Basado en hechos reales

Nunca se me ha dado bien jugar a las cartas. En parte, no tengo la paciencia necesaria para ello, pero en gran medida es porque la mayoría de juegos de naipes son realmente un acto de manipulación del contrario, algo en lo que soy bastante malo. Tengo una cara de póquer terrible, tiendo a olvidar que los otros también juegan y me frustro con facilidad cuando mi plan perfecto para la victoria se ve truncado por mi tendencia a la simplificación. Todo esto me convierte en lo más lejano a un experto en la materia, pero me creo capaz de ver que poco importa qué cartas te toquen; lo que de verdad cuenta es qué cartas crean los demás que tienes. Porque no se trata de ganar, sino de que los demás no lo hagan, sobrevivir una ronda más y llegar vivo hasta el final.

Hace muchos días que quiero escribir sobre el tercer año de Fargo, exactamente desde el día en que se emitió su último capítulo, y sobra decir que me ha costado una barbaridad. Creo que mi problema ha venido porque, en esencia, toda la temporada es una gran partida de cartas. Una sesión de póquer televisada, de estas con cámaras en el tapete para mostrar a la audiencia las cartas que tiene cada jugador, en la que el elenco principal pasa por diferentes rondas de eliminación y abandono, hasta llegar al cara a cara final. En el centro de la mesa, la capa más básica de los acontecimientos: una patética trifulca entre hermanos, una trama criminal de lavado de dinero, algún toque de existencialismo y física cuántica, todos ellos revelados poco a poco. Flop, turn, river, showdown. Fases de esa historia a la que rematar con las cartas propias y convertirla en la narrativa dominante. Quien se lleve el gato al agua conseguirá el premio más jugoso posible: se hará con la verdad.

Sobre esta noción se construyen todos los arcos de la temporada, que riza el rizo del viejo chiste de los Coen sobre las historias reales. Esas que, a fin de cuentas, no existen, que son un oxímoron, un ideal imposible hecho de poco más que palabras, como sentencia el coronel Horst Lagerfield en la escena que abre la temporada. La verdad es solo un relato; algo que se cuenta y cuya relación con lo contado es tangencial, tanto más tenue cuanto más veces se cuente y más se intente acercar a una realidad que, en su cualidad de compleja y cambiante, es inalcanzable. Es, en pocas palabras, una interpretación, una búsqueda de valores únicos que definan un estado de las cosas delineable, que todo lo explique.

Cada uno de los invitados a esta pugna por la verdad tiene, por supuesto, su forma de jugar, todas ellas diferentes e interesantes. Podría hablar de cada uno de ellos, y honestamente creo que darían para páginas y páginas de interpretaciones — la evolución de Nikki Swango; el enfrentamiento fraticida de los Stussy; la impotencia de Sy; las apariciones de Paul Murrane como el Judío Errante, en especial la del genial capítulo 8; el variopinto elenco de matones de Varga y su sangriento final a manos del retornado Mr. Wrench, la transformación paulatina de Emmit Stussy en el Sísifo de su sello heredado— pero me centraré en la dualidad que se construye entre Gloria Burgle, la (pronto, former) chief de la policía de Eden Valley, con una tenacidad a la deriva de los tiempos, y el avatar capitalista, maestro bulímico de la posverdad, V.M. Varga. Una relación que funciona como una caja inútil.

Gloria es una mujer analítica, un avatar de la justicia que habla de pistas, relaciones y estados absolutos y evidentes en un mundo regido por la causalidad. En su viaje hacia el showdown, es uno de esos personajes a los que le pasan cosas, algo que generalmente podría ser criticado, pero que aquí define tanto su ser en la historia como su arco personal. A cada giro de la palanquita de la caja, ese mundo que ella intenta entender para resolver su último caso como jefa de policía saldrá del interior del receptáculo para devolver el resorte a su punto de partida. Encuentra su primer gran obstáculo en Los Ángeles, mientras sigue la pista de un libro que encuentra escondido en la casa de su padrastro asesinado. Segura de que tiene que haber una relación entre la obra y el crimen, Gloria recorre la ciudad dando tumbos entre fragmentos de un pasado fragmentado y elusivo, para llegar a una conclusión que desestabilizará las bases de su visión del statu quo: Solo es una historia.

