Botines de guerra

H. M. Gris
Aug 8, 2017 · 5 min read

Uno de los aspectos indiscutibles de la guerra es su entropía. Como acto irreversible de transformación del estado de las cosas, a cada orden emitida y ejecutada en su nombre, a cada táctica y movimiento, a cada choque de espada y silbido de flecha, el equilibrio de fuerzas interno al conflicto se va reajustando dentro de su desorden a partir de todos esos microestados que conforman el macroestado general, la big picture, los muñequitos colocados estratégicamente sobre planos a escala que deciden el devenir de cientos de miles de individuos. Como resultado a cada contienda se produce una variación en el paradigma político y marcial, un desequilibrio en forma de brecha entre vencedores y vencidos, todos ellos transformados para siempre en versiones post-conflicto de lo que eran, pasando en mayor o medida a ser en ese momento, y para siempre, mártires.

Víctimas del cambio.

Los pequeños niños Stark vuelven a reunirse tras haber pasado un buen número de años perdidos por los rincones del mundo. Como espectador, uno no puede sino anticipar con deseo ese momento en que, tras haber sido testigo de decenas de penurias, de haberlos visto madurar a golpes de la vida, vuelvan a encontrarse los unos a los otros en una sentida mirada, se fundan en un abrazo y desanden el camino que les ha llevado hasta esa vuelta, al abrigo de una cálida chimenea, un pastel caliente, un vaso de vino. Pero no ocurre así: lo cierto es que no se reconocen. Apenas quedan retazos de lo que fueron, niños inocentes que algún día heredarían el deber y el peso de dirigir su casa y proteger sus dominios. Han regresado, sí, pero ahora son más duros, más conscientes de que eso que llaman mundo es terrible y destructivo, algo que iba a pertenecerles. Algo a lo que han tenido que sobrevivir.

Sansa ha sido utilizada como un peón político, desvestida de todo valor más allá de su apellido y convertida, por tanto, en un elemento simbólico y representativo de todo aquello que la precede, reducida a un cuerpo del que servirse para el placer en la intimidad, para la exhibición en público, perdiendo en el camino el yo para pasar a ser Lady Stark. Arya ha cedido a la ira y la venganza, alimentándose de la visión de su fina espada atravesando el pecho de todos aquellos a los que juró matar, aprendiendo en el camino a ser tan letal como maleable, transfigurando su identidad en su arma más poderosa, pasando a ser nadie, dejar de existir. Bran ha trascendido, ha ganado la ubicuidad y la omnisciencia a costa del alejamiento, desligándose de su limitadísimo estado físico para sobrevolarlo todo como el cuervo de tres ojos, tan alto que ya es incapaz de reconocer a todos aquellos que se sacrificaron por que cumpliera su cometido. La relación fraternal entre estos tres personajes se rige ahora por una distancia insalvable, ya no se conocen entre ellos.

Lo mismo ocurre entre los dos hermanos Lannister. Jaime dirige el convoy que carga con las riquezas de Altojardín para su hermana, su reina. De fondo, una fortaleza desangrada en la que los soldados se han visto obligados a acabar con vidas que conocían, respetaban y apreciaban. Así es nuestra vida, se dicen. Todo parece marchar según lo planeado hasta que el retumbar de unos caballos rompe la tranquilidad del día después, desmoronando la sensación de victoria, el ansiado y breve descanso. No importa, pueden hacerles frente. Los soldados forman, se apiñan en regimientos estudiados, las lanzas en ristre para recibir la carga de un enemigo más.

Y entonces se oye el horrible rugido.

Ante Jaime se despliega la insoportable levedad del ser en forma de un inmenso dragón negro con brillos rojizos que sobrevuela el improvisado campo de batalla, una sombra capaz de cubrir decenas de hombres a la vez, que le recuerda su papel en la historia y devuelve a la vida los recuerdos de un pasado que creía muertos. Esos que le llevaron a cometer el peor crimen que alguien como él podría llevar a cabo y que le marcó para siempre como un regicida, nunca más persona. Aquella locura de la que creyó escapar y de la que pensaba había librado a todos sus congéneres. El TEPT en todo su esplendor.

Sobre una colina, su hermano observa la desidia que se extiende por todo el lugar, con el corazón dividido entre su nueva reina, sus deseos de un mundo mejor y aquello en lo que cree, y el rojo que compartió toda su vida con aquello que fue, esos que ahora se revuelven entre las llamas, presas de la confusión, las llagas y el dolor más absoluto. Las caras de los hermanos lo dicen todo. Tyrion, resignado, cabizbajo, avergonzado, masculla entre dientes órdenes a su hermano, huye, idiota, sobrevive. Abajo, el rostro de Jaime es el de la impotencia, ese que solo se puede tener cuando a tus hombres y compañeros se los lleva el viento en forma de ceniza, un polvo negro que les niega hasta la posibilidad de dejar atrás un cadáver, una historia y una cifra.

Así es el fuego del dragón, mucho más que la superioridad en fuerza y posibilidad, más que la potencia, el miedo y la destrucción. Es la absoluta negación a la permanencia, al apilamiento y al derecho a derramar la sangre propia por la idea. Es la reducción a la nada, el puente que conecta el fenómeno y el noúmeno de la guerra. Es el contacto fugaz con lo cósmico y su polvo, con esa entropía inherente al combate, cuya única conclusión es la reducción constante y paulatina hasta la desaparición final e inevitable.

Guerra como botín de guerra, hasta que no quede nada y lo demás sea silencio.

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