Los labios de T
La noche prometía. Y digo esto porque al poco de abandonar la casa de P dirigiéndonos hacia la zona de bares, T ya se encontraba en medio de la calzada con los pantalones a la altura de las rodillas, que permitían ver la bandera británica impresa en sus calzoncillos, y gritando:
- ¡God save the Queen, hijos de puta!
Mi espíritu más precavido no tardó en mostrarse:
- ¡T, sal de ahí que se te van a llevar los coches por delante!
- ¡Te fundo! — respondió vacilándome.
Acto seguido, T alzó sus brazos y llevó su tronco hacia atrás dejándose caer quedando completamente tendido boca arriba en medio de la carretera mientras le dedicaba la mejor de sus sonrisas a los cielos. En ese momento se acercó un coche, que afortunadamente para T, tuvo tiempo de verle y lo esquivó. A mí se me pusieron los pelos de punta y él se levantó como pudo muriéndose de la risa. Se me acercó y echándome un brazo por encima del hombro me dijo:
- Casi me funden a mí, macho.
El resto del grupo reía sin descanso. P y L cantaban abrazados “Mi agüita amarilla”, una tradición presente en todas nuestras borracheras. Era L el que portaba la botella de Passport que nos permitiría llegar a tono a los bares. Para terminar la puesta a punto, P y L sacaron a relucir sus gaznates al empezar a rematar la botella a golpe de trago a palo seco. El resto del grupo les jaleaba. Yo, más por compromiso social que porque realmente me apeteciera, también le pegué un trago. O al menos lo intenté, pues los abucheos del resto ante mi actuación me hicieron saber que no había estado a la altura. A continuación hice una buena imitación de uno de los dragones de Kahlesi, sólo que sin expulsar fuego exactamente. En ese momento, A me arrancó la botella de las manos y la apuró ante la algarabía del grupo. Cuando terminó agitó la botella en el aire en señal de victoria como si fuera Máximo Décimo Meridio tras haber aplastado a los bárbaros en la campaña de Germania.T se quejó furioso:
- ¡Eh, deja algo!
- ¡Espabila! - le respondió A mientras le apuntaba con la botella ya vacía.
Ante todo este escenario, tuve una revelación: que la noche no terminara en pelea sólo podía deberse a un accidente. Una revelación que además se respaldaba en el corolario que reza que la probabilidad de que se monte una buena bronca durante una noche de juerga tiende exponencialmente a uno si T está presente.
Al fin alcanzamos la zona de bares y entramos en El Callejón. A L le encantaba este sitio porque nos preparaban unos cócteles — “mataosos” los llamábamos — en un vaso de medio litro que contenían todos aquellos licores que él solicitaba y en la medida en que a él le apetecían. En ocasiones incluso le permitían pasarse al otro lado de la barra y preparárselos él mismo. Y es que él allí ya era como de la familia. Con sus excursiones etílicas a ese antro había sufragado la primera y segunda ampliación del local. Normalmente empezaba con un “mini” de Passport-Cola, pero cuando ya estaban cerrando y a nadie le cabía tan siquiera una gota más de líquido en su cuerpo, era cuando L empezaba a pedir mataosos para todos. Por supuesto invitaba él, de manera que la excusa de “me he quedado sin dinero” tampoco valía.
La idea de la pelea seguía acechándome. Empecé a buscar a T con la mirada y los peores presagios no tardaron en confirmarse. Casualidades del destino, T se encontraba de espaldas y a dos cuerpos de otro grupo de bebedores salvajes famosos en la zona por protagonizar las más sonadas peleas. Ahí lo vi claro, muy mal se nos tenía que dar para no irnos calentitos a casa esa noche. Dos traspiés de T hacia atrás bastaron para que comenzara la marcha. Tras el choque con uno de los miembros de nuestra némesis, T se giró y, casi sin mediar palabra, recibió un empujón que le hizo caer torpemente de espaldas sobre la chica con la que antes se había acercado a charlar provocando que la copa de esta se derramara sobre el escote de su compañera. T con los ojos fuera de sus órbitas se incorporó y se lanzó a por el individuo que le acababa de mandar a por uvas. En mi cabeza ya retumbaba la intro del partido del plus de los domingos. El personaje en cuestión era un morlaco que le sacaba una cabeza y dos espaldas a T, lo cual no iba a echarle para atrás, sino más bien todo lo contrario. Se agarraron de las camisetas y empezaron a forcejear. Uno de los miembros del grupo del morlaco empezó a agitar el brazo señalando la puerta del local:
- ¡Vamos fuera, si tienes huevos vamos fuera!
T accedió encantado. Y es que sólo había algo que excitara más a T que tumbar al resto del grupo bebiendo whiskey: una buena pelea. De hecho se marchaba sin avisar al resto cuando otro de “los salvajes”, que no quería renunciar a su parte del pastel, se dirigió a T indignado:
- ¿Y tus amigos qué?
En ese momento, me acerqué intentando aparentar total normalidad, como si aquello fuera rutina, y respondí:
- Esperad, voy a avisar.
Los compañeros del morlaco mostraron caras de aprobación, pues el trato se cerraba por los cauces “legales” y sin más dilación.
No me resultó complicado encontrar al resto, pues se encontraban como siempre en torno a la barra.
- Chicos, hay pelea — les anuncié.
- ¿Cómo? ¿Ha sido T, no? — respondió A que mientras pronunciaba el nombre de T soltó una sonora carcajada.
L en cambió se quedó con los ojos muy abiertos y se tiró un buen rato sin pestañear hasta que P nos animó con poca convicción:
- Hala, venga, va, siempre la tiene que liar el mismo. ¡Vamos!
