¿Vivimos en una sociedad hospitalaria?

Transehúntes apáticos frente a una persona durmiendo tirada en la calle, posiblemente sin hogar. (Imagen de Manar Hussain)

Son varias las disciplinas que etiquetan, ponderan y clasifican a los seres humanos según variables diversas: desde la sociología hasta la medicina pasando por la antropología o la psiquiatría, la herramienta es la estadística que nos ayuda a dibujar el paisaje social en el que nos movemos a diario.

En esta ocasión, quisiera sacar de la chistera de esas variables, una bastante controvertida: la Empatía.

La Empatía es la capacidad que tiene un ser humano para captar y sentir las emociones y sentimientos de otro congénere. De solidarizarse con su estado de ánimo, de “ponerse en sus zapatos”.

Hace un tiempo, de un documento que trataba sobre las conspiraciones de los mercados financieros, hallé un gráfico que reproduzco a continuación, adaptado:

Distribución estadística de población típica según la empatía (Producción propia, adaptado de …)

Se trata de la representación de una distribución estadística Gaussiana o Normal de una población típica, basada en una sola variable: la Empatía.

En esta distribución, se podrían divisar tres franjas diferenciadas de individuos: Sociópatas, Apáticos y Empáticos.

  1. Los Apáticos serían el grupo más numeroso, lo que se correspondería con una mayoría de la población (de 1 sigma, ~68%) y representaría a aquellos individuos que no se comprometen especialmente con el sentir o las necesidades del prójimo, pero que tampoco ejercen ningún perjuicio activo en él. Simplemente, viven su vida en sociedad centrados en sus asuntos y “no metiéndose con nadie”.
  2. Los Sociópatas representarían la minoría de una de las colas de la distribución, en concreto la que tiene menos empatía. A menudo el término sociópata se asimila con el de psicópata, aunque hay controversia sobre las diferencias entre el uno y el otro según la psiquiatría. Un Sociópata o psicópata carece de empatía, y por lo tanto puede medrar en la sociedad jugando con esta ventaja competitiva para abusar del prójimo en su propio beneficio, ya que no siente el lastre del remordimiento a la hora de actuar según su conveniencia, ni les interesa lo más mínimo las consecuencias que sus actos puedan tener en los demás.
  3. Los Empáticos son otra minoría, correspondiente a los individuos con mayor empatía. Se trata de personas sensibles a las necesidades y sentimientos del prójimo. Inconformistas, buscan siempre escudriñar el origen de todo para encontrar respuestas que se ajusten lo más posible a la utopía de la verdad. Los empáticos son buscadores de la equidad, del consenso, de llegar hasta lo más profundo de las cosas y nunca ponen su beneficio por delante del beneficio comunitario.

En los tres casos, estaríamos hablando de naturalezas, de talantes casi imposibles de modificar. Esto hace que la distribución que representa este gráfico explique las dinámicas sociales que observamos en casi todos los tiempos, y que dichas proporciones se mantengan estables en el tiempo.

Los apáticos no tienen el carácter ni la capacidad de liderar por sí mismos, pero son los que, a la postre, empujan con la fuerza de su mayoría a los líderes que acabarán dominando esa sociedad.

En tiempos de bonanza, el liderazgo social suele estar repartido entre individuos alejados de las colas de la distribución: el poder está repartido entre actores que no destacan por su extremismo, incluso puede que destaquen por su mediocridad. En los sistemas democráticos, la participación en las elecciones se mantiene en niveles elevados de apatía.

En tiempos revueltos, este tipo de liderazgos entran en crisis por sentirse desbordados por las circunstancias, y la mayoría apática, que nunca tiene deseos de involucrarse en nada que vaya más allá de ellos mismos y su círculo más cercano, exigirá vehementemente la restauración del confort perdido. Es en ese panorama que surgen a la palestra los líderes venidos desde los extremos más lejanos de la distribución: por un lado, sociópatas consumados en forma de caudillos tiránicos que ofrecerán su poder resolutivo (gracias a su ausencia de empatía) para instaurar un “orden” basado en el uso de la crueldad, contando con la colaboración activa o pasiva de los apáticos. Por otro lado, también los líderes empáticos surgen para liderar a su sociedad y encaminarla hacia transformaciones evolutivas basadas en valores como las resistencias ejemplares, la solidaridad o la generosidad.

