EL MEJOR VERANO DE MI VIDA EN EL PEOR AÑO DE MI VIDA

Iguazel Serón
Sep 4, 2018 · 7 min read

Nada más escribir el título me he dado cuenta de que suena a telenovela en la que alguien encuentra al amor de su vida en agosto, o a la cabecera de un artículo que encontrarías en la sección de autoayuda de una librería. Por eso, antes de seguir, quiero decir que esta entrada no tiene intención alguna de sorprender con un giro argumental en el que de repente descubro que la vida está llena de posibilidades o que cada segundo cuenta. Aunque Una Cuestión de Tiempo intentase convencernos… a veces las sonrisas, o vivir los pequeños detalles no sirven para que tu perspectiva de la vida cambie. Aunque en ocasiones, puede ayudar.

Este ha sido el peor año de mi vida. 2018. Seguramente habría dicho lo mismo en 2017, pero no me atreví sólo por si las moscas. Y a lo mejor tú que me lees piensas que alguien de 24 años no puede asegurar algo tan duro como “el peor de los peores”, pero es que esta es una gotita de optimismo que me voy a permitir la licencia de saborear.

Empecé el año con un adiós para siempre y un secreto envuelto en felicidad. Creo que nunca he guardado un secreto durante tanto tiempo y más a sabiendas de que lo que hay en su interior es el regalo que llevo esperando años. Bien por mí. El Año Nuevo siempre se llena de nuevos propósitos, de cambios y parece que darle la vuelta al calendario nos ayuda a hacer borrón y cuenta nueva. El problema en enero de 2018 es que ese borrón no llegó nunca y todo lo malo que 2017 había hecho germinar en mí, siguió creciendo. Si en algún momento tendría que haber construido un muro rollo Shingeki no Kyojin para protegerme… no lo hice. Estaba demasiado triste (o en plan metáfora: ¡oh, no! ¡Los titanes habían estado dentro todo el tiempo! / O yo había sido el titán todo el tiempo, tenemos dos opciones buenas).

¿Puedo dejar de hacer referencias otakus todo el tiempo? No.

Estar triste a principios de año fue sencillo, porque es fácil estar triste cuando hay una razón por la que todo el mundo entiende que puedes estar triste. El problema aparece cuando desde fuera no existe ningún motivo por el que estar de morros. Y otro problema todavía mayor es cuando estás sentada en tu salón y recibes una buena noticia y no te alegras y te das cuenta de que no es que te hayas vuelto inmune a las emociones (¡ay, ojala a veces fuera así!), es que las capas y capas de negatividad que 2017 se encargó de ir amontonando impiden que sientas algo positivo.

Yo lo veo así: en realidad no son capas, son agujeros en el suelo. Y al principio, cuando el desnivel es bajo, puedes ver a los demás, puedes escucharles bien y recibir palabras de consuelo, de invitación a tomar algo, de “qué guapa estás hoy”, o “esto que acabo de leer me ha recordado a ti” o sencillamente: “hola, ¿qué tal?”; pero poco a poco, el hoyo es cada vez más profundo y las palabras llegan sueltas, y después es algo así como: “W%taNVS9]$Q59 qE,PP5* %*Aq &*pe Q.%W _y@ -{[dy[ 4z)M%ng-&U?kY2t,fkJV ZtrY}R/Hk cLh* 6yBYGJm XtFC,[8LHk6 )$K]exq%c 93 Jj(fj,]4[/: [yzcMK3VdnG}+Fx[Ba)P83Xj2+$” y al final estás tan hondo que es imposible escuchar nada.

Silencio.

A mí me gusta escuchar, así que supongo que cuando los mensajes empezaron a llegar codificados, intenté hacer de tripas corazón y oír, pero de repente te ves en la oscuridad, en un hoyo que has excavado tú porque eres idiota y estás triste y… ¡maldita sea! Encima se te ha olvidado coger una escalera para poder salir. Y espérate, que si te descuidas, eres tan tonta que sigues haciendo el agujero todavía más grande.

Mira, Los Simpson predicen mi vida otra vez.

Es entonces cuando aparece el problema de la falta de comunicación y de “yo no he dicho eso” y alguien suelta aquello de “distorsión de la realidad” y tú sigues en tu maldito agujero intentando hacerte entender pero claro, si tú no les puedes escuchar… ¿qué te hace pensar que ellos a ti sí? Y poco a poco te sientes más sola ahí dentro. En la defensa de cualquiera que esté dentro de un hoyo… ¿quién no se siente solo en un lugar así?

