La generación que fracasó en educación sexual
El día de mi graduación de secundaria, una de mis compañeras de curso se dio cuenta de que estaba embarazada. Años después, en una reunión de generación, le pregunté por qué había decidido hacerse la prueba precisamente ese día. La mamá la obligó. Había notado el sobrante de toallas femeninas los dos últimos meses y su experiencia personal con los cuatro embarazos por los que había pasado le dio el conocimiento para detectar los síntomas en su hija mayor.
La situación no era ajena para el grupo, hacía un par de años, una compañera nos había introducido en la maternidad adolescente; llegaba a clases vestida con un overol azul y la camisa celeste, se veía hermosa, incluso hubo babyshower. De adolescente, fui a otros babyshowers, siempre me da risa recordad uno en particular en el que la embarazada nunca llegó, entonces lo usamos como excusa para comprar una botella de cualquier cosa y beber hasta terminar semidesnudas en la ducha, bajándonos la borrachera, riéndonos desde el diafragma y dejando el agua fluir e inundar la sala de la amiga cuya mamá nunca estaba en casa.
El año siguiente a la graduación, todas las mujeres de mi grupo, con excepción de un par de las muy bulliadas y arruinadas para siempre en su fe en la humanidad “nerdas”, de mi mejor amiga -quien, por lo demás no estaba interesada para nada en el sexo masculino- y de mí, quedaron embarazadas. Los hijos e hijas de esas mujeres fueron muy amados, de eso no me cabe la menor duda. Pero no fueron planeados ni deseados. Su llegada al mundo significó renunciar a sueños, planes, carreras, trabajos, viajes. A mí me salvó que mi mamá, desesperada por haber tenido que criar a sus hijas en un pueblo costero de los 90 en el que la sexualidad era manejada muy diferente al Valle Central de colegio de mujeres, lluvia en las tardes y libros de caballería en el que ella había crecido, nos metió en la iglesia católica y ahí nos tuvo contenidas con la idea de la virginidad hasta el matrimonio por lo menos hasta que llegamos a la universidad. Años después, me separé del catolicismo, pero debo reconocer que la estrategia de mi mamá me salvó los sueños y por eso le estoy sumamente agradecida.
Y es que en esa época esas eran las únicas dos opciones: la virginidad o el embarazo adolescente. Este año celebramos 20 años de aniversario de nuestra generación y me atrevo a pensar que el patrón de nuestro grupo se va a repetir en el grupo 2017. El único intento de educación sexual que recuerdo en mi educación secundaria fue una frase del profesor de biología: “no le abran las piernas a cualquiera”, todos, hombres y mujeres, reventaron de risa nerviosa y avergonzada. Eso fue todo. Mi falta de esperanza en esta generación se basa en un video que se hizo viral hace algunos meses; en él, una colegiala de esta institución pública de la que me gradué en 1997 bailaba reggaeton con un compañero en el vestíbulo del colegio, la chica restregaba la parte de atrás de su cuerpito moreno y sexy en la delantera de este compañero que, por su cara, parecía creerse Dios, abría los brazos, le daba nalgadas, echaba el cuerpo para atrás y disfrutaba. Extasiado en el ritual de sumisión del perreo.
El video no me escandalizó -a ver, ¿quién no se ha valido del baile para ligar alguna vez?- Además, podría ni siquiera tratarse de ligar sino de mostrar habilidades en el baile y en el movimiento de caderas, lo cual, por lo demás, se logró. Me decepcionaron los comentarios de mis propias excompañeras, las que hacía 20 años habían quedado embarazadas a punta de prejuicios en relación con la sexualidad y el cuerpo. Denigraron a esta mujer de 16 años, desearon no ser su madre, sentenciaron su cercano embarazo como si fuera una vergüenza, una maldición para ella y su familia. Un castigo por su despliegue de vulgaridad en público. Entendí entonces que sus propios embarazos adolescentes se vivieron como castigos al ejercicio de la sexualidad. Entendí que el ejercicio de la sexualidad adolescente se ve todavía como un acto inmoral. Fuimos una generación sin guía, sin posibilidades de explorar nuestros cuerpos en ambientes sanos, informados; empoderadas. La opción es era ser sumisas.
Yo me distancié eventualmentede la religión que me había salvado del embarazo adolescente y de alguna forma me liberé de la culpa, no sin antes manejar mi sexualidad de forma caótica. El embarazo no es la única forma en la que se manifiesta nuestra falta de formación holística en la sexualidad. Antes de reconocer mi poder sobre mí misma y sobre mi cuerpo, hubo muchas experiencias de aprendizaje a la mala, de ocasiones en las que pude haberlo dicho, pero no dije “no”. Cuán perdidas estamos las mujeres que ni siquiera sabemos que tenemos la opción de decir que no.
Fuimos una generación fracasada en educación sexual que salió adelante después de hijos no deseados, abusos, violaciones, relaciones fallidas, incontables “sustos” y pruebas de embarazo negativas, abortos, abuso de antoconceptivos, condones rotos o inexistentes; sexo en esquinas, sillones, cuartuchos, parques. La mayoría asumió la responsabilidad del cuido de sus hijos y de su manutención, porque la sociedad en la que vivimos no solo culpabiliza a la mujer por haber tenido relaciones sexuales sino que libera al hombre de esa culpa, a través de la indulgencia de su responsabilidad paternal.