L al fin volvió en sí y, previo carraspeo, preguntó:
- Pero… ¿ahora?
- No, quedamos para mañana, ¡no te jode! — le replicó P airado.
Salimos fuera y los púgiles ya se estaban lanzando las primeras miradas. Yo, poco amigo de las peleas, intenté parlamentar:
- Pero a ver, ¿qué ha pasado?
- Ha pasado que te vas a llevar de hostias — me respondió el morlaco.
- Tú sí que te vas a llevar, pero te vas a llevar hasta en los pantalones esos en los que no te cabe el culo ese gordo que…
Y antes de que T pudiera terminar la frase, el bicharraco le soltó un bofetón que le envió directamente al suelo llevándose por delante las copas de los expectadores del combate. La fiesta había comenzado y se estaba formando el baile de parejas. A le estaba dando “pechazos” en la cara a uno que por altura más bien me tocaba a mí. P forcejeaba con otro más bien igualado a él en peso y altura. L… bueno, L no estaba. Yo busqué un oponente, pero el único que quedaba sin pareja se encontraba de brazos cruzados deleitándose con el espectáculo, lo cual he de admitir que me alivió. Me acerqué a él insistiendo en el diálogo:
- ¡Qué! — me inquirió antes de que pudiera abrir la boca.
- A ver, nos vamos a pegar por nada. ¡Pero si ha sido un tropezón! — le respondí con tono afectado.
- ¿Y qué? Que se peleen…
Visto que mi papel de pacificador se iba al garete, me dirigí de nuevo hacia el campo de batalla. A tenía bastante controlada la situación, pues la diferencia de categoría con su oponente había hecho efecto y éste lanzaba los brazos al aire, pero sin ningún ánimo de rozar a su rival. Empecé a buscar a T y observé que había un “montoncito” de gente golpeando a algo que tenían debajo. Entonces inferí que lo de debajo podía ser T. Cogí a P de la camiseta, que con este movimiento logró zafarse de su adversario, y lo lancé contra el barullo mientras le gritaba:
- ¡Haz algo, que le están zurrando!
P colocó sus manos en posición de velocirraptor y empezó a sacar tíos como la mejor de las Caterpillar. Mis conjeturas se cumplieron cuando tras sacar al tercer y último individuo del montón apareció T, más conocido a partir de ese momento como “Morritos Reiziger”. Tenía los labios tan inflamados que dejaba a la mismísima Esther Cañadas en mantillas en cuestión de delantera facial.
- ¡No os vayáis que aquí hay más! — gritó T mientras sostenía el trozo de camiseta de uno de sus oponentes que había logrado arrancarle cuando le agarraba desde el suelo mientras P se lo sacaba de encima
De nuevo vi la oportunidad para pacificar la contienda:
- Vale, ya está bien, hombre. Mirad cómo le habéis puesto los morros. ¡Que encima sois más! — intenté destacar el hecho de que se trataba de una pelea desigual y remarqué las heridas en combate de T para que de esta manera se mostraran satisfechos con el resultado, quizás así también obviaran el pequeño detalle de que a uno le faltaba media camiseta. También ayudó a calmar los ánimos el dueño del bar que había salido y amenazaba con no dejar entrar nunca más a ninguno si la cosa seguía. Desde luego este fue el argumento más convincente para detener la trifulca. Nos separamos definitivamente y nos dirigimos caminando hacia la playa.
- Joder, cómo te han puesto — le comenté a T por si él no se había dado cuenta.
- ¡Pero qué dices, si ya les tenía! — me respondió fuera de sí.
- Sí, claro ya les tenías, sí… ¡Hinchándote a hostias les tenías!- le respondió P.
En ese momento reparé en que hacía un buen rato que no veía a L:
– Oye, ¿y L?
– ¡Hostia!, yo le he perdido de vista cuando estábamos en El Callejón — respondió A.
– Vamos a buscarle — propuso P.
– Mejor vamos A y yo a buscarle, no vaya a ser que nos crucemos otra vez con estos y al ver a T les entren ganas de más — dije.
– ¡Si me los vuelvo a cruzar les arranco la cabeza! — gritó T lanzando un croché al aire.
– Va, sí, mejor nos quedamos. No vaya a ser que T se los crucé y los mate a todos otra vez — apuntó P.
Así que A y yo nos dirigimos hacia el garito, entramos y no había ni rastro de L por ninguna parte. Cuando ya me dirigía hacia la salida, A me gritó desde la otra punta del bar:
- ¡Corre, ven, ven!
Me acerqué y señaló hacia los lavabos. Allí había una cola tremenda para entrar en el aseo de las chicas. Una estaba aporreando la puerta:
- ¡Que me meo, joder! ¡Sal ya, que llevas media hora!
A y yo nos miramos y casi nos caemos al suelo de la risa. Entonces A se dirigió hacia la puerta del aseo de las chicas entre gritos de “eh, que no te cueles”. A se dirigió hacia ellas:
- Tranquilas que voy a solucionaros el problema — respondió de manera tan convincente que la cola empezó a separarse como las aguas del Mar Rojo ante el paso de Moisés.
Por fin alcanzó la puerta, dio dos golpes y gritó:
- Va, sal, que ya se ha acabado todo.
La puerta se abrió y del lavabo salió L con cara de “aquí no ha pasado nada”. Se abrió paso con total naturalidad entre la multitud que le profería miradas indignadas. Llegó hasta a mí, posó su mano sobre mi hombro y echando la mirada hacia la barra soltó:
- María, ponnos tres Mataosos.