Lo único que diré hoy será una copia de “Calibán al público” de W. H. Auden:
“y has descubierto muy pronto cómo dar las órdenes oportunas: quién debería morir en el accidente de caza, a qué pareja enviar al refugio blindado, qué fragancia excitará a un ingeniero noruego, cómo hacer que el joven héroe pase de la oficina del abogado de provincias a la recepción de la princesa, cuándo extraviar la carta, en qué lugar debe evocar a su madre el ministro del gabinete, por qué ayuda de cámara ha de sufrir el martirio de la indigestión pero ser inmune a un vulgar resfriado
una charla de cinco minutos sobre el clima o las nuevas elecciones es todo lo que necesitas para diagnosticar que una persona está indispuesta, por segura de sí misma que parezca, pues para entonces tu mirada ya ha advertido el temblor de los labios en esa fracción infinitesimal de segundo que la mentira tardó en recobrar el equilibrio, tu oído ha captado el suave quejido del corazón que las piernas traviesas estaban dispuestas a reprimir, tu nariz ha detectado en el aliento del amor ese indicio de hastío que anuncia su muerte o la desesperación que justo ahora comienza a arder tímidamente en la base del cráneo del erudito y que estallará en una risa sobrecogedora al cabo de los años: puedes prescribir cada vez el tratamiento salvador y preciso, pues sabes de inmediato si ha de ser leve y terapéutico, en cuyo caso todo lo que requiere es música suave y una muchacha atractiva, o si drástico y quirúrgico, en cuyo caso nada sirve excepto la deshonra política o el fracaso financiero y erótico.”
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