El hombre del azúcar

Siempre pensé qué nombre más particular que te pusieron tus viejos. Es un nombre, que a mi bagaje de sentidos, conocimientos, información, experiencia y no experiencia, remite a algo anormal. Algo particular, extraño, añejo. Ese nombre tan insólito que justo te tocó a vos hace que seas tan común como el aire que respiramos pero del cual no nos percatamos jamás. Pero nadie se banca lo común y decimos que lo común es raro, que no es correcto, que algo está mal en eso. No percibimos aquello que nos da vida; si lo percibiéramos nos mataría o nos daría un ataque de asma o quedaríamos locos. Si lo percibiéramos en crudo, obviamente. Por eso nos pasan los años sin entender nada. Pasamos por el mismo camino y nos tropezamos con la misma piedra, una y otra vez. Algún día la esquivamos, pero sólo por inercia, no porque hayamos tenido un desprendimiento cerebral sobre algún secreto del universo y decidimos averiguar por qué estaba esa piedra allá y por qué volvíamos a tropezar. La piedra hablaba y nosotros ni mú. Queda la esperanza, tácita, que algo de ese tropezar con la misma piedra llegue a nuestros corazones y oídos y que de alguna manera por algún surco inesperado de la vida, ese aire imperceptible que respiramos nos dañe. ¡Qué alegría! Así, con los años pasados uno comprende el daño. Todo aquello con lo que entramos en contacto deja marcas emocionales, físicas, mentales, marcas en el alma. Eso es daño, eso cambia la forma de los adentros y las afueras de uno. Cambia de graduación el lente de los matices que perciben y reflejan el mundo. Cambia. ¿Qué hizo que yo perciba ese daño? ¿Qué hizo que yo baile lleno de gozo al ritmo de la música como hombre sordo? Alguna respuesta habrá. Lo que quiero decir acá es que me alegra haberme dado cuenta y disfruto de esta alegría como niño que disfruta de patear la misma pelota hacia el mismo lugar una y otra vez, y no se cansa y no se aburre. También, como la mayoría de los que nacemos “adultos” pequé el pecado mortal, el de no crecer para ser niño. Cuando era grande, juzgaba como grande, pero ahora que me voy haciendo niño no juzgo. Me río y salto como bailando y mis ojos sonríen. No sabía apreciar aquello que resultaba por fuera de mi comprensión. Sólo sabía comprender o no comprender con la mente. Cuando comprendí con el corazón la mente se abrió también.

En este mundo no hay lugar para los raros.