Lilo y las ausencias.

Esa mañana se despertó mas temprano que de costumbre porque comenzaban las clases y los colectivos se llenan aún más rápido que en las épocas de vacaciones. Habían pasado dos semanas tranquilas en las que viajó en paz y podía quedarse unos veinte minutos mas en su cama. Los tucumanos no sabemos tolerar el invierno y el frío que te carcome los huesos en esos minutos que tardas en abrigarse son un suplicio interminable. Pero bueno, así es julio en el Jardín de la República. Pantalón y saquito azul, camisa blanca y un pañuelo naranja, un sobretodo de paño y a caminar. Desayunaría en la oficina porque no tenía nada para comer y no le gusta tomar el café sin compañía. Seguramente terminaría tomando mates con facturas con Fernanda. Así fue. No había mucho para hacer y se pasaron la mañana conversando sobre la novela que dan en el canal de aire. Si se puede decir que conversaron, pues sus charlas suelen ser maratónicos monólogos de Fer que ella escucha atentamente, bueno a veces no, pero la quiere mucho porque ella no es de mucho hablar y Fernanda no le pide eso. Tampoco hace preguntas incómodas ni de las otras. Se entienden muy bien, funcionan así. Fernanda le dijo que estaba preocupada porque Martín no le había mandado ningún mensaje durante toda la mañana. Ella pensó que con lo denso que es Martín, estaría mas aliviada que preocupada. <Ese chango no la deja respirar y una mañana que pasa sin estar cargoseándola, se queja. La verdad no entiendo.> pensó, tal vez con un poco de envidia. Ahí se desconectó de la charla y miró su teléfono. Había muchas notificaciones, las dejó para después. Se fue temprano, como es medio mes no hay mucho papeleo así que le pareció inofensivo mentir que tenía que hacer un trámite para tomarse la tarde. No lo hacía nunca y no perjudicaba a Fernanda, que iba a tener un poco de tarea como para dejarse en paz respecto a Martín. Llegó al departamento y pensó en acostarse a dormir una pequeña siesta después de almorzar. El colectivo de regreso había sido un pequeño infierno de niños llorando y una señora con problemas mentales le pegó con su bastón mientras gritaba obscenidades y sinsentidos. Eso la puso de muy mal humor y había llegado refunfuñando al edificio. <Lilo me sacaba todas estas mierdas del día a día con un par de besos> pensó. Pensó en su perro y maldijo su fin tan abrupto, tan sorpresivo. El humor tornó en gris y la bronca se transformó en una tristeza añeja. No quiso llorar. Lilo ya no estaba, basta de eso. Calentó la tarta de espinacas en el microondas y sacó unas lentejas que tenía en la heladera, las aguas se aquietaron y el sol salió despacito. Abrió la ventana y la brisa extrañamente tibia la convenció de ir un rato a caminar por el parque. Disfrutó un momento de la primavera mentirosa y de pronto se puso a correr. Así de la nada, corrió desesperada por el parque y se tropezó. Creyó que se había raspado la rodilla pero no. Un señor la miraba, titubeó, tal vez pensando que debía ayudar, pero al final siguió caminando con su timidez a cuestas. Puede que se haya sentido algo tonto. Lo importante es que no pasaba nada. Entre la agitación, el golpe y el ahogo, Alejandra lloró por unos segundos. Como con vergüenza, a escondidas de ella misma, lloró, se sacudió el golpe y volvió a casa. Una ducha y a la biblioteca. Rendir Constitucional libre no era empresa fácil para ella y estaba comenzando a hartarse de las frustraciones. No quería rendir pero se sentó en la biblioteca a estudiar de todos modos. Algo haría. Pero no. Al final se distrajo entre los ruidos de los inadaptados y la parejita que mas que a estudiar había ido a estar besuqueándose. Pero eso era un poco de envidia también. Le molestaban los ojos. Estaba cansada ya y no iba a avanzar así que tomó sus cosas y regresó. También le ardían los ojos. Ya había cumplido con todo, tal vez no cenaría. Sonrió por fín, al sentirse exhausta y realizada. Basta por hoy. Pensó un momento. Se puso a acomodar la pieza mientras sonaba Sabina contando alguna pillería a medio volumen. Cuando estuvo todo listo se vistió como para ir a trabajar. Pantalón y saquito azul, camisa blanca y el pañuelo naranja. Un rodete simple que contenía su cabellera castaña con una traba. Que rouge, que rimmel, que base, que lunar ínfimo bajo el labio. Cerró las cortinas, encendió la cámara y, mientras Sabina seguía contándole historias indecentes, Cecilia se desnudaba lentamente sonriéndole a la lente.

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