El problema reside en que, mientras que un líder sociópata, al ser por lo general también narcisista, tiene como principal objetivo trabajar para si mismo (como todos los sociópatas) y una vez puesta en orden la sociedad que acaudillaron, persisten en el poder degenerando en una tiranía de índole personalista, que durante largos años destruye por completo la capacidad de auto organización de sus ciudadanos apáticos, que pasan a depender del paraguas protector de ese líder. Esto es algo que hemos podido contemplar siempre, pero en concreto ahora en la actualidad con el desmorone de países como Irak o Libia, una vez descabezados sus líderes sociópatas.

Por el contrario, los líderes empáticos suelen ser breves o incluso fugaces. A veces, son lo suficientemente generosos como para marcharse una vez que ven cumplida su misión. Otras, lamentablemente, son víctimas de alguna conspiración por parte de la minoría sociópata y acaban pereciendo asesinados. Ejemplos de líderes de este tipo podrían ser Mahatma Gandhi o Nelson Mandela, o en el caso de España, Adolfo Suárez.

Nelson Mandela con Frederick Leclerc (fuente: Wikipedia)

Cabe decir que, en ambos casos, estos líderes pueden ser carismáticos, ya que el carisma es un don arbitrario, que no está correlacionado con la empatía.

“Las personas apáticas no nos darán excesivos problemas pero tampoco nos resultarán especialmente excitantes, como sucede con los sociópatas o los empáticos”

También, en ambos casos, es la masa apática la que al final puede decantar la balanza entre vivir bajo un liderazgo empático u otro psicopático. Y lo hará de manera también arbitraria, ya que la masa apática, por definición, carece de juicio.

Pero no todo esto tiene por qué emerger en el contexto de liderazgos políticos en tiempos de crisis o revolución. También afecta a nuestro día a día. Vivimos en sociedad, rodeados de individuos. La mayoría serán apáticos, no nos darán excesivos problemas pero tampoco nos resultarán especialmente interesantes. Mezclados, encontraremos a individuos sociópatas y empáticos, que nos parecerán excitantes y carismáticos, pero que pueden acabar haciendo de nuestra vida un infierno o bien ayudarnos mágicamente a ser mejores personas o a salir de dificultades.

El gran dilema, el asunto irresoluble, es que en cualquier caso, todos vivimos intrincados bajo el mismo cielo. Un cielo donde el sol sale cada día para todos. Y para que todo este complejo teatro que transcurre bajo la luz de ese sol se sostenga, todos estos roles son necesarios. Una sociedad dicotómica, dividida a partes iguales entre sociópatas y empáticos significaría una guerra de aniquiliación mutua. Una sociedad compuesta solamente de seres apáticos sería como una isla de residuos a la deriva.

Si anhelamos el bien común, es decir, aquello que sea deseable para todos los individuos de la sociedad, hemos de aprender a transformar este mundo en un lugar más hospitalario. Y eso significa incluir a todos según su propia naturaleza. La inclusividad es un valor que va más allá de la propia empatía, pero que sin embargo si está en contradicción con la sociopatía.

Actualmente vivimos en un mundo cada vez más dominado por líderes psicópatas, ya sea en la política o en el mundo de los negocios y las finanzas, o en los medios de comunicación. Estos líderes, más allá de trabajar para si mismos de manera egoísta, buscan de alguna manera diseminar sus valores y estilo de vida como forma de ejercer un dominio persistente. De este modo, cada vez más personas del montón de la apatía adoptan valores y formas de ser más propias del sociópata, y somos cada vez más egoístas, viviendo ensimismados y lejos de los valores comunitarios, donde la empatía es un recurso muy útil, y que en su día ayudó a nuestra propia supervivencia.

¿Vivimos en una sociedad cada vez más hospitalaria, más inclusiva o más exclusiva? ¿Qué valores prosperan e imperan entre el océano de la Apatía?