La teoría de los Cuatro Cuerpos

En una narrativa que pretende ir más allá (más cerca, o más lejos) de las conocidas dualidades mente-alma, cuerpo-mente, cuerpo-alma, etc., planteo que nos observemos como un ente compuesto de hasta cuatro cuerpos.

Acabo de salir del hospital. Camino, renqueante y con un leve cojeo, hacia el estacionamiento. Un ataque leve de gota me tendrá hoy varado en el dique seco de mi casa, mientras un dolor constante en el pie izquierdo me recuerda la extraordinaria fragilidad y complejidad del cuerpo humano, a la vez que atiza mi mente de una sensación de incomodidad que influirá, sin duda, en mis pensamientos y decisiones.

Mens sana in corpore sano es el célebre aforismo latino que nos recuerda la influencia mutua entre un cuerpo sano y una mente despejada. Una mente que ha de ocuparse en realizar todo lo necesario para mantener el cuerpo con una salud óptima. Hemos de cuidar el cuerpo, nos ha de durar en buenas condiciones el mayor tiempo posible, no tenemos otro (por más que se renueve por dentro cada vez con mayor imperfección). ¿O sí? ¿Cuántos cuerpos tenemos? ¿De cuántos cuerpos disponemos y somos responsables de mantenerlos en el mejor estado de salud posible? En mi opinión, creo que deberíamos hacernos cargo de hasta cuatro cuerpos:

  1. El cuerpo físico, que sería el conjunto de todas y cada una de las células que componen nuestro cuerpo de ser humano, incluyendo las del cerebro, y su estado de homeostasis, reflejado en unas óptimas constantes vitales. Esto implica una alimentación adecuada en cuanto al equilibrio lógico de calorías, moderación de sustancias perjudiciales (grasas insaturadas, etc.) e ingesta de aquellos nutrientes que contengan todo lo necesario para el mantenimiento óptimo de nuestra máquina termodinámica, protegiendo en la medida de lo posible los órganos más delicados, como el corazón, el hígado o los riñones. A la vez, mantener un estilo de vida dinámico que conserve el tono muscular, una tensión arterial adecuada y un sistema inmune en buenas condiciones. Esto puede implicar practicar devotamente deportes en un gimnasio, o no necesariamente. Por último, pero no por ello menos importante, mantener una higiene corporal adecuada, teniendo presente también que nuestro cuerpo contiene efluvios que son protectores y que tampoco conviene tener siempre arrasados. 
    De este modo, podemos minimizar el riesgo de aparición de enfermedades.
  2. El cuerpo mental, que sería el conjunto de todos los procesos mentales, conscientes e inconscientes, que tienen lugar dentro del cerebro de nuestro ya bien conservado cuerpo físico. Para cuidar de este segundo cuerpo, se precisa mantener una cierta higiene mental
    Ésta puede consistir, por un lado, en ejercitar la capacidad cognitiva de nuestra mente mediante la práctica de ejercicios de habilidad, como puede ser la lectura, los cálculos, muscular la memoria o resolver acertijos. Por otro lado, también conviene trabajar la higiene mental tratando de eliminar aquellos pensamientos que vayan en contra del mantenimiento del cuerpo físico o mental. 
    Es lo que popularmente se denominan los “pensamientos negativos”, que pueden ir desde los bucles de pesimismo hasta la mera pereza. En este punto cabe diferenciar entre éstos y los sentimientos, ya que momentos en los que sintamos ira o tristeza pueden ser, aunque parezca paradójico, higiénicos para nuestra mente. La higiene mental consiste en pensar, y pensar bien. ¿Qué es pensar bien? El equivalente a realizar un buen ejercicio para el cuerpo físico, una actividad que estimule el crecimiento de nuestra mente y no la someta a estrés.
    El cuerpo mental está relacionado con el físico de manera obvia, mientras que el físico está supeditado en cierto modo al mental (las cursivas son para indicar que ése sería un tema digno de abrir un melón aparte).
  3. El cuerpo energético o espiritual, que sería el conjunto de todos aquellos fenómenos interiores o periféricos que están relacionados con nuestra identidad y que son prácticamente inefables, y por lo tanto no se pueden circunscribir al reino del cuerpo mental, aunque muchos pensamientos estén originados desde este cuerpo. El cuerpo energético o espiritual, el alma de una persona es la que, en última instancia, guía las tendencias de actuación más acentuadas y constantes a lo largo de su vida, más allá de un carácter o personalidad determinadas. Es por eso que lo relacionado con este cuerpo pueden ser fenómenos que se desencadenen dentro del cuerpo físico y mental, o fuera, dentro de la red compleja de interacciones que el individuo tiene con la Unidad de su entorno. 
    ¿Cómo podemos cuidar de este cuerpo? Mediante la introspección, la meditación u otras prácticas espirituales que involucran típicamente al cuerpo físico y mental. Dentro de esta espiritualidad también entraría la experiencia religiosa. La toma de conciencia de lo que uno es y su corresponsabilidad con el prójimo nos llevaría a una higiene en las acciones (o el karma), que es el lenguaje propio de este cuerpo.
  4. El cuerpo social o moral, que también podríamos etiquetar como cuerpo cultural, y que consistiría fundamentalmente en nuestra identidad pública. El cuerpo moral cobra sentido únicamente cuando vivimos integrados en una sociedad, en una comunidad de individuos que se influyen mutuamente. Una buena salud social o moral consiste en mantener en buen estado nuestros compromisos sociales, ya sean los obligatorios (ciudadanía) como los contraídos libremente. 
    En otras palabras, un cuerpo moral se mantiene saludable mediante el respeto a las leyes, contratos, acuerdos, palabras dadas o simplemente la adhesión a unos valores culturales. De este modo, la salud del cuerpo moral repercute directamente en la salud de toda una sociedad, de un manera similar a como un individuo vacunado contribuye a la llamada inmunidad de grupo contra una epidemia.

Lógicamente, los cuatro cuerpos interaccionan entre sí, y por lo tanto la gestión de nuestra salud tetracorporal dependerá del estado de cada uno de nuestros cuatro cuerpos.

Si nuestro cuerpo físico enferma, nuestros pensamientos y nuestro estado de ánimo se resentirán, nuestra energía mermará y dejaremos de estar disponibles durante un tiempo para colaborar con la sociedad completamente. Es decir, la enfermedad de nuestro cuerpo físico repercute en una falta de higiene mental, espiritual y social, aunque no perdamos la capacidad para saber pensar bien, sentirnos en paz u obrar con rectitud.

De igual modo, una falta de higiene en nuestro cuerpo moral nos puede degradar el cuerpo espiritual, mental y en última instancia también el físico.

Seguramente podrás recordar o concebir ejemplos de personas con sus equilibrios tetracorporales en armonía, o al revés: enfermos terminales que conservan una mente lúcida y una fuerza espiritual loable, destacados atletas o intelectuales cuyo comportamiento moral es deleznable, o excelentes personas que gozan de salud pero echan sus proyectos a perder porque no saben pensar.

¿Qué otras combinaciones recuerdas o se te ocurren?

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