Autotratado de la resignación

Me gustan mucho los lobos porque parece que nada les interesara. Pero cuando alguna extraña fuerza de la naturaleza son separados de su miembro favorito de la manada a la que pertenecen, aullan de tristeza. Es un descubrimiento extraño porque se supone que los lobos no generan lazos específicos. Se supone que odian, de hecho. Pero no, parece que aún, los lobos, sienten cierta clase de amor. Muy humano todo.

Sales de ese apartamento con una nube pegada a los ojos y la noche anterior colgando de tus hombros. Y todo ese peso te tumba en la parte trasera de un taxi que te va a alejar por fin de ese lugar. Te fumas un pucho, con permiso del conductor claro, la herejía ya no te alcanza para tanto. Estás feliz y triste y resignada y medio muerta. Llegas a casa después de un recorrido que pareció eterno. Y para tu alivio no te cruzas a nadie que te haga preguntas, que cuestione tus malas decisiones.

Al fin, tu propia cama que te hace extrañar más esa de la que venías. Te tiendes ahí y formas un rollo con tu propio cuerpo y la cobija superior. Intentas dormir, pero te trajiste contigo los recuerdos frescos. Tu one night stand, que se te convirtió en costumbre y ahora en recurrente de tu inconsciente. Cada parte de esa noche sigue intacta. No cambiarías nada, salvo cuán efímera resultó. Ni siquiera las pequeñas cosas que te amargaron por ratos porque hasta eso la hicieron perfecta. Vamos a admitírnoslo, el que no te puede gustar, te gusta. Mucho más de lo que te quisieras permitir. Ojalá no te llame más. Ojalá no te escriba. Ojalá se consiga a otra rapidito, te reemplace a ti como reemplazó a otra contigo. Rápido, rapidísimo. Aunque lo que sí quisieras sería pasar días en su cama leyendo, viéndolo dormir en silencio a solas. Ah, enamorarse no es para todo el mundo. No es para ti.

Pero al menos, ahora, lo tienes resuelto. Y finalmente te pesan más los párpados que la consciencia. Sueñas con lo único en lo que piensas últimamente: la idea de resolver la irracionalidad a la que te conduce aquel chico. Y ya la resolviste. Estás indudablemente enamorada y te causa nauseas el hecho de pensarlo. De hecho, te ha tocado cuidar de ti como si lo que tuvieras fuera una gripa eterna, un guayabo. Pero no, es solo tus ganas de joderte a ti misma. Te enamoraron todos los aspectos enamorables. Es como si se hubiese esmerado en encajar en el arquetipo que te armó tu inconsciente y hasta aceptas con emoción eso que no aceptarías en alguien más. Ah, qué ha hecho este chico contigo. Lo sueñas, sueñas que lo besas en un escenario nada parecido a aquel apartamento, que te explica algo que pretendes no entender solo para que él mismo te enseñe todo, tan a su manera.

Te despiertas con el pelo alborotado sobre tu cara y te burlas de ti misma por los atrevimientos de tu inconsciente. No va a pasar y lo sabes. ¡No va a pasar! No eres tú, no es tu culpa. No siempre somos el tipo de nuestro tipo y está bien. No siempre somos aptos, dignos del amor de otro. Y está bien. Pero tus pensamientos vuelan rápidamente hacia el mismo horizonte, como por variar. Maldita sea, tu pelo huele a él. Lo inhalas feliz y triste y resignada y medio muerta.

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