La Vida Cara

La histórica Revista Caras y Caretas que supo contar la historia de la Argentina tanto en sus años de esplendor como en sus años oscuros sin duda sacó la radiografía de la sociedad argentina por casi 40 años. En una de sus ediciones la del 20 de julio de 1912, uno de sus redactores llamado Ángel Bueno hace una cruda descripción de la difícil realidad de lo que significaba vivir entonces haciéndose constantes preguntas, que podrían ser las nuestras en éstos tiempos. Las ilustraciones que aquí se exhiben son las mismas que acompañan el artículo en la revista
Sin causas que lo justifiquen, y sin que tengamos que lamentar las consecuencias de ninguna catástrofe financiera, la vida en Buenos Aires se está haciendo imposible. Desde el año del Centenario, en que, por obra y gracia de los especuladores, empezaron á subir los artículos de consumo, así como las viviendas, los precios se han venido sosteniendo sin que haya forma de hacerlos volver á su estado normal.
Y es más de notar el fenómeno de la carestía de la vida, por cuanto el país está en plena prosperidad, y acrece día á día su riqueza. Pero, sin que se pueda atinar con las causas, lo cierto es que las transacciones están paralizadas y el retraimiento do los capitales es un hecho.
La especulación desenfrenada de tierras ha cesado, por cuanto los bancos han restringido el crédito personal, pero, así y todo los precios se sostienen firmes, y nuestro suelo no ha adquirido aún el valor positivo que le da su producción.
Otras causas que podrían influir en el encarecimiento, sería el temor de un conflicto internacional, pero, afortunadamente, la paz nos presenta en todas las fronteras el ramo de olivo, y los discípulos de Marte pasean orgullosos su uniforme de gala.
El problema de la carestía de la vida ha llamado la atención á los poderes públicos. El intendente
creó las ferias francas para abaratar los artículos de consumo, pero este medio dio por resultado, que los acaparadores para evitarse competencias, comprasen todos los artículos, haciendo así nulo el buen propósito de nuestro lord mayor.
El senador Crotto, así como el diputado Cantilo, han presentado proyectos para buscar el modo de abaratar los artículos de consumo, porque, francamente, es ridículo que en el país de la carne y el trigo, se pague más el pan y la carne que en Europa.
El diputado Justo también ha presentado una minuta sobre el particular, y el académico doctor Juan Agustín García ha analizado en la cátedra el fenómeno de la carestía de la vida.
Pero todo esto, con ser mucho, puesto que prueba que las clases dirigentes se ocupan de las clases proletarias, no llegará á la solución del problema.
Para resolverlo, sería preciso evitar los muchos intermediarios; los acaparadores del pan, de la carne, la leche, las frutas y las verduras, que encarecen á su satisfacción estos artículos, imponiendo los precios que quieren. Y la prueba es ésta: ¿Cómo es posible que un kilo de harina de primera, que cuesta 17 centavos, y del que se sacan 12 pancitos, se convierta en el valor de 40 centavos después de elaborado? Y con la carne sucede algo peor: De 29 á 30 centavos que cuesta el kilo al carnicero, pasa al consumidor á 40 centavos.
Esto dicho á grosso modo, porque en la práctica se da maña el carnicero para cobrar el kilo á 60 centavos. Este es un artículo que encarecen sobremanera los intermediarios, consignatarios, matarifes, etcétera, sólo por consignación de un novillo, que cuesta l00 pesos, se pagan cinco por cabeza.
La leche de crema, cuesta al lechero de 12 a 13 centavos con flete. Pasteurizada, 2,50 los 25 litros, y se vende á 20 centavos el litro y á veces más baratas, según canilla.
La fruta se ha convertido en artículo de lujo, cuando nuestra producción es abundante, y el quintero saca por ella tan poco, que en la mayoría de los casos tiene que malvenderla al acaparador.
