelera de reciclaje de mi memoria salvo que el día anterior había cometido la burrada de restaurar mi teléfono inteligente a la configuración de fábrica sin saber la clave antirrobo y desde entonces no lo puedo usar, así que me puse a pensar.

¿Cuándo haría yo algo así con una colega de trabajo: dar por hecho que ella no se había sentado ahí a propósito, tal vez para conocer a ese misterioso bigotón que le inquietaba (¡ja!) y pensar que, por supuesto, ella va a preferir estar con los colegas de siempre, con los que platica a diario o intercambia consejos sobre cómo enseñar algún oscuro aspecto de las bases de datos, el proceso de ensamblado fabril, los medios de financiamiento de las microempresas o qué sé yo? ¿Cuántas de las colegas con que he departido, algunas de ellas norteamericanas o europeas, se verían algo o muy afrentadas por esa suposición y la decisión de llevarse sus cosas sin consultarla?

¿Será que he pasado demasiado tiempo fuera de casi todos los círculos, clubes, clasificaciones, estratos o cualquier intento de clasificación — o eso quiero pensar — que algo así me llama la atención? Tal vez a mí me habría gustado entablar conversación con una desconocida que no sea una alumna veinteañera, relación que debe tratarse con pinzas para evitar malas interpretaciones por parte de ella o de cualquier otra persona de la universidad. Y no estoy pensando en una relación romántica sino simplemente salir de mis propios pensamientos y encontrarme con alguien distinto a mí.

Pero al parecer, me encontré con el “sistema inmunólogico social” del que hablaba Pirsig. Ni era parte de su gremio, ni habíamos sido presentados, ni compartía con ella casi nada, ni el sistema operativo de mi computadora, ni la religión, ni los gustos en libros o películas o mi maldición favorita, la que profiero al sentirme realmente agraviado — que no es en español, gajes de ser bilingüe — ni casi nada. No lo digo como queja sobre la soledad, lo afirmó porque sé que en casi todos los aspectos estoy en alguna orilla de la curva de Bell, en el 1% que no permite que todo México sea guadalupano, use la compañía móvil de la que “es todo México” o que teclea estas letras sin utilizar un solo producto de Microsoft.

No me quejo de mi soledad, de ser un lobo tan solitario que ni siquiera forma parte de la jauría de lobos solitarios. Simplemente es que algunos días se siente su peso en las rodillas y los sueños más que en otros.

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