
De turista a habitante
Una misma ciudad, dos puntos de vista
En 2009 vine a visitar Valencia, mi primera vez en Europa. Aprovechando que mi hermano y su familia estaban radicados aquí mientras cursaban sus estudios de posgrado en medicina, mi esposa y yo cruzamos el charco para visitarles y conocer al “viejo” continente.
Como en todos los viajes que hacemos a países distintos al nuestro, actuamos como espectadores de una película que ya ha comenzado cuando entramos en la sala.
Recuerdo vividamente una anécdota durante nuestra primera visita a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, la avasalladora obra de Calatrava ubicada en el hermoso Jardín del Turia: mientras tomábamos fotografías de L’Hemisfèric, L’Umbracle y el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, reparé en una familia que cruzaba el río. Los niños en uniforme de colegio, su madre con la compra y el padre de traje, quizás saliendo de la oficina.

Este asombroso lugar turístico era para ellos un camino diario para la rutina cotidiana, el patio de juego de los niños, el picnic familiar de los primeros días de la primavera. Nuestras primeras veces como turistas, son apenas una rutina para sus habitantes de siempre. Ese detalle me hizo pasar el resto del viaje, que nos llevo por Barcelona, las Islas Canarias y París, consciente de estos dos niveles de existencia que se dan en las ciudades, y tratando de imaginar el día a día en esas calles y lugares nuevos. Un ejercicio de imaginación turística.
Aunque ya con anterioridad me ha tocado mudarme de ciudad en mi propio país, es cierto que nunca me sentí turista al visitar esos lugares por vez primera. Me sentía simplemente en el proceso de expandir el conocimiento sobre mi nación.
En esas vueltas que da la vida, un par de años después me hallo viviendo en la misma ciudad en la que ocurrió aquella extraña reflexión. A los dos años de desgastar el papel plástico que protege a la novedad, de entrar en contacto con aquellos lugares que no aparecen en los folletos turísticos, de ir de un lugar a otro, no a conocer, sino a trabajar, estudiar, reunirse o encontrarse con amigos, hacer trámites, etc, la ciudad no pierde su magia, su encanto. Todo lo contrario, es como la transición reconfortante del amor a primera vista hacia la relación duradera que todos ansiamos en una pareja. Te sorprende cada día con rincones secretos, te cruza con personas maravillosas, te narra historias conmovedoras, te pinta miles de posibilidades. Comienza a ser el escenario de tu vida, de épocas importantes y momentos decisivos. La conoces en sus malos momentos, en sus mejores días, la ves con los diversos colores de las estaciones, aprendes a quererla pese a sus defectos y a gozar con todas sus virtudes.
Cada turista que me encuentro me confronta irremediablemente con la persona que llegó aquí hace dos años, y me obliga a inventariar todas las cosas que he vivido y aprendido. De este ejercito de personas con cámaras y mapas, aprendes a nunca dejar de asombrarte por aquello que ves todos los días, de mantener la mente dispuesta a la sorpresa. También es cierto que esto viene con una nostalgia por mi hogar, mi país de origen, los amigos a los que ansio contarles sobre mis experiencias con unas cervezas, la casa donde deshacer las maletas, la familia a la que extraño con furia…
El clímax de esta transición viene cuando te descubres a ti mismo, sirviendo de guía turístico para amigos o familiares de visita, llevándoles por las callejuelas de sus barrios con una facilidad que nunca hubieras sospechado. Y te gusta.
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