Las naranjas del Paraguay, que cuestan á 9 pesos el millar, se venden á 70 centavos la docena, es decir que se saca ocho veces el valor. Las mandarinas cuestan de 4 á 7 pesos el millar y se venden de 60 centavos á 1.50 el ciento. Se ganan un 30 ó 40 por ciento. Las verduras han sufrido un aumento tan colosal que hasta los sobrios vegetarianos están sufriendo las consecuencias de la vida cara.
Los repollos, que valen de 60 centavos á 1 peso la docena, se venden á 20 ó 30 centavos cada uno.
Las coliflores de 1 peso á 3,50 la docena, y se venden á 40 ó 50 centavos cada una. Patatas de 70 á 80 centavos la arroba, y se venden á 15 centavos el kilo. Y así con las demás verduras.
Lo expuesto justifica las riquezas improvisadas de los acaparadores, y el que los
verduleros, lecheros, carniceros y panaderos puedan poseer casitas en breve tiempo.
La ganancia les permite esos lujos, pero á costa de la clase trabajadora y no hablemos
del problema de la casa; hoy día cualquier habitación cuesta treinta pesos, cuando antes se tenia lo mismo por diez, y en esa progresión han aumentado los
alquileres. Pues es axiomático que la casa se lleva la tercera parte del sueldo.
¿Dónde vamos á parar si continúa el encarecimiento de la vida?… ¿De qué vale que el obrero consiga aumento de jornales? De nada. Porque á medida que estos aumentan, los artículos de consumo se van por las nubes, y cada vez su situación se hace más difícil.
El progreso trae estos inconvenientes, y la prueba es que en los países pobres la vida es barata, mientras que nosotros que estamos en pleno auge de producción y esteriorizando riqueza estamos enfermos de lo que han dado en llamar los economistas crisis de progreso.
Que nos curaremos del mal, no hay duda.
El país marcha y nada puede detener su engrandecimiento.
Cada año se siembran miles y miles de hectáreas que vienen a aumentar la producción, y por lo tanto tu riqueza; puesto que cada año es mayor el oro que importamos, y que viene á engrosar
el número de millones que guarda la Caja de Conversión.
Y con respecto al abaratamiento de subsistencias, el problema tendrá solución; basta para ello, que nuestro gobierno estudie con detenimiento el asunto, y el Congreso legisle para que tal cosa suceda.
Con poco que se haga, el problema quedaría resuelto.
La representación socialista de la Cámara ha abordado el tema, y lo ha puesto á la consideración de sus colegas, y ellos son los indicados para dar solución al problema por tener estudiado el asunto y poseer antecedentes concretos para el caso.
Creemos que en breve las papas, el pan, la carne y la leche, artículos de primera necesidad, habrán dejado su tendencia al alza, y bajarán para ponerse al alcance de todos, pues no
es posible que se sostengan esos precios fabulosos sin motivo alguno para ello.
Abaratar la vida es deber del gobierno, y para conseguirlo debe valerse de todos los medios á su alcance, para que el obrero pueda siquiera hacer algunos ahorros que le defiendan del mañana. Porque es curioso por demás que la carne argentina se venda en el extranjero más barata que en el país, y que exportemos trigo cuando aquí pagamos el pan á precios fantásticos. E igual cosa sucede con la leche, puesto que exportamos manteca.
En cuanto á las frutas y las verduras, bastaría con que se diesen facilidades en los transportes para que acudiese al mercado la producción. Es decir, que una vez establecida la competencia, volverían esos artículos á sus precios normales, y volveríamos á ser felices, devolviendo á nuestro estómago la tranquilidad que tanto necesita, por la obligada economía á que lo condenamos, en vista de la carestía de los artículos de primera necesidad.
El problema ha llamado la atención, y los diarios de todos los matices, no cesan en su campaña para llamar la atención de los interesados en resolverlo; esperemos con paciencia, y más tarde ó más temprano veremos los artículos de primera necesidad tan baratos, que con poca plata se permitirá uno el lujo de banquetearse á diario.
Con que la serie de acaparadores é intermediarios desaparecieran, se había dado un gran paso, pero es difícil desalojarlos.
