Creencia versus incredulidad.
(La pulseada de tu vida).

Diácono Miguel Angel Camaño

Es en hecho y en verdad que Dios ha prometido, a través de Su Palabra, a cada creyente en manera muy particular y especifica, derramar un inagotable caudal de bendiciones con el solo objetivo de proporcionar bienestar a sus vidas. Y que ha dado a conocer que dichas promesas están condicionadas de manera ineludible a la obediencia y a la confianza que el creyente deposita en la buena voluntad de Dios.

Aún así, los creyentes constantemente debemos confrontar nuestra fe (es decir, nuestra creencia) con la adversidad, y en algunos casos, en situaciones extremas.

Esas situaciones extremas tan solo evaluadas o tamizadas por el ojo impreciso de nuestro criterio, puesto que la mirada de Dios nos instruye que Su techo, (el de Dios) llega hasta donde “no hay imposibles para Él”. Por ejemplo, no dependió de una cuestión geográfica que Él dividiera las aguas del Mar Rojo para librar al pueblo de Israel de volver a ser esclavizado por su perseguidor, el pueblo de Egipto.

Nos obsesionamos con querer ver el poder de Dios actuando en nosotros sin entender que debemos identificar primero al enemigo que nos rodea. Por años, hemos oído decir que el diablo es nuestro enemigo, pero debemos reconocer que él solo puede actuar en nuestras vidas porque nosotros permitimos, gracias a nuestra concupiscencia (indisciplina mental), ser desconectados de las promesas de Dios.

Sin lugar a dudas, uno de los grandes conflictos con el que los hombres naturales nos encontramos enfrentados no es ni más ni menos que nuestra propia incredulidad.

Nuestra naturaleza mundana no nos permite alcanzar las promesas hechas por Dios porque son efectivas en el que las cree. Él le habla a creyentes. Y eso es todo lo que se espera de nosotros, que le creamos a Dios.

Toda vez que una promesa se hace palpable en nuestras vidas es producto de la misericordia, la gracia de Dios y de nuestras acciones creyentes.

Debemos evitar dar espacio en nuestra mente a la incredulidad, ya que por medio de ella nos parece ver a un Dios débil, es decir, incapacitado de proteger a su gente.

Además, parece mostrarnos también, que Dios es malo al llevarnos a nosotros, Sus hijos amados, a lidiar con la adversidad.

¡Nada más lejos de la verdad!

Debemos confiar en Dios, aunque por momentos en nuestra mente parezca que el enemigo es mayor que nosotros y que nuestras fuerzas. No somos los hombres, con nuestros parámetros, quienes luchamos, sino Dios.

Es Él quien da la victoria en cada área de nuestras vidas, porque de Él es la batalla, y es Él quien va a hacer que sus promesas se cumplan.
Bástennos las palabras con las que Jesús se dirigió a Tomás, uno de los doce, al no creer en los dichos del resto de los apóstoles que decían haberlo visto resucitado:

Juan 20:27 Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano,
y métela en mi costado; y no seas incrédulo,
sino creyente.

¡La próxima ventana de los cielos puede abrirse y derramarse sobre tu casa… si lo crees!

Dios los bendiga.

“Escrito está”…. Mateo 4:4