Pues ahí estaba yo, que en el exterior habían salido las flores, abril y esas cosas y mayo sin quitarte el sayo hasta el día 40 pero no me enteraba de nada porque os recuerdo que en el maldito agujero no hay luz ni salen las flores (¿a lo mejor por eso tampoco he tenido calor este año?). Pero entonces llega junio y… no, las cosas no cambian pero intento cambiar un poco yo.

Me paso una semana en el hospital, me rompen un par de venas, veo Star Wars: Rogue One gracias a la amabilidad de mi primo y su Netflix, asusto a mi madre por la noche al hacerle ver Los Mundos de Coraline, me regalan unas bragas de LadyBug y galletas de ositos de chocolate (una maravilla). Me apunto a un curso de verano para enseñar español. ¡Tengo gafas nuevas porque con las viejas todo eran cuadros de Monet! Dejo Zaragoza y me voy a mi pueblo con mis tíos y mis padres, donde además de hacer unos 10 grados menos de media que en la capital puedo salir en pijama alrededor de mi casa sin que 300 personas me miren mal. Me tiño el pelo de lila para presumir y me hago unas cuantas fotos. Me llevo el portátil, los apuntes de japonés y chino, la música y un módem de 50GBs para gastarlos durante un mes. (Al hoyo llega bien el wifi). Y empiezo a merendar tostadas con mermelada de fresa.

¡Esa soy yo! (Aquí el lila ya había dejado paso al gris)

Me doy cuenta de que agosto ahora es corto (19 capítulos tiene Verano Azul) y que los primeros seis meses de 2018 duraron dos eternidades. Y comprendo que el hoyo también manipula la forma en la que percibes el tiempo y lo que haces con él. Me doy cuenta de que estamos en la tercera semana de agosto y que todavía no he gastado ni 10GBs de Internet y ni he tenido oportunidad de pensar en ellos siquiera. Me doy cuenta de que llevo todo el verano despertándome a las 8, vistiéndome y saliendo a la calle. Y comprendo que antes de este verano he hecho las cosas muy mal.

De pie en el hoyo me pregunto por primera vez qué hay que hacer para salir de allí, y la respuesta es bastante sencilla: ¿qué puñetas quieres hacer para salir de un hoyo que no existe más que en tu cabeza?

Pero me quedo un rato quieta, porque incluso si yo me lo he inventado eso no significa que no exista. Y yo no soy Spider-man así que no puedo salir de ahí trepando la pared. Pero puedo hacer otras cosas. Veo a mis pies una losa pequeñita que se llama “agosto de 2018” y que está llena de cosas bonitas: de fotografías, de amistades, de conocimientos que antes no estaban, de ganas de volver a estudiar, de sueños que todavía no se han cumplido ni tienen pinta de ir a cumplirse, de una cena normal y corriente o de un vaso de Aquarius de naranja a las 19 de la tarde. Es una losa diminuta en comparación con el hoyo gigantesco en el que estoy perdida, pero me doy cuenta de que si me subo, la salida está un pelín más cerca.

No os voy a mentir, la pisoteo un poco porque no me fío un pelo de mí misma y me sorprendo al darme cuenta de que es bastante resistente. El problema es cómo acumular las suficientes losas como para llegar al borde. Y ahora, escribiendo esto me doy cuenta de que tal vez el camino no lo tengo que hacer entero yo sola.

Los “$Q59 qE,PP5* %*Aq” se van transformando en “$Q59hola* %*Aq” y no es que esté aprendiendo otro idioma nuevo por arte de magia, es que si me pongo de puntillas y me esfuerzo puedo llegar a escuchar algunas de las cosas que antes eran imposibles, como si hubiera personas que desde arriba se inclinan un poco hacia ti para que su voz te llegue mejor.

Este verano también vi La Llegada y esta situación me recuerda un poco a intentar comunicarte con alguien que no entiende nada de lo que dices. De momento estoy un poco en los primeros 45 minutos de película. Me gustaría volver a principios de año, cuando no veía más allá de mi nariz y bloqueaba absolutamente todo lo que intentaba llegar a mí.

Pero como he dicho al principio, el mejor verano de mi vida ha sucedido en el peor año de mi vida y no me voy a despertar mañana pensando que 2019 lo va a arreglar todo, pero tampoco quiero quedarme sentada mientras el hoyo se hace todavía más grande. Os pido algo de paciencia, porque lo primero es darte cuenta, lo segundo es invertir:

tiempo

en solucionarlo.

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A veces me da por escribir cosas

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