Un videojuego común

H. M. Gris
Nov 7 · 9 min read

“Aunque pongan más alto el muro, comoquiera se traspasa”

— Soy el Diablo — Remix, Natanael Cano x Bad Bunny

1. Al final de El entusiasmo de Remedios Zafra, Sibila, el personaje que la ha acompañado en su retrato de la precariedad y el trabajo en la era digital, implosiona en tres pedazos. El estallido ocurre en público, a modo de órdago y por acumulación de sustancias: demasiado carmín, perfume, cafeína y palabras frustradas le impiden seguir fingiendo, y delante de sus jefes se lo juega todo al exceso como cortocircuito. Las tres Sibilas resultantes se superponen, luego y para siempre, en un tiempo indefinido: una como ficción, otra como mutación y otra como alianza. La primera es una Sibila que se ha dado la vuelta como un calcetín y a la que se le ven todos los golpes del camino, encogida y dedicada por fin a ejercer su libertad, vendiendo fruta para ganarse una vida que gasta por otro lado en escribir y pensar. La segunda es una Sibila-topo que ha vuelve a su pueblo, a su casa y a su presente, y allá se dedica a cavar hoyos bajo las baldosas, leyendo, royendo y creando, entre sombras de monstruo y nostalgias, radicalmente transformada e irreversiblemente valiente. La tercera es una Sibila que tras la liberación de su gran fracaso se siente conectada, un sujeto «plural y político», trastornada porque la espera un futuro sin nombre, pero rodeada de caras iluminadas hechas de carne, píxel y frustraciones compartidas. Lo que hay después, ese tiempo sin experiencia en el que está todo lo que viene, son los síntomas de su trastorno: movilización, socialización, y resistencia colectiva.

2. Bajo el mantra del «todo es ideología» creo que sigue latiendo la necesidad de ahondar en los procesos mediante los cuales ese todo se convierte, existe o se expresa como ideología. La esfera virtual del espacio que compartimos arrastra mucho de los marcadores que, en su contraparte física, y convertidos en herramientas, sirven para medir las relaciones entre los espacios de tránsito y los poderes que los dominan. En el prólogo a El Espacio publico como ideología de Manuel Delgado, Antonio Miranda apela a «la verdad de las víctimas» como la única verdad auténtica frente a procesos de división, nihilización y despolitización: todos esos movimientos que cortan puentes y relaciones para que solo quede una necesidad urgente y apolítica. El dominio sobre esta realidad desconectada es el del relato de una verdad prefabricada, uno que hace a los perdedores responsables y culpables de sus miserias. Sobre esto, Miranda dice — y no creo que sea coincidencia — , que el fracaso de nuestra cultura — como vida que se comparte — es, como el de Sibila, triple: ético, estético y epistemológico. Las historias individualizadas, todos esos imaginarios, leyendas y mitologías en lo que se apoya cualquier persona cuando dice saber «de qué va esto» podrían verse, siguiendo esta reflexión, como el marco que constriñe estas dos versiones de un fracaso triple.

3. El anuncio del evento de Death Stranding de hoy en Madrid, en pleno centro del centro, y que ha hecho temblar todo nuestro circuito durante días, aparecía en primera instancia como un cúmulo de firmas y profesionalidades. Sucasas, Vigalondo, Espín, Requena, Sol y Cano; periodista y escritor, director de cine, dibujante en Marvel cómics — aquí, por algún motivo, la profesión no bastaba — , periodista, periodista y periodista; Kojima, por alusiones; SONY y la Fnac. Solo en la mera yuxtaposición de todos estos nombres propios en un mismo anuncio, en una misma imagen y en un mismo lugar ya hubo un dibujo de barreras. Dentro quedan no solo los que vienen arropados por esos relatos previos, sin origen definido, pero que los convierten en idóneos para subir al escenario. Los que, en un momento como este, a las puertas de lo que se pretende con tanto ahínco convertir en un hito en el desarrollo del videojuego masivo, se encargarán de redactar el próximo párrafo del mito. Entonces, la primera clave del asunto está, creo que es evidente, en la confección en sí misma de la lista, en cómo se hace la foto y se crea un grupo de llamados para mediar entre el genio, la obra y sus futuros jugadores. Quiénes serían los elegidos tecnificados y profesionalizados por las marcas. Una ética de lección, una estética de presentación y una epistemología de escaparate. Dicho de manera más simple: los mismos de siempre ocupando los mismos lugares de siempre para decir lo mismo de siempre.