Aun así, Gloria seguirá persiguiendo la verdad. Luchará contra el que pronto será su jefe, un capullo pragmático que huye de la complicación para que, básicamente, no le toquen los huevos, recurriendo a la navaja de Ockham para construir e imponer su interpretación de los hechos, que pasará a ser la verdad corporativa de la policía. La incapacidad de la protagonista por hacer prevalecer su versión, avalada por la evidencia y que tiene al espectador de cómplice omnisciente, lleva a Gloria a dudar de su propia existencia. Las puertas automáticas, los sensores de los grifos y los dispensadores de jabón no la detectan, como si fuese invisible, irreal. Un conjunto de partículas cuánticas que finalmente, encuentra su eco en el choque con su compañera a la fuerza, la también agente de la ley Winnie Lopez, que termina de devolverla a la realidad con un sentido abrazo. Puedo verte, oírte, puedo tocarte: estás aquí, sigue luchando.

Al otro lado, adjudicándose a cuenta propia un lugar en el tapete, V.M. Varga es uno de los villanos más interesantes, terroríficos y mejor construidos de la televisión reciente. The Master pulling the strings. Haciendo un paralelismo con cómo Christopher Nolan concibe la ciudad de Gotham en El Caballero Oscuro (explicada fabulosamente en este video de The Nerdwriter), cuya proximidad a una (no)ciudad americana real la convierte en la más terorrífica de todas, el poder del personaje de Varga es que es perfectamente concebible como posible. Su resonancia con la denominada era de la posverdad actual es clara. Varga actúa al margen de los hechos y los datos, construyendo alternativas que apelan a la emoción, al miedo, a la duda metódica kantiana. Transforma la búsqueda de la verdad ajena a base de engaños y desvíos, con el principio de no contradicción como bandera: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo.

A cada paso que da el orden, Varga redirige la partida hacia el caos. Su capacidad es tal, que llega a reformular el relato de la verdad en absoluta profundidad cuando, tras la confesión de Emmit Stussy de sus crímenes, tanto de la trama de corrupción como del asesinato accidental de su gemelo, la declaración del arrepentido Sísifo se disuelve entre una oleada de nuevos asesinatos que replican los acontecimientos primordiales, evidenciando que el verdadero autor sigue ahí fuera y haciendo que la roca vuelva a rodar ladera abajo. De nuevo, todo queda resumido en una fantástica escena en la que la destrozada boca de Varga se superpone al gesto de absoluto terror de Emmit, devorándolo, como Saturno devoró a sus hijos.

Como ya mencioné antes, durante los diez capítulos que dura esta partida de cartas pasan una enorme cantidad de cosas, pero son Gloria y Varga quienes llegan hasta la última ronda, hasta el giro final de las cartas. El showdown les pertenece. La primera, fiel a la única verdad, y ahora miembro del departamento de seguridad nacional y, por tanto,libre de las ataduras provincianas de la policía de Eden Valley, tiene en su mano una carpeta roja con evidencias irrefutables. El segundo, flemático, la seguridad de que, como dicen los rusos, el pasado es impredecible, ya que, ¿quién de nosotros puede decir con certeza qué ha ocurrido y qué es simplemente un rumor, una desinformación, una opinión? La sala de interrogatorios cierra el círculo que se comenzó a trazar en la primera escena de la temporada, aquella del coronel Lagerfield. La última ronda se juega a carta descubierta, con la mirada fija en la última revelación, el último giro, esa puerta que quizás se abra o no. Quiero creer que el corte final, previo a la resolución (con algún eco a Origen), supone la derrota del villano, como declarando que, en contra de lo que sostiene, el futuro no es absolutamente cierto. El espectador nunca lo sabrá, aunque llegado a ese punto tenga poca o ninguna importancia. Porque no ha llegado hasta aquí para que le relaten una historia, sino para que le cuenten la verdad.