Esperando su turno

Por Leonel Panico

En el Hospital San Martín reina la impaciencia. La gente no se queda quieta. Esperan ser atendidos y poder marcharse. Algunos, cansados de matar el tiempo con el celular, caminan de punta a punta el pasillo mientras miran de reojo por las ventanas de la guardia. Otros no se atreven a abandonar su silla porque no quieren perder su asiento; no saben cuánto tiempo tendrán que permanecer ahí. Llega más gente que se molesta de ver a tantas personas esperando. Cada tanto pasa un médico, siempre de manera veloz, y muchos lo siguen con la mirada.

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Adriana tiene 41 años y está sentada con su hija Camila que tiene problemas respiratorios. La nena está pálida y no para de repetirle a su madre lo mal que se siente. Ella le ofrece su celular para que vea dibujitos y al menos se distraiga, pero nada le gana al fastidio que siente. “¿Cuánto falta?” pregunta cada cinco minutos. Adriana no sabe: “un rato hija” le contesta mientras la abraza

-Mamá, quiero ir al baño, no aguanto más – dice, con el pelo todo revuelto, campera marrón, pantalón negro y unas zapatillas negras.

Desde las 7 de la mañana se siente mal. Fue a la habitación de sus padres y les dijo que le costaba respirar y que no podía seguir durmiendo. Enseguida, Adriana preparó todo y salieron rápido al hospital. El padre de la nena, Guillermo, dos años más joven que su mujer, no pudo acompañarlas porque no podía faltar en la ferretería donde trabaja.

- La nena está mejor – le dice Adriana por teléfono a su marido – Estamos esperando que nos atiendan.

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En el otro extremo del pasillo, Ramiro de 13 está con su papá hablando de fútbol. Son hinchas de River Plate. Alejandro, su padre, tuvo que retirarlo del colegio porque vomitó apenas entró y siguió con náuseas. Lo llamó la preceptora y se retiró del trabajo para llevarlo a que lo revisen. Ramiro viste una remera negra con la frase “Bad Religion”, unos jeans con una rotura arriba de la rodilla izquierda y unas zapatillas deportivas rojas. Su papá, un hombre alto y barbudo, tiene puesta una campera negra que se saca dejando lucir una camisa azul con cuadros. Hace calor en la sala. Ramiro se abanica con un diario que encontró por ahí al mismo tiempo que escucha música con sus auriculares grandes y azules.

- Bajá un poco el volumen que se escucha – le dice Alejandro con una voz ronca.

- Bueno, bueno.

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Adrián, de 42 años, mueve sus piernas constantemente. Se refriega la mano por sus ojos cansados y se levanta con evidente esfuerzo. Antes que él hay como mínimo seis personas esperando su turno. El dolor de cabeza aumenta y está cada vez más ansioso. A cada rato mira su celular para confirmar que no pasan los minutos y que no hay más alternativa que esperar.

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