Iñaki Elizalde
Sep 3, 2018 · 6 min read

Viaje a Soteropolis

Las dos cosas más importantes que aprendí en Brasil son que la expresión “el caribe brasilero” es un eslogan trillado para vender paquetes turísticos y que cualquier historia que comience bajo la formula de “según cuentan los pescadores”, es probable que sea mentira.

Al llegar a Salvador de Bahía, lo primero que impacta en el trayecto que une al aeropuerto de su centro histórico es la cantidad de favelas construidas sobre los morros que abundan en la región. Las casillas de construcciones precarias revisten cada accidente geográfico al paso como una muestra de la decadencia en pleno paraíso tropical.

La población afrodescendiente es sin duda la más abundante, y también la más afectada. Síntoma heredado de la antigua capital esclavista. Y los vestigios de haber albergado al principal puerto de llegada de esclavos durante la etapa colonial, están a la vista aún sin siquiera bajar del ómnibus.

El centro histórico esta ubicado en el barrio de Pelourinho. Es famoso desde los folletos turísticos por su arquitectura barroco-portuguesa y por ser un retazo de la nefasta historia que carga el país, y desde sus calles por los altos niveles de delincuencia que ponen a los transeúntes foráneos como yo en completo estado de alerta.

Al llegar un día domingo, contrario a lo que se esperaría en un barrio historico porteño como San Telmo, no había nadie. Las calles estaban semivacías. Sobre la plaza principal, un hombre de piel morena comenzó a agitar los brazos y corrió hacia mi. Me habían advertido de la insistencia con la que operan los vendedores ambulantes y los puesteros de chucherías y opte por hacer caso omiso a sus indicaciones. Mi indiferencia pareció no ser notada por aquel hombre y ante su insistencia decidí prestarle atención, llevaba una credencial sobre su cuello y por lo que pude observar trabajaba para el estado bahiano.

En un rudimentario portugués le pregunte qué quería y en un tono efusivo me indicó que tuviera mucho cuidado en ese lugar. Me señaló una callecita que descendía en dirección al puerto y repitió varias veces que no me saliera de esa calle por mi seguridad. Acto seguido me recomendó seguirlo, lo cual me resultó un poco sospechoso, quizás pecando de desconfiado. Pero aún así sabía que esos trabajadores hacían visitas guiadas a colaboración y el dinero no era un recurso que me sobrara asi que opte por decirle que seguía solo. El hombre se encogió de hombros y se volvió.

Al llegar a la calle indicada, me recordó a las tiendas de Caminito pero con una hostilidad en los rostros pretos que no se encuentra, o se disimula en las callecitas de Buenos Aires de exportación. De repente, me sentí ante la incomodidad de ser un sapo de otro pozo, en un barrio que en vez de invitarme a recorrer su historia me devolvía un entrecejo fruncido amenazante. Los rostros acompañaban mis pasos y podía sentir la tensión en el aire. Por eso tomé quizás la decisión más sensata, y volví tal como me habían indicado, por la misma calle cuesta arriba esperando huir.

Al llegar a la esquina encontré una casona colonial que parecía un buen lugar para comer. Siguiendo el compás de una samba melosa subí los escalones y me ubiqué en la planta superior.

Un sistema que se encuentra en varios lugares es el de la comida por peso, como esos restaurantes chinos en la ciudad de La Plata, y no tuve problemas para manejarme. Por diez reales me serví unas piezas de pescado frito, un poco de cerdo y una guarnición de plátanos asados, para beber, jugo de maracujá.

Observando por la ventana que estaba a mi lado, entendí que no había investigado mucho sobre el lugar en el que estaba. Luego de meditarlo un poco, y contemplando las continuas advertencias que recibí, decidí mover hacia otro lado. Ya no creía conveniente que ese fuera el mejor lugar para comenzar. El choque fue tan abrupto que necesitaba un poco de gradualidad para poder por fin adentrarme en la verdadera realidad social bahiana y su cotidianidad.

Tomé el colectivo oficial que iba hacia el barrio de Barra, rechazando la oportunidad de viajar en un transfer que ofrecía un precio más económico, por la simple sospecha de ser embaucado. Al llegar al destino el cambio fue rotundo, las calles estaban minadas de árboles exóticos a mi mirada, y sobre sus playas rompían olas de un intenso azul verdoso. Eran las cuatro de la tarde y tenía que buscar un lugar para alojarme asi que comencé a caminar en busca de una pousada para pasar la noche.

