¿Y si te acompaño a llevar tu terapia?
Ayer tuve una conversación con una amistad de la adolescencia. Después de casi treinta años de conocernos me confió muchas dificultades anímicas, particularmente una, que en este momento mantienen su ánimo en desazón.
Escuchando antentamente lo que decía, recordé la oportunidad en la que, él con 16 años y yo con 13, mientras conversábamos, noté que algo lo agobiaba. Se puso ansioso, caminaba de un lugar a otro, hablaba más rápido, poco a poco se tornaba hostil y sin mediación de ningún tipo de sustancia tóxica. De un momento a otro, mi amigo estaba desesperadamente perdido y dolorosamente furioso. Yo -la verdad- lo sentí triste, muy triste. La fuerza de sus emociones era tan contundente que temí por mi propia integridad, así que me despedí de él y por un buen tiempo lo evité.
En la universidad nos encontramos, me invitó a conversar con su familia, y como su casa quedaba a muy poca distancia de la mía, acepté. Llegamos y ahí estaban su madre, sus hermanos, la novia de uno de sus hermanos y un amigo de los tres muchachos: el famoso hijo putativo que muchas madres tienen por vía de sus hijos, y que me amigo veía como a un hermano.
Hay momentos en la vida en la que sentís como que caminás por la banda de Moebius. En aquella oportunidad sucedió lo mismo: ansiedad, enojo, hostilidad, palabras soeces, necesidad de aire y un desasosiego notable, excepto que en ese entonces, para sobre llevar su estado, mi amigo comenzó a destapar botellas de cerveza, no recuerdo exactamente cuántas, pero sí recuerdo que fueron las suficientes como para decirle: “ya me voy” y que mi amigo no tuviera idea de quién era yo o de qué le estaba hablando; tampoco se dio cuenta de que yo misma abrí los portones de su casa y salí.
Ayer, por fin, él pudo hablar del hoyo en el que aveces se va y de que lo malo es que le da por tomar licor. Yo, por fin, pude decirle dos cosas: la primera, que ya conocía los bordes de ese hoyo, y la segunda que yo llegué a tenerle miedo. Solo después de muchos años y de muchas metidas de pata, nos vamos atreviendo a decir lo que nos pasa y a reconocer lo que somos. Pero estoy hablando de años. Muchos años.
Luego de esas revelaciones, coincidimos en la importancia de ir a terapia psicológica (no voy a hablar de enfoques ni de cuál es el mejor, porque no es de lo que quiero hablar, por ahora). Estuvimos de acuerdo en buscar recursos para remendar las roturas del corazón, con todo lo rosada que pueda leerse tal expresión, pero que tiene tanta carga de verdad como el calor del sol, porque cuando nuestro ánimo, las emociones, los afectos están en números rojos, verdaderamente rojos, es urgente valerse de todo lo que existe para salir airosos y aliviados del sufrimiento.
¡Ojo! No estoy diciendo que después de este proceso no vayamos a sufrir otra vez, o que nos volvamos inmunes al dolor, no, nada más lejos de mi propia experiencia y la de muchos, lo que pasa es que las siguientes son las posibilidades que tenemos para reconstruirnos como seres humanos integrales: terapia psicológica, asistencia espiritual, que no es lo mismo que religiosa o necesariamente religiosa, ejercicio físico, ocio útil y una red de personas que tengan disponibilidad para acompañar el proceso terapéutico.
Existen tantos enfoques de abordaje psicológico, o psicoanalítico, como pelos tiene un gato, todos ellos tienen su epistemología, técnica y derivaciones metodológicas; existen, también, opciones económicas y breves para recuperarse. Los modelos van con o sin diván, con o sin silla vacía, con o sin dibujo de la figura humana, con o sin afirmaciones racionales emotivas, con o sin medicamento, con o sin aceites esenciales, con o sin condicionamiento, con o sin meditación, con o sin escritorio, con o sin sentarse en el piso, etc. O sea, existen opciones, sin embargo, ninguna funciona si: 1) no aceptamos que la necesitamos, 2) aceptamos lo que va a pasar si vamos a terapia y 3) finalmente vamos a terapia.
Pero resulta que no basta con ir. No es suficiente, porque ir a terapia es un asunto de dos: la persona que va, y la persona que recibe a la persona que va. Me explico.