4. A esto, y solo a esto, se aludió en un primer momento. El origen de la tormenta de insultos y vergüenzas de la que dentro de poco solo quedará el mal recuerdo fue señalar el inmovilismo. Antes de que Angel Luis Sucasas — la cosa va de invidualismos, así que es justo hablar de individuos — irrumpiera en vejaciones y revanchas se comentó que en el tiempo y el espacio intermedio del día a día todo son manos tendidas y brazos abiertos, pero que cuando toca subirse a los escenarios esas mismas manos se ocupan más en cogerse entre ellas; en agarrarse a los micros. Esto es así en el origen formal del evento, pero también en la manera en que el mencionado desentierra trozos de pasado y memoria para, de nuevo, intentar tejer su propia verdad a base de colocarse en el papel de víctima. Y es la perversidad de lo que citaba antes de Miranda: que la discusión nunca llega a ser sobre cómo alguien deviene víctima, o como un espacio compartido deviene ideología, sino que la convierten en una pugna por etiquetarse como la parte ofendida y perjudicada. Por eso el primer movimiento es sacar papeles: el currículum vitae, la lista de contactos y el carnet de entusiasta.

5. Y, entonces, salta la palabra mágica: meritocracia. Bajo el espejismo del igualitarismo y de los comienzos justos, se apela esfuerzos ajenos a todo tipo de condicionantes, sacando de la ecuación lo ambiental, lo circunstancial y todo el espectro de identidades que ha sido sistemáticamente perseguido y silenciado a la hora de construir discursos. Pero lo urgente no es solo entender de una vez que esta sea una idea anticuada, napoleónica y desmantelada, sino que cuando se sigue enarbolando se apela al liberalismo y la personalización de la clase. Otra vez: culpabilizar al que no llega al pico porque no ha dado lo que podía, porque tenía las mismas posibilidades que cualquiera, pero simplemente decidió no sacarle partido. Ciegos a las limitaciones o privilegios — según si te toca o no — de lo heredado, de lo tradicional y de ese «saber cómo son las cosas», y negando la evidencia de que la meritocracia no es sino una red privilegiada de conexiones. Ciegos a una autosuficiencia y la autoconstrucción que ya no se sostienen, porque el prefijo «auto» invoca una ficción histórica, absolutamente desconectada de la realidad líquida contemporánea. Ciegos por una individualidad que ya solo es una figura arcaica.

6. Sea como sea, lo importante a estas alturas es qué pasa de aquí en adelante; cómo afrontar el mundo que hay después de estos estallidos que crean dos esquinas: a un lado están los jefes, al otro las Sibilas. ¿Cómo hacernos con las herramientas para navegar la superposición de todas ellas y ser la frutera, la mujer-topo y la trastornada? Más aún cuando es evidente que seguimos encastrados en una dicotomía de público-privado que no para de levantar muros, de creer que ahí fuera, en las esferas virtuales de lo cotidiano hay que mantener la calma y el decoro, que cuando alguien pierde el control no hay que tirarle tuit, sino un DM. Sibila estalló en público y nada cambio de piel hacia afuera, pero eso es absolutamente irrelevante, porque en dirección contraria encontró trazas de liberación: volvió a su cuerpo, a su casa y a su tejido conectivo. Un regreso más en clave de esperanza que de teleología: quizá si grito me oigan. Quizá si me oigan pueda volver a ser.

7. En la misma obra de Zafra se pueden encontrar más claves para encarar ese porvenir hipotético de movilización, socialización y resistencia colectiva, a fin de convertirlo en presente y al «futuro que siempre es futuro». Una de ellas es la atención a la nueva configuración de nuestros espacios, a cómo la virtualidad del espacio público ideológico es hoy se organiza celularmente, como un conjunto infinito de habitaciones, de pantallas y perfiles en redes sociales. En los tiempos de precariedad y trabajo virtual que expone Zafra, el mero acto de ser y estar es creativo: ir, aparecer, tener nombre y decir cosas es desarrollar una autoría, pero la creación solo es libre si es un instrumento político y transformador, y no un simple «apunte de un tiempo». Asistir a un evento como el de Death Stranding es crear, es fluir, es hilarse y deshilacharse, es hacerse afluente de un circuito que solo si consigue alcanzar la fuerza de un río podrá arrastrar los viejos teniques centenarios corriente abajo. Un acto como este podría ser una célula más si promoviese la suma de voces y el vertido de diversidades, si facilitase la discusión y no celebrara acríticamente la creencia vacía de que existen los genios. Pero tal y como está planteado, tan firmado, restringido y provocado, solo puede funcionar como púlpito.

