#CoffeeBreak

Isabel Benítez
Nov 4 · 5 min read

Una cafetería. Sábado por la tarde. Dos amigas charlan. No quiero escuchar, pero me llegan palabras sueltas sobre un viaje. Que si mejor una playa… que si conocer a una persona desnuda o en bañador te permite reducir los prejuicios… Sí, lo siento; no quiero hacerlo, pero están tan cerca que es casi inevitable que me llegue la conversación. Y tampoco estoy muy de acuerdo con lo que dicen, aunque supongo que ahora mismo eso es lo de menos:

– Se ha acabado la tarta. ¿Y ahora qué hacemos?

– Pues no sé, la verdad… Espera, déjame ver…

Los móviles, que sorprendentemente habían estado fuera de la escena, hacen su aparición estelar. Vítores, aplausos, un suspiro de alivio contenido. Ninguna notificación grave. Pasan 11 minutos hasta que una de ellas levanta por fin la cabeza y hace un comentario. Nada que ver ni con la conversación anterior ni con el propósito inicial con el que ambas habían agarrado el terminal: entre Whatsapp e Instagram aún no han tenido tiempo de revisar la oferta de entretenimiento que ofrece la ciudad un fin de semana de puente. Recuperan el foco mientras saltan de las redes sociales al buscador, y vuelta a empezar. Hablan de un mercadillo. Les presto mis últimos segundos de atención. Nada, no puedo copiarles el plan, está cerrado.


Mientras ellas siguen decidiendo qué hacer, miro al frente justo a tiempo para sorprender a la chica que está sentada en la mesa que hay entre la mía y la puerta levantándose. Está con su pareja, o su proyecto de. No lo invento: llevan la última hora y media todo lo acaramelados que el maldito tablero de madera con caballete les da la oportunidad.

En esta cafetería, las mesas están dispuestas de tal modo que no puedes sentarte al lado de tu acompañante. Pequeñitas y juntas entre ellas, al más puro estilo romano, no te queda más remedio que situarte enfrente, aguantando o esquivando una mirada que prácticamente solo puede posarse en ti [nota mental: no venir aquí con alguien que me intimide o a quien le haya salido un grano horrible en la punta de la nariz]. Es ese tipo de mobiliario que hace que corra el aire, te guste o no, y deja escaso margen de maniobra para mimos furtivos: le agarras la manita al otro esquivando las gotas de café sobre la mesa y te aguantas.

Con indiferencia de lo mágica que haya sido la velada, el momento queda arruinado por la necesidad fisiológica de la señorita (¿o acaso era una cita de Tinder y usa la excusa del baño para zafarse del roce indeseado?), y el móvil vuelve a hacer su aparición. Y por partida doble, una vez más. Ella lo lleva discretamente en la mano (algo que todavía no sé bien por qué hacemos); él desenvaina sobre la mesa apoyando los antebrazos encima de las gotas ya casi secas del café (te has manchado la camisa, querido).


Miro a mis propias manos y me pregunto qué hacía la gente antes cuando salía ‘a tomar algo’ un sábado por la tarde. No consigo recordarlo. Quizás porque, por aquellas fechas, yo todavía no me prodigaba por las cafeterías del mundo ni sola ni acompañada. Mis padres tampoco, así que tengo una laguna mental de tamaño medio donde tú probablemente conserves el recuerdo de corretear entre mesas con un amigo del cole mientras tus progenitores ahogaban las penas y alegrías de tenerte en sus vidas con chutes de cafeína a 80 pesetas. En 2019, solos o en reunión, desvergonzada o sibilinamente, tiramos de móvil. En ocasiones, cuando la conversación se alarga mucho, podemos llegar a desear ansiosos que a nuestro amigo le dé un apretón, que nuestra conquista reciba una llamada, o que se produzca el clic simultáneo, esa suerte de conexión casi mística que autoriza a ambos interlocutores a desconectar de la realidad durante unos segundos a través de su teléfono móvil. Cuando hay mucha intimidad entre las dos personas, es cuestión de sensaciones; basta una mirada para saber que ha llegado el momento del receso.

Un rato antes, yo misma había experimentado mi pequeño momento de pavor. Ya en la mesa, con mi bebida en proceso de elaboración, me había dado cuenta de que el libro que estaba convencida traía conmigo no estaba en el bolso. Estaba condenada a aburrirme o a perder el tiempo que tardo en beberme un café, porque (¡descarada!) tampoco podía pasármelo observando a la gente sin más. Menos mal que mi móvil, siempre tan oportuno, estaba ahí para distraerme.

“¿Qué hacíamos antes?”, me sigo preguntando, incapaz de dilucidar cómo actuaba la gente hace años cuando su interlocutor se ausentaba para ir al baño o se acababa el tema de conversación. Acaso jugar con una servilleta o mirar por la ventana. Puede que el chaval hubiera levantado la mirada y, al cruzarse con la mía, hubiera sonreído. O que hubiera aprovechado para pedir un vaso de agua, pagar la cuenta o, simplemente, dar conversación al camarero, que era muy simpático, por cierto. O tal vez habría aprovechado ese último minuto para disfrutar de la música, del olor a café recién hecho que salía de la cocina o de sus pensamientos. Casi parece ridículo formularlo así atendiendo a la velocidad con la que sus dedos, ávidos de movimiento tras la hora de inacción, se mueven sobre la pantalla táctil.

Se abre la puerta del baño. Las otras dos chicas se marcharon hace rato. Decidieron posponer la salida nocturna para otro día, incapaces de encontrar un plan que apeteciera a ambas en esta inmensa ciudad. Esta ha tenido tiempo para publicar una story en Instagram con selfie y canción de moda de fondo #SaturdayNight #EstaNochePilloCacho #GirlPower. Sin apartar la vista de su teléfono, él se levanta y se dirige a la barra, donde ella termina de pagar. No queda ni rastro del tipo de mirada que posaba sobre la chica justo antes del punto de inflexión. Se van.

Vuelvo a mi móvil.

Termino mi café.

Las últimas migajas de la tarta de zanahoria siguen ahí, recordándome mi pecado. “Un día es un día, me la he ganado”, me convenzo mientras me salta una nueva imagen de rutinas de gym para acabar con la celulitis en Instagram. Una pena que se haya acabado. Ya podía haberse detenido el tiempo en ese momento. Snif, snif.

Por suerte, hice una foto.

A ver…

Movimiento de dedo. Seleccionar.

Otro movimiento más. Editar.

Últimos retoques.

Compartir en.

Hashtag.

Publicar.

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade