Lecciones

Terminaba la reunión pensando que a veces me siento más viva que otras veces. No le había contado a nadie sobre el dolor, no es nada, siempre me digo. Por mis audífonos sonaba una bellísima versión en acústico de Fell On The Black Days como para acentuar el gris de la tristeza del día. “Whatsoever I’ve feared has come to life/Whatsoever I’ve fought off became my life”. El dolor me hacía consciente de todo a mi alrededor y la canción armonizaba con ese ambiente hostil. Pero no estaba triste. Estaba sorprendida de que todo pareciese tan poético. La canción, el dolor, el gris del cielo. Si llegase a vivir hasta los 50 años, espero nunca perder la capacidad de sorprenderme de las cosas mundanas, que están ahí y que siempre han estado. De mí misma. De mi cuerpo. La vida y su forma más contundente, el cuerpo, siempre me recuerdan que sigo viva.

De pronto el dolor deja de ser dolor. Se convierte en una masa negra, que deja de habitar mis entrañas y se traslada a todos mis sentidos: “So what you wanted to see good/Has made you blind/And what you wanted to be yours/Has made it mine” . Caigo al piso como paralizada, muerta de la risa, muerta del dolor, como feliz de estarme muriendo, como feliz de sentirme más viva que otras veces.

No sé si esto me lo esté diciendo para vivir el dolor. Para dejarlo ser. Un dolor que me carcome las entrañas, que me las desangra —literalmente— y que me permite sentirme a mí misma, sentirme más viva que otras veces. Que me da malas noticias. Que no son tan malas después de todo. ”How would I know/That this could be my fate?”. Yo que odio los hospitales, que me parece una oda a la muerte hoy estoy disfrutándolo. Aquí también hay vida y la vida lucha por ser vida en medio de un infierno en blanco. Mierda, sigo viva. Y qué viva estoy.

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