Encontré una a pocas cuadras de la costa y luego de dejar mis cosas salí a reconocer el lugar. Sobre la costanera se extendía una rambla plagada de bares y restaurantes, el contraste con Pelourinho era abrumador. Barra es un barrio de clase media-alta, como casi todos los barrios que llevan ese nombre en Brasil. Abundan los puestos de cocos por tres reales, los vendedores de cintitas coloridas con la inscripción de “Lembranca do Senhor do Bonfim”, patrono del Estado de Bahía, y transeuntes de actitud sospechosa que ofrecían en voz baja maconha a domicilio para los turistas, a un precio mucho menor que el que se puede pagar en la Argentina. El charuto bahiano es todo un icono popular del turismo informal.

Al día siguiente por fin me decidí a volver al barrio de Pelourinho, haciendo caso al consejo de llegar antes de las cinco de la tarde, que es cuando se empieza a poner turbio. Llegué hacia el Mercado Modelo y extrañamente me pareció completamente familiar. Ahí conocí a un rosarino que tenía una agencia de turismo frente al puerto. Charlando, me contó de que a las cinco de la tarde podés ver a la gente consumiendo pasta base, y que se registran entre veinte y treinta casos de crímenes violentos, en su mayoría en el fin de semana, y que es un lugar poco aconsejable para los turistas.

Pese a eso, recorrí las calles que lindan con aquel lugar y no me pareció para nada extraño, ya que me recordaba a lugares similares en Buenos Aires. La comparación era inevitable ante las abundantes similitudes sociales y estructurales que persisten en toda América Latina.

El acento bahiano es un tanto cerrado y eso me imposibilitó entablar una charla fluida con los locales para que me contaran en carne propia su realidad. Pero me sorprendió el continuo uso de la frase “beleza” y sus múltiples acepciones que le daban a los pobladores un aire despreocupado y positivo aún inmersos en la más voraz de las pobrezas heredadas. Con esa frase se saludan, responden al saludo y agradecen pese a todo, la maravilla natural.

Decidí cambiar el rumbo del viaje y conocer la villa mundialmente conocida como Morro de Sao Paulo, sobre un extremo de la isla de Tinharé. Aquel lugar, que en sus inicios era un pequeño pueblo de pescadores, tomó relevancia en la década del setenta, cuando sirvió de refugio a quienes escapaban de la dictadura militar. Y se cuenta que en aquel entonces, había sido un punto cultural muy importante para la juventud bahiana, punto de reuinion de hippies y trotamundos. Y como muchos lugares durante la década del noventa, un punto de explotación para los comerciantes argentinos que invirtieron beneficiados por el cambio monetario en las narices de los descendientes de pescadores que observaban con recelo como les invadían el lugar.

Una historia local, cuenta que hacia fines de los ochenta, un grupo de pescadores y comerciantes estaban enfurecidos por la competencia que les imponían los inversores argentinos que bajaban sus precios para competirles. Entonces hartos de disputas, secuestraron a los dueños de las pousadas y restaurantes y los conducieron a punta de pistola hacia lo profundo del morro. Y allí en plena madrugada tropical los enterraron vivos en algun lugar que nunca se podrá determinar. Como toda historia de pescadores, podrá ser tomada como una advertencia literaria pretenciosamente ficcional, o bajo el beneficio de la duda podría sospecharse su veracidad, pero sin dudas habla mucho del lugar.

Para llegar a Morro existen distintas opciones, yo decidí simplificar el cálculo y lo deje en manos de aquel rosarino con pinta de oficinista de vacaciones, por el simple sentimiento infundado de que un argentino por mero patriotismo nostálgico no me iba a cagar. Lo cual, me resulta muy difícil de justificar.

El viaje esta compuesto por tres tramos, el primero comienza con un viaje en embarcación desde el puerto ubicado en el Mercado Modelo, atravesando la Bahia de Todos los Santos, hasta la localidad de Bom Despacho, de ahí un transfer atraviesa el camino a toda velocidad por un sendero de subidas y bajadas con un paisaje que oscila entre características selváticas y agrícolas a ambos lados. Hasta llegar a un pequeño pueblo conocido como Valenca, el punto continental más próximo a la Isla de Tinharé. Y por último desde allí, un recorrido de veinte minutos por el río en el que se pueden observar pequeñas playas y bahías a ambos lados. Finalmente el horizonte se ve interrumpido por una gran masa que se eleva desde el mar, el famoso morro.

    Iñaki Elizalde

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