El otoño se llamaba Francisco

Decía Serrat que las canciones y los olores son como máquinas del tiempo subjetivas: elementos capaces de, en un instante, hacerte viajar al pasado y devolverte las caricias de la abuela, un primer beso o incluso tiernas clases de matemáticas. Serrat no es físico teórico, ni sabe nada –que yo sepa– de Relatividad o Física Cuántica. Pero cuánta razón tiene. Porque el tiempo no sólo se mide en segundos. También se mide en respiraciones, sobresaltos o lágrimas. Mi tiempo –el tuyo, el de dentro– es una amalgama de experiencias y olores, nombres e imágenes, que revisitamos continuamente, en la medida en que estamos vivos.
Probablemente por eso, sucede que hoy, en Barcelona, Octubre, año 16, ya con el otoño llamando a la puerta, me acuerdo de Francisco, el portero de nuestro edificio, en Madrid, cuando yo apenas tenía trece años, vivía en la meseta y pasaba los fines de semana trepando en bici por los montes de El Pardo. Los veranos eran calurosos. Muchos Septiembres, también. Pero había un hecho trágico que, trascendiendo calendarios, marcaba el final del calor y la llegada de las bufandas. La implacable espada de Damocles se desplegaba delante de nuestras narices la tarde en que Francisco entraba en la piscina y, serenamente, cigarrillo en boca, procedía a cubrirla con un plástico azulado, protegiéndola de hojas y bichos. Luego apagaba la depuradora, se frotaba las manos y daba por finiquitada la época de bañadores. Yo no sé cómo hacía el bueno de Francisco para elegir el día. A veces, se prolongaban los chapuzones hasta casi Octubre. Otras, empezaba el cole y la piscina ya estaba cerrada. Lo que sí que sé es que nunca hubo un solo día de calor intenso después de que él tapase la piscina. De alguna manera, el tiempo bailoteaba en sus rugosas manos y con ellas hacía una muesca en nuestros calendarios colectivos: «¡Ayer Francisco cerró la piscina!» decía Alfredo. «¿No es muy pronto?» respondía Antonio. «¡Aún hace calor!» protestaba otro. Y podíamos enfadarnos más o menos. Pero todos sabíamos que el verano había acabado y que se venían los jerseys de lana.
Una piscina puede parecer algo insignificante. Pero es solo uno de los muchos eventos –recordados– que conforman lo que ahora soy como persona. Paradójicamente, salvo algunas vivencias excepcionales, rara vez sabemos, al vivir algo, si su recuerdo nos acompañará una vida entera o si lo olvidaremos de inmediato. Por ejemplo, el día en que cogí el teléfono y una amiga dijo «Edgar ha muerto», supe de inmediato que esa voz no la iba a olvidar nunca. Pero jamás sospeché que, quince años más tarde, aún recordaría el tacto de las tazas de café de la Universidad de Ginebra. Esa es la belleza del tiempo subjetivo: no lo decides conscientemente. Más bien lo reconoces a posteriori, de maneras más o menos sorprendentes. Y, lo más importante: depende enormemente de la gestión, buena o mala, que de él hayamos hecho. En nuestras manos está evitar que sea un lastre pesado, convirtiéndolo en empuje hacia adelante, en fiel compañero.
En mi ideario personal el otoño se llama Francisco. La muerte se llama Edgar. Los jerseys de lana huelen a adolescencia madrileña. Junto con otras tantas cosas, que me dan más sonrisas que angustias. Igualmente, a ti, ahora, te deseo enormes dosis de tiempo subjetivo, maceradas con cariño y esfuerzo, convertidas en cohetes propulsores hacia un otoño sabio, bello y cálido. Porque no estamos ni desnudos ni vacíos frente a las incertidumbres futuras. Más bien llenos de pasado bien digerido, dispuestos a disfrutar de lo incierto.
Ignasi Giró
Barcelona, otoño del año 16