
La semana pasada sobreviví a varias cosas. Cosas en realidad inútiles, en el sentido de no importantes. Pero igual cosas contagiosas, contaminantes, feas. Es fácil acostumbrarse a esas cosas. Casi no te das cuenta y te toman entera, como si fueran gripe o alergia. Todo en nuestro mundo está orquestado para que te tomen, te contagies y creas en todas las reacciones que esas cosas te plantan en la cabeza. Como son cosas injustas tu mente acepta tranquilamente ser invadida por el odio y la ira que te provocan. La mentira cierra. La puesta es escena funciona. Y un montón de cosas que no valen nada y ni siquiera tienen la divertida liviandad de lo genuinamente inútil, te hacen creer que sos lo mismo, que vales lo mismo, mientras la podredumbre ensucia tus pasos, sin importar cuan nobles hayan sido tus intenciones originarias ni cuán altos sean tus tacos.
Y pienso porqué será tan fácil creer en esas cosas y tan difícil creer en la magia de lo absolutamente puro y natural. Me pregunto porqué es que una elige quedarse en un charco de barro cuando podría estar nadando desnuda en el mar.
Me costó varios días drenar la ira acumulada de la semana pasada.
En el medio de esta ardua tarea antidotica, tuve la pésima idea de ir al supermercado. Afortunadamente el empuje contaminante fue disipado por una torre de panqueques bañada en miel. Remedio infalible para casi todos los males.
Y ahora, escribo mientras veo la última de El Hobbit, entendiendo claramente la relación que existe entre la oportunidad y el contagio. Entiendo que yo soy la oportunidad, la facilito, la permito, distraída como voy por el mundo, habilitando lugares permeables a cosas contagiosas. No tiene que ver con las capas protectoras con las que trato de cubrirme, tiene que ver con las rendijas que tengo que abrir para respirar y sobre las que no tengo control.
Pude verlo recién, cuando el Bardo está acorralado en una torreta, se queda sin arco y con una sola flecha, y el dragón lo increpa decidido a convertirlo en un fosforito gigante. Se sabe que este dragón en particular tiene una piel tan dura que no existen flechas que puedan herirlo. Se perdieron hace tiempo, cuando el propio padre de Bardo lo hirió con una. Entonces Bardo improvisa rápidamente un arco y usa el hombro de su hijo como soporte y se apresta a soltar la única flecha que le queda, sabiendo que será inútil, decidido a morir en llamas pero con dignidad. Y entonces la ve. La cicatriz. La antigua herida. La ve claramente, como una puerta, una llave, carne expuesta con forma de esperanza y le dispara.
Todo lo que contagia y lastima entra siempre por el mismo lugar.
Es muy importante saber cuál es ese lugar.
Ponerle una curita, una venda, una mano querida que lo proteja mientras se termina de cerrar.
Y esperar a que sea tarde. Tarde para que entren por ahí cosas. Tarde para que te vuelvas a contaminar.
Sobrevivir a esta semana me enseño más sobre mí que los casi ocho meses que llevamos de este año.
Aprendí que no tengo obligación de construir el mundo ni las cosas que están en el mundo y que definitivamente no puedo hacer que sea bueno. No puedo hacer mucho en realidad, tal vez por eso elijo escribir sólo sobre cosas inútiles.
No puedo hacer que me quieras, ni siquiera puedo hacer que me hables o me mires a los ojos.
Pero puedo quererme a mí. Cuidarme a mí. Mirarme a mí. Y en el segundo en que decido esto ya es tarde. Es absolutamente tarde para todas las cosas llenas de barro que tanto me disgustan, pero también es tarde para todos mis esfuerzos inútiles por saltar tus vallas, o tu piel de dragón, o lo que sea. Principalmente porque no quiero empezar a rezar porque haya una herida.
Es tarde para no ser feliz. Es tarde para no escribir. Es tarde para no buscar otros ojos de semáforo en verde que sí me quieran mirar.
Es tarde y está precioso porque es un domingo de sol en la divina Montevideo, así que me apuro en terminar esto porque quiero salir a caminar.