Cuando tenía diecisiete me enamoré de un compañero de clase, músico y poeta. Tanto me enamoré de él que le escribí una carta para explicárselo. Una carta larga, un poco incongruente, y muy atrevida, ya que en ese momento yo estaba de novia con un amigo suyo o estaba dejando de ser la novia de un amigo suyo. El se tomó casi dos días para darme una respuesta. Y en ese lapso me arrepentí 48 veces de haberle dado la carta y 48 veces más de haberla escrito siquiera. Me pasé los dos días deseando que esas dos hojas de cuadernola cuadriculada Tabaré, llenas de palabas mías escritas con lapicera azul, desaparecieran mágicamente de este mundo. Rogando por una máquina del tiempo a la que pudiera subirme y viajar a esa tarde, saliendo del liceo, cuando le dije: Gonza, tengo algo para vos. Y eran esas dos hojas dobladas como con forma de sapito que él tomó de mi mano derecha extendida, y sonrió, guardándolas en su bolsillo como si fueran un tesoro. Sonrió, mirándome a los ojos y tuve esperanzas.

Pero pasaron dos días y sus ojos dejaron de parecerme tan claros, y su sonrisa fue mutando a un gesto incómodo mientras el silencio se comía mis ilusiones.

Todavía no sabía mucho sobre el amor, y no es que ahora sepa demasiado, pero me di cuenta en seguida de que una respuesta positiva debía ser inmediata, y sabía en mi corazón que ese momento era importante porque estaba aprendiendo que todo lo que vive, aún el amor, lo único que realmente quiere es seguir así: viviendo . Supe también que ese iba a ser un gran problema. El amor que se resiste a morir y se vuelve inútil.

Cuando finalmente me dio su devolución, no tuvo que ver con su corazón sino con mi forma de escribir. Evidentemente, Gonzalo entendió que mi gesto no tenía tanto que ver con ese amor adolescente que me desbordaba, sino con contarlo.

No se enamoró de mí pero me enseñó una de las cosas más importantes que sé sobre mí misma.

Soy una persona que escribe. Y escribir es una de las pocas cosas que no creo pueda dejar de hacer, por inútil que sea.

Me dijo que escribiera todo el tiempo porque para ser escritor sólo era necesario escribir. Y luego, casi a modo de despedida, estando yo convencida de que mi valentía merecía al menos un beso que la premiara, me soltó, con un gesto que hubiera visto como presuntuoso si no hubiera estado tan enamorada: y no pienses tanto, yo no pienso nada de lo que escribo, sólo me gusta jugar con las palabras.

El domingo pasado, el primer comentario que recibí sobre el post fue de mi amiga Mariana preguntándome qué me estaba pasando, preocupándose por las razones de mi catarsis.

Y ahí entendí a cabalidad a mi amigo poeta y lo irresistible que en realidad es jugar con las palabras.

Con los años, me enamoré de otro poeta que sí se enamoró de mí, y me escribía cosas como “quiero tu modo de sacar conejos del sombrero y decirte que está oscuro e invitarte a caminar” y habitábamos los dos en ese mundo maravilloso de palabras inútiles, y con el tiempo llegamos ambos a darnos cuenta de que las palabras eran realmente nuestro amor. No metafóricamente, literalmente. Más importante el relato que la cotidianeidad.

Y entonces, ahora que todavía es domingo yo me pregunto, tratar de entender el mundo es tomárselo en serio?. Cuán proporcional es la comprensión que podamos tener de las cosas que pasan a nuestro alrededor con lo seria que sea la observación que hacemos de ellas?

Se me ocurre que tomarse algo en serio implica apropiarse de eso para empezar. Tomarlo para una. Incorporarlo a una misma. Adueñarse.

Cómo podría hacer propio el mundo todo? O la vida? O las palabras que digo incluso?

Mío y sólo mío?

Me parecer que tomarse algo en serio, implica de alguna manera saber que eso es importante de una vez y para siempre. Y la verdad es que no hay muchas cosas de las que sepa eso.

Creo que lo único permanente y verdadero que sé sobre todas las cosas, aún las inútiles, o especialmente las inútiles, es que son impermanentes. Es lo único que todas y cada una de las cosas que existen en todos y cada uno de nuestros variados universos tienen en común.

Son tanto como van a dejar de ser. O mejor dicho, son lo que son, con la misma intensidad y por la misma razón, por la que van a dejar de ser.

Entonces, es inútil tomarse las cosas en serio?

No sería para nada inútil que me contaras vos qué pensás.

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