Las calles ahogadas de automóviles

Algo que he pensado estos días.

¿Se acuerdan de cuando todos los días los noticieros informaban de ahogos graves o fatales en las playas? ¿Se acuerdan de que eso pasaba seguido? A lo mejor, se trataba de personas que iban muy de vez en cuando o incluso por primera vez (¡en sus vidas!) a la playa. Quizá veían el mar como una gran piscina, como esas aguas tranquilas que veían (en el Caribe) por la televisión. Querían sacarle el máximo provecho a la experencia del mar, aun sin concebir la bravura del mar chileno.

Con el tiempo, la playa se volvió costumbre. A la par, hubo mayor conciencia de los riesgos de meterse al mar y hubo mayores señalizaciones. Ya dejamos de ver tantas noticias de ahogos fatales.

¿Por qué pienso en los ahogos? Porque pienso en el parque automotor de Santiago.

¿Qué tiene que ver un parque automotor saturado con los ahogos? Porque responde a un estímulo análogo. Tener un auto, como ir a la playa, dejó de ser un lujo; en consecuencia, se volvió asequible y masivo. Al ser masivo, muchas personas descubrieron el tener auto por primera vez y le empezaron a sacar el jugo a la «experiencia auto».

Sin embargo, a diferencia de los ahogos en la playa, no puedes educar a las personas a no comprarse un auto para evitar saturar el parque automotor. En el ahogo, hay un asunto relacionado con ir a la playa. En las calles repletas de vehículos, hay un asunto derivado del tener un auto. Y el auto es un bien preciado, es un indicador de incremento en la movilidad social, al precio de reducir la movilidad urbana.

Entonces, se ve feo decirles a personas orgullosas de su chiche que los abandonen porque ya son demasiados autos en las calles. No quieren volver al Transantiago: no porque lo sientan un mal sistema (en una peor economía, la resignación habría hecho lo suyo: no importa la calidad si debes ir forzosamente de un punto A a un punto B), sino porque les quitan un triunfo de clase.

Mientras las injusticias del país hagan del auto un triunfo generacional, hay que aguantar las consecuencias en la movilidad urbana. Hasta que la próxima generación se fastidie de su predecesora y las insoportables calles atochadas que dejó.

Like what you read? Give Bruno Córdova Manzor a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.