Hay personas que piensan que si su amigo, su novia, su esposo, su madre o etc., va a terapia, ese espacio de consulta va a transformar a esa persona por efecto de puras artes mágicas. De hecho, existen mentes muy creativas que figuran una reconstitución anímica y subjetiva sin llanto, sin enojo, sin quebrantos de salud, sin ni siquiera un suspiro. En pocas palabras, hay personas que depositan a sus amistades, parientes y amores en espacios clínicos como si se tratara de un sobre por correspondencia, y ya.
El caso es que ninguna persona, desde una niñita hasta un adulto mayor, que vaya a hablar de su dolor puede con ese dolor sola o solo. Sí, existe una persona, llamada profesional, que está ahí sentada escuchando porque quiere hacerlo y porque por un pacto tácito paciente/cliente-terapeuta todo lo que se diga será usado en beneficio de la persona, pero lo dicho tendrá consecuencias traducidas en llanto, enojo, quebrantos en la salud, y sin número de reacciones totalmente humanas.
En una frase: todo aquello que el mundo en el que vivimos pretende que no veamos, o sintamos, en el espacio clínico sale, y puede ser, para cada caso, el horror.
Cuando mi amigo y yo conversamos sobre lo importante de que fuera a terapia -ya él había ido y reconoció que le ayudó- respetuosamente le solicité que pensara en la posibilidad de retomar su terapia. Por mi parte, le dije que yo lo acompañaría en el proceso terapéutico, si lo tomaba a bien. Mi amigo me preguntó que por qué lo acompañaría, y mi respuesta la comparto con usted.
Todo proceso de recuperación de una afección de la salud en un ser vivo requiere, inevitablemente, de acompañamiento, de estar ahí, no solo por las necesidades básicas de alimentación, administración de medicamentos, aseo y cuidados, sino porque la presencia humana, fraternal y amorosa también curan.
Clarissa Pinkola Estés (1), en su texto Mujeres que corren con lobos, utiliza el cuento ruso Vasalisa la Sabia como recurso para problematizar la manera en la que, a lo largo de la historia, las mujeres hemos sido educadas, bueno… hemos sido objeto de algo parecido a la educación por los distintos sistemas económicos y sociales.
De ese texto, voy a servirme del momento en el que la protagonista de ese cuento debe atravesar un bosque, ya que Pinkola Estés se apoya en la densidad del lugar como ese espacio por donde Vasalisa debe cruzar, pero valiéndose de sí misma, de lo que es capaz de hacer, aun sabiendo que la espesura y la ominosidad del sitio la pueden subsumir. Pese a todo, la protagonista lo cruza para ir a una casa, con un propósito establecido y donde debe cumplir una serie de tareas. Una vez terminadas, Vasalisa vuelva a cruzar el bosque para regresar a su casa.
Ahondando un poco más, me refiero a ese cruzar dos veces el bosque, es decir, entrar y salir. Toda persona que va a un proceso terapéutico deberá, ineludiblemente, atravesar su propia espesura. La amalgama de recuerdos, a veces claros a veces no tanto, se conjugan paradigmáticamente con el fin de revertir las incesantes repeticiones que solo provocan más y más dolor y la aparente imposibilidad de aliviar la vida. No es agradable, para nada; no obstante, es parte del proceso.
Toda persona que va a un proceso terapéutico verá frente a sí la espesura de su “bosque” anímico y decidirá si avanza o si retrocede. El asunto es que cada vez que ingrese y cada vez que salga, no será la misma persona, algo quedará pendiente, algo cambiará, algo no dirá, algo dirá, algo sucederá, lo que sea, pero ya no será la misma persona.
Por eso, acompañar a una persona durante su proceso terapéutico es igualmente importante. Es muy similiar al proceso de recuperación de una afección de la salud física, solo que en este caso se trata de la salud anímica, mental, emocional de un ser humano, lo que pasa es que -se me ocurre- como la herida no se ve, solo nos la cuentan, a veces la narrativa puede ser tan fantástica que dudamos de lo dicho sobre ese dolor.