8. Porque al fin y al cabo lo importante está en la génesis, en cómo al inicio no había nada y luego solo hubo un grupo de hombres profesionales y merecidos. Hoy, tras el anuncio de que la organización recula, de que Sucasas sale y entran Marina Martínez y Sara Borondo, lo que queda es una sensación de parche, más aún si se tiene en cuenta el silencio sepulcral y nada sorprendente de las marcas asociadas al entuerto. Pese a que sea una mejora, las nuevas incorporaciones no dejan de estar impostadas a un evento que en ninguna parte del camino las tuvo en cuenta, que no fue creado para ellas y que ahora simplemente les hace un hueco porque llevamos 4 días de quejas. Hace un par de días Eva Cid daba la clave más útil para entender todo esto con un texto en su Patreon sobre mujeres, rol y narrativas disidentes, en el que describe su experiencia como jugadora de un género que tradicionalmente ha girado en torno a la figura masculina. Interpretar la alternativa, ser otra, es un acto de apropiación y dislocación cuyo peso recae exclusivamente en ella, en la manera en que encarna la creación desde el juego de un espacio diferente, personal e íntimo, en el que elaborar e interiorizar las historias que escapan al molde. Contrapuesto con la noción anterior del estar como parte de una presencia creativa, la asistencia a la versión 1.1 del evento es otra de esos movimientos que se hace a contrapelo y con la implicación de seguir sosteniendo cargando con todos los pesos acumulados. Y aquí el peso es el de la hipervigilancia, el cuestionamiento constante y la necesidad de justificarse.

9. Superado el día de hoy, la dirección de los pasos creo que debería ir en otro sentido y a la búsqueda de una renovación de todos nuestros compromisos. Siguiendo las propuestas de Marina Garcés en su Un mundo común, diría que necesitamos con urgencia reconstruirnos en torno a lo que ella llama «honestidad con lo real». Las víctimas siempre serán la clave de la lectura, pero para que nadie pueda aprovecharse de su verdad y añadirla a su imagen del mundo, es necesario «alterar de raíz nuestra forma de mirarlo y comprenderlo»; es decir, hace falta crearlo de nuevo e inventar una cosmogonía de continuidades, diversa y espectral. Contra las simplificaciones de un «nosotros privatizado» tenemos la seguridad de que es imposible vivir aislados, ser individuos capaces de dibujar sus bordes con total definición y que dejan tras del rastro de una identidad empapelada. Si lo único que tenemos es un gesto de sustitución, la estructura del problema no cambia; si los espacios, las anchuras y los poderes que los dominan siguen siendo los mismos, no podremos construir nada y estallaríamos en vano: venderíamos fruta y cavaríamos hoyos, pero estaríamos a la deriva. Así, como esfera cultural, y siguiendo en la órbita de Garcés, solo tendríamos acceso a opciones, pero nunca a posibilidades, porque «tratar lo real con honestidad significa entrar en escena no para participar de ella y escoger algunos de sus posibles, sino para tomar posición y violentar, junto a otros, la validez de sus coordenadas». Esa es la gran apuesta cuando alguien decide estallar.

10. En paralelo está la cuestión de cómo articularse con los demás, cómo promover la coimplicación y virar a un tejido de intersubjetividad. Aquí Un mundo común también es un libro clave por la manera en que desliga el compromiso político del acto de voluntad de un intelectual, un artista o un militante — es decir, un individuo, un meritorio, un autoconstruido. Esta idea anquilosada solo nos aleja entre nosotros y del mundo, y crea distancias cada vez más notables; contra ello Garcés propone un compromiso como «disposición dejarse comprometer», es decir, a estar dispuestos a ponernos en el compromiso de que los problemas reales nos interpelen, no solo nos sobrevuelen. Con ello nos liberaríamos, al menos en primera instancia, de navegar acontecimientos como la tormenta Sucasas a la búsqueda del quién legitimado, oportuno y necesario, y podríamos tratar el «problema del nosotros» como lo que de verdad es: el dilema de cómo vivir juntos, conectados, precarios, emparedados y entretejidos y estallados. Cómo abandonar la idea de tarimas y focos en favor de un modelo de bisagras y umbrales, cómo dejar atrás esta dinámica de centralizar escenarios, de dejar que grandes corporaciones y medios afines controlen cómo, dónde y de qué hablamos. Cómo cambiar el circuito a costa de nosotros mismos y poder llamarlo casa, darle tiempo y dejarle espacio.

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