El soldado desconocido

Quién haya visitado París seguramente haya pasado por el Arco del triunfo y haya visto la pequeña llama que resguarda. En homenaje a los soldados muertos sin identificar en la Primera Guerra Mundial, el fuego se mantiene siempre encendido. Un pequeño gesto que romantiza la realidad de cualquier conflicto bélico: al otro lado de las ametralladoras, fusiles y explosivos, todo el mundo es anónimo. Los enfrentamientos son caos, ruido, vísceras, pura desorientación. Los participantes, cifras y números, carnaza a granel contada por cientos, miles o cientos de miles. Todos ellos con las correspondientes chapas identificadoras colgando del cuello, sus dog tags, que parecen servir, más que a su propósito origin, para recordarles a ellos mismos quiénes han sido hasta ese momento. Así es Dunkerque: un retrato de esa anarquía y confusión por la que desfilan un puñado de caras más o menos reconocibles. Una película de la que se ha dicho tanto que ha alcanzado el Olimpo de las adaptaciones bélicas, como que es poco más que un espectáculo incapaz de construir ni desarrollar personajes.
Ambos enfoques tienen, a mi juicio, algo de acierto, siendo dependientes uno del otro.
La comparación entre esta cinta y Salvar al soldado Ryan es inevitable, aunque quizá algo inútil, dada la distancia temporal que las separa, ya sea la real, ya la que existe entre los dos conflictos representados. Huelga decir que yo no soy un experto en conflictos bélicos; ni los he estudiado, ni los he vivido, pero intuyo cierta honestidad en la forma en que Nolan retrata el suyo. Si Spielberg centraba su acción en torno a un soldado con nombre y apellidos, un objetivo con cara, con motivo y sentimientos, que había que encontrar y rescatar a toda costa, Dunkerque mira hacia los otros, los anónimos, las huestes francesas y, sobretodo, inglesas. Sin embargo, el detalle que separa esta última de la primera (y, lanzo el triple, de todas las demás) es cómo se representa el enemigo.
No hay ni un sólo alemán en toda la película.

Bueno, quizá hubiese alguno que yo no vi, pero debieron ser uno o dos. La realidad es que el otro bando es el horrible y monstruoso ruido de la lucha, los aviones que sobrevuelan las desamparadas formaciones en huida, los disparos remotos, las bombas en descenso. Es, también, la desesperación, el miedo y el derecho a ser egoísta, insolidario y cobarde, pues los personajes, en su anonimato, pasan a definirse por la polarización entre dos extremos según el momento. Allí abajo, en la playa, entre las primeras edificaciones y el mar embravecido, el soldado puede ser valiente o atemorizarse, puede echar un cabo a un compañero herido o salvar su propio pellejo, puede ser el primero en saltar a la cubierta del rescate o esperar por los demás, puede permanecer con la guardia alta para el próximo torpedo o entregarse a un merecido descanso en forma de tostadas con mantequilla y té. Todas ellas decisiones que a ras de suelo seguramente poco importen, pues en definitiva están todos extremadamente jodidos. Dependen de un milagro ya no para conseguir vencer, sino para no ser vencidos.
Los diferentes acercamientos que hace Nolan a la contienda hablan del mismo esfuerzo, de un objetivo compartido: salvarse y salvar a cuantos más, mejor. Y es que en ese baile de cifras que son las operaciones militares, mejor que sobrevivan 300.000 soldados que un par de ceros menos. Eso que llaman el bien común, lo superior, una razón por la que sacrificarse honorablemente, ser un héroe. Cualquier acto, entonces, es en realidad determinante, por pequeño que pueda resultar en comparación con un conflicto de una escala — que la película no logra transmitir del todo — muy por encima del individuo, que pierde ha perdido su sentido, pues antes de llegar a sí mismo pasa por diferentes puntos de control: nacionalidad, ejército, compañía, regimiento, compañero de vehículo, tío que esta al lado.

No hay espacio aquí para pequeñas historias particulares. Nada de motivaciones, promesas que cumplir o justificaciones infantiles. Tampoco buenos ni malos, solo unos y otros. Un lado y otro del perímetro, un cazador y una presa hoy, que mañana pueden ver sus papeles intercambiados. Sólo la constante y sensiblemente perenne cercanía a la muerte. Unos pasos más allá y el obus te hubiese arrancado a ti las piernas de cuajo, un poco más lejos de la escotilla del barco y serías tú el que tendría los pulmones demasiado colapsados para huir, caer en el lado equivocado de la moribunda embarcación y ver como su casco te aplasta contra el muelle sin poder hacer nada por evitarlo. Así es la lucha, un infierno en el que solo la muerte es soberana, ecuánime y horizontal: sus abrazos no hacen distinciones.
De esta historia nadie se llevará la sensación de conocer un poco mejor a la homenajeada figura histórica de turno. Aquí el tributo se le rinde a los del fondo del plano, a esos que se convierten en chocapic entre los huecos que dejan libres las hazañas de los campeones con nombre y apellido, a los que aportan litros de sangre falsa para impostar crudeza y credibilidad a conflictos aguados y simplistas. Lo despiadado de la guerra es otra cosa, son ese anonimato y olvido, la alienación de pasar a engrosar las víctimas, los muertos, los supervivientes o los veteranos. Pocos son los que salen de ella con la identidad intacta tras tanta explosión, tanto grito, tanta lágrima desesperada, tanta mierda en el pantalón y tanta plegaria desoída. Porque lo importante es sobrevivir, volver, seguir viviendo y leer otra vez un periódico y echar una siesta y ser recibido con una cerveza, una palmada en la espalda y un recuerdo.
Lo justo para volver y seguir siendo.
