Sólo sirve de conversación

Matate. Morir a uno mismo es como un tipo de suicidio. Siempre me atormenta el mismo miedo y me frustra y no duermo con paz. Que si escribo y completo este ciclo y llego al final de este camino no podré volver a hacer lo mismo de nuevo. Quedaré sin inspiración. Que nunca más podré hacer lo que ya hice, y no, nunca más haré lo que ya hice. Empecé muchísimas cosas en mi vida y las dejé, así nomás y sin más. Temo llegar al final del camino. ¿Se llega realmente? ¿El final de este camino no será lo que sigue? Entonces me preocupo sin razón, en vez de ocuparme, simplemente. Un amigo dijo que no hay llegar y que uno no es sino que está. La plenitud es algo que esquivo, la perfección ni la quiero ver, porque claro, yo lo que es la plenitud y la perfección. Me aferro a la vida proporcionalmente a como esquivo la muerte. Leí por ahí que la muerte es un “regalo” para los mortales. ¡Vaya locura! Sólo conocemos la vida o eso creemos y no la soltamos por nada en el mundo.
‘No me interesa lo que me regalen. Si quieres regalarme algo entonces dime qué es.’
‘Pero no sería regalo si te digo qué es.’
‘Entonces no lo quiero.’
El regalo ya lo tenemos pero lo dejamos ahí, tirado, cubierto por el polvo de nuestros miedos y a oscuras, bajo la sombra de nuestra angustia. Todos los días se conoce ese regalo, todos los días se muere un poco. Prendemos una luz en aquella pieza y allí está, un bulto cúbico y con moño pero sucio. Lo corremos de lugar, detrás de un sillón, pero el otro viene y mueve el sillón o lo vende y allá de nuevo, aún más sucio pero siempre presente y lo trasladamos a otro lugar nuevamente. El sol resplandece todos los días pero nosotros corremos las cortinas.
‘El único miedo que tengo es no poder volver a escribir así cuando termine esto.’
‘No vas a poder y menos mal.’
Sol y luna se persiguen eternamente. Ahora es de noche ahora es de día, ahora de noche ahora de día, ¡menos mal! Qué bodrio sería que estuviesen quietos en el mismo lugar, para siempre.
Morir a uno mismo ni siquiera es morir a uno mismo. Si fuese así significa que uno es algo y tiene algo y es un absoluto inconcebible. Pero uno, sólo es atormentado por esa ilusión de ser algo más. Morir a uno mismo es soltar las ilusiones, las falsas ilusiones que tenemos control sobre nuestras vidas. Yacemos frente al espejo intentado convencer al reflejo que no es mero reflejo, que él es algo más, que no es un simple, imperfecto y mero reflejo. Engañadores.
Tristemente, nos amamos a nosotros mismos con demasía — no sabemos amar la mismidad de la vida — mientras desechamos el aceptar que el reflejo es sólo reflejo. Desesperamos por embellecerlo y lo cubrimos de oro y palidecemos a medida que el reflejo se adueña de nosotros.
La plenitud de nuestras vidas es la consumación de la misma, ¿pero quién se atreve? ¿Quién se atreve a caminar hacia la desconocida plenitud? ¿Llegaremos? No lo sabemos y eso es el alivio más grande. Pero hay que atreverse.

Volviendo, uno nunca empieza de cero, simplemente edita lo que aprendió y se deshace de la basura.