La oportunidad de los liberales de estar en la derecha

Justo este fin de semana, hemos estado hablando de la gratuidad universitaria como un gran triunfo de las luchas del movimiento estudiantil de 2011. Sin embargo, hay otro gran triunfo de aquellas luchas y que también está dando sus frutos por estos días: la redefinición de qué implica ser de derecha.

El movimiento estudiantil de 2011 trazó una frontera sobre los derechos que debe garantizar el Estado; reflejamente, trazó una frontera sobre el rol del Estado en la vida de las personas.

Esto permitió establecer con mayor nitidez una postura ideológica «más de izquierda» o «más de derecha», nublada por los clivajes valóricos de finales de los noventa (donde ser progre era apenas cuestionar a la iglesia) o bien el rollo del fin de la historia (que suponía el triunfo del capitalismo y que los avances ocurrirían linealmente sobre lo que este modelo asentó).

El discurso del movimiento de 2011 fue cooptado el discurso de campaña de la hoy presidenta Michelle Bachelet. Sin embargo, algunos sectores concertacionistas liberales históricos se sintieron desde el inicio incómodos con esta retórica y supusieron que ésta amainaría una vez llegados al poder: «se promete con la izquierda y se gobierna con la derecha».

Pero eso no ocurrió. El discurso penetró.

A pesar del caso Caval y la irreparable pérdida de la confianza de las masas hacia la presidenta, se redefinió un discurso basado en los derechos y en la redistribución y que (porcentajes más, porcentajes menos en las encuestas) ha perdurado a lo largo de estos años.

Como penetró el discurso y hay militantes disponibles para hacerse cargo del mismo, sea en la Nueva Mayoría o sea en el Frente Amplio, estos concertacionistas liberales se han sentido aislados. El poder de antaño, cuando hacían callar a los autoflagelantes presentándose a sí mismos como «la llave de la gobernabilidad», se les acabó.

Hoy, esos liberales están huérfanos de identidad. La obligación de los partidos históricos de refichar a sus militantes ha llevado a estos huérfanos a desertar de actualizar sus militancias en sus partidos de origen, cuestión que se ha visto particularmente en el PPD, en donde gente como Felipe Harboe o como José Joaquín Brunner han anunciado que dejarán la militancia partidaria.

Algo cambió en ellos. Ahora, saben que están a la derecha; que ya no se puede ir por la vida yendo de progre sin cuestionar el modelo económico. Pero, como todo animal político, ellos están buscando el poder.

En el relato concertacionista, ellos sabían que podían liderar e influir. Sin ellos, el empresariado pospinochetista habría supuesto el advenimiento de la Unidad Popular. Pero quizá no se sienten capaces de asumirse explícitamente de derecha, pues eso los traslada automáticamente a ser colas de león de la hegemonía de RN y la UDI.

No quieren dar la conquista por «liberalizar» la derecha porque les gusta más influir (esa cosa más de cóctel) que pelear (esa cosa más de pasar la máquina). A diferencia del emprendimiento político de Andrés Velasco, ellos quieren ganar teniendo la certeza que están ganando.

Mientras no les den esa certeza, los Harboe, los Brunner, las Mariana Aylwin, los Óscar Guillermo Garretón o los Enrique Correa no querrán asumir una posición en la derecha política, aunque tengan la mejor oportunidad para poder hacerlo.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.