Es que, seamos mortales: materializar una herida que no se ve es motivo suficiente para llamar al escepticismo. De acuerdo, hasta aquí todo bien, usted tiene tanto derecho a desconfiar como a no aceptar lo que la persona dice que es su verdad, su historia de dolor. Usted está en su derecho de no tener el don, talento o regalo de abstraer el dolor ajeno, como también usted tiene derecho a no tener idea de la cantidad de personas que dejan de ir a terapia porque ninguna persona fuera del espacio clínico les cree, como también usted tiene derecho a no poder imaginar que son muchos niños, niñas, adolescentes, hombres y mujeres jóvenes, adultas y adultas mayores, queer, trans, gay, ateas, hiper creyentes selectivas, cientificistas racionales de pura sepa, es decir, seres humanos de todos los colores, olores y sabores que no regresan porque a su alrededor no hay una sola persona que comprenda el llanto esporádico, ese extraño y recurrente síntoma físico, esa necesidad de un abrazo… Dicho en otros términos, estamos hablando de un ser humano que no comprende a otro ser humano cuyas señales hablan (o gritan, vaya usted a saber) por todos lados que un dolor está supurando.
Tengo la leve sospecha de lo que me va a decir: siempre ha sido así, porque la Psicología y el Psicoanálisis no tienen ni ciento cincuenta años. De nuevo, usted tiene razón y está en su derecho, y no le voy a regatear derechos ni razonamientos, solo voy a decir -con todo respeto- que, ciertamente, no tienen ni ciento cincuenta años, pero no por ello se vale que, habiendo tanto recurso para mitigar y sanar anímica y subjetivamente, caigamos en la ruindad de marginilizar, cual leproso o leprosa emocional, a quien sí quiere vivir su vida de una mejor manera.
Si pocas son las personas dispuestas a escuchar, es esperable que pocas personas estén dispuestas a acompañar. Esta última acción es totalmente distinta de la primera, porque ésta encierra -como dije- episteme y técnica, aquella un sencillo ejercicio: estar, simplemente estar, tal como lo dice Tich Nhat Hanh(2).
El único requisito para estar es estar. Nada más. Sin palabras. Solo estar. Acompañar es un verbo transitivo, gramaticalmente esto significa que es una acción (un verbo) que necesita dos participantes y que acepta complementos, de tiempo, de lugar, de persona, de instrumento, etc. Por tanto, a total conveniencia de lo que escribo, acompañar es un asunto de dos que aceptan complementarse. Sí, el gran dilema es aceptar y aceptarse.
Creo que nunca antes en la historia de la humanidad, el ser humano había tenido la posibilidad de accesar al conocimiento, de mejorar su condición humana, de aprender y comprender su entorno, de maravillarse por la magnífica oportunidad que tiene de vivir en este planeta, rodeado de tantas, tantísimas cosas, lugares y personas por conocer y descubrir, pero también me temo que nunca como ahora ese mismo ser humano está solo.
Por ende, estar ahí para alguien y hacer silencio son dos acciones lujosas, carísimas, tan caras que son pocos los seres vivos que apuestan por un momento para sí, para estar ahí y para hacer silencio. Simplemente para acompañar.
De igual manera, atravesar la boscosidad anímica, mental (llámela como usted quiera) no es sencillo, pero vale la pena intentarlo, y cobra mucho más valor cuando una persona está dispuesta a acompañar a otra solo porque sí. Y es invaluable cuando quien acompaña ha atravesado, una y otra vez, la hondura de su propia boscosidad.
No me malinterprete, usted no tiene que salir corriendo a buscar su propia terapia para entender lo que está pasando con su novio, su esposa, su mejor amiga, su hijo, etc., cada vez que va a una sesión, cita o consulta. Lo que trato de decirle es que si usted quiere animarse a acompañar a alguien a llevar su terapia hágalo, dese el chance, no se preocupe antes de tiempo, porque resulta que en medio de este desaforado consumismo, en este climax del capitalismo extremo, en esta insana celeridad del tiempo, estar ahí para alguien es un próspero y cariñoso acto subversivo.
P.D. Aprecio mucho que me contaras tus playadas y tus tonteras.

Referencias:
Pinkola Estés, Clarissa. (2016). Mujeres que corren con lobos. 9na reimpresión, Ediciones B, S.A. Barcelona.
Samsaraexit. Youtube. (2011, 29 de noviembre). Thich Nhat Hanh 1 2011.El Verdadero Amor.SubEsp
Imagen con fines ilustrativos tomada de The Froty cup coffe roaster. Idaho Springs.
