Lo que parecía iba a ser una tarde de aguaceros se ha quedado en pequeños remolinos de polvo entre las viñas, olor a tierra mojada deseosa de más agua, algunas ramas de chopo caídas en la ribera del Arandilla y un baile de nubes con los rayos de ese sol de Agosto, que atempera los colores del cielo con sus continuos adioses veraniegos.
La luna empezaba a dejarse ver, casi llena, sobre las once, y los sonidos del pueblo eran ya solo lejanos ladridos de perros, el típico coro de grillos y las conversaciones de acera frente a la puerta.
Salí a pasear todavía con el regusto del jugo del melocotón en la parte alta del paladar, no sin mi chaqueta, siempre con mis sueños. Y por la carretera del monte, lejos del vapor de sodio de las farolas, la vía Láctea daba paso una vez más a mis cavilaciones e historias inventadas en las que tú eras siempre la compañera inevitable.
Y pronto tú caminabas a mi lado, habías dejado por fin esos vestidos de la burguesía catalana y esas sandalias para ir a la playa sin pisar la playa. Llevabas el kit del verano castellano. A saber, shorts, cada vez más cortos, una camiseta de algún verano pasado y una sudadera o chaqueta de punto, por si acaso, sabiendo que el acaso siempre llegaba. Y yo te miraba y con la simple luz de la luna llegaba a ver el brillo de esos ojos azules que ya supo ver Al Pacino en su esencia de mujer. Y nos reíamos mientras te contaba las historias de mi otra vida, y descubrimos que no sabíamos nada de astronomía, pero que podía haber tantas constelaciones como maneras teníamos de juntar nuestros manos. Y supimos que los besos cuando son sin sal también saben bien, y que el frescor del pinar siempre fue la excusa de nuestros padres para echar la mano por el hombro, y que la misma sigue siendo por los chavales que crecen con cada verano en el pueblo. También quisimos atrapar luciérnagas, que terminaban apagándose en nuestras manos, como metáfora de aquellas cosas que nos apresuramos a vivir o tener.
La luz de aquel coche que acaba de pasar me hizo caer en la cuenta de que no estabas conmigo. Y pienso que tus sonidos y aromas serán otros, que el mar será tu campo de ilusiones donde tu mirada se fijará las noches de tus veranos. Y desde aquí, con cierta envidia y con la certeza de que disfrutas de estos días, no puedo más que mandarte un beso, y hacer una media mueca que me hace sentir un tonto, pero un tonto soñador. Felices noches.