No nos merecíamos eso. Nos merecíamos ser mujeres que disfrutan de su sexualidad cuando y donde quieran, que deciden cuándo tener sus hijos y cuántos quieren tener. Que deciden tener relaciones sexuales seguras con parejas ocasionales o estables. Que aman su cuerpo y lo honran por medio del placer.
Fuimos una generación de padres que pensaban “a mis hijos los educo yo”, lo cual se traducía en la inexistencia del tema de sexualidad en casa y en el centro educativo. Un diario digital nacional publicó 27 datos que evidencian que la consigna “a mis hijos los educo yo” no se refleja en menores índices de embarazo en niñas, ni en mayor conocimiento sobre enfermedades de transmisión sexual -incluido el VIH (siglas cuyo significado desconoce la mayoría de la población), mucho menos en el involucramiento de la parte masculina en la prevención de embarazos e infecciones (básicamente no usan condón y dejan la responsabilidad en los métodos anticonceptivos diseñados para mujeres). También muestra muchísimos mitos relacionados con las preferencias sexuales y la transmisión de VIH.
Este grupo de excompañeros de secundaria, a quienes quiero mucho y por quienes he decidido escribir esto, me ha dado la mayoría de material para sustentar este texto, por lo que les estoy agradecida. Sin embargo, debo aceptar que abandoné su grupo de whatsapp precisamente después de que uno de los compañeros publicara un artículo en el que se contaba la historia de una niña que se había contagiado de SIDA por comer de una piña que había cortado una persona enferma. Las razones todavía no me las explico, no me pude quedar callada -supongo-, y comenté que esa información era incorrecta y adjunté un artículo con las formas en las que se contagia el VIH. El hombre que lo había publicado, ofendido, abandonó el grupo. Lo volvieron a meter. Lo primero que hizo a su regreso fue publicar una imagen, en el marco de un partido de la sele, de una mujer de espaldas que miraba de reojo a la cámara, vistiendo nada más que un hilo que dejaba mostrar unos glúteos despampanantemente photoshopeados, sosteniendo un balón de fútbol que ocultaba el pezón del seno que quedaba en foco, en la parte inferior de la imagen, la consigna Vamos sele! (con un solo signo de exclamación). Un par de minutos después, abandoné el grupo y le pedí a la administradora que por amor a todos los santos no me volviera a meter. Ya había intentado, sin éxito, varias veces, hacerles ver a los compañeros cristianos que los mensajes sobre Cristo y los memes con mujeres semidesnudas eran irrespetuosos de la libertad de culto, los primeros, y del sentido común, los segundos. Por no mencionar la obvia contradicción entre ambos. Así que, lo digo con resignación, me rendí. El antecedente de la colegiala reggaetonera, la piña con SIDA y el meme de la sele finalmente me hicieron perder la esperanza. Acepté que en ese grupo de casi cuarentones nada había cambiado en 20 años y seguí.
Pero hay más, la discusión sobre la educación sexual no se limita a cuánto sabemos sobre enfermedades de transmisión sexual y anticonceptivos sino a la forma en la que ejercemos esa sexualidad desde nuestros cuerpos. Las mujeres pierden la virginidad con hombres que son aproximadamente 10 años mayores que ellas, en esquinas, corredores, sofás que quedaron sin vigilancia materna o paterna por 15 minutos, en cuartos de fiestas ante los oídos curiosos de los de afuera; las historias de los hombres tampoco están exentas de violencia, desde otros hombres, principalmente, que los presionan para salir de eso y empezar su vida sexual lo antes posible.
En mi generación, no fuimos educados para amar nuestro cuerpo, para darle placer, aprendimos a ver el acto sexual como una forma de agradar al otro, como una evaluación que un tercero nos hace: ¿fui bueno(a)/malo(a)? ¿lo hice bien/mal? Las preguntas sobre el disfrute se formulan en segunda persona -¿lo disfrutaste?- pregunta cuya respuesta siempre depende de las primeras: si lo disfrutó es porque lo hice bien. Por supuesto que la experiencia ayuda, una persona que ha madurado su experiencia en el sexo es una pareja muchísimo más placentera, no lo discuto, pero no es porque porque sepa “más trucos” sino porque ha desarrollado la capacidad de disfrutar, desde su cuerpo, su propio placer y el del otro.
Las mujeres, sobre todo, tenemos muchísimas dificultades incluso para reconocer nuestro cuerpo. Un ejercicio simple me ayudará a probar este punto. Mujer lectora, responda honestamente a las siguientes preguntas:
- ¿Cuáles son las partes que conforman la vulva?
- ¿Cuál es la diferencia entre la vulva y la vagina?
- ¿Te gusta tu vagina/vulva? ¿Te parece que tenés una vagina/vulva linda?
La mayoría de las mujeres responde a la primera pregunta con términos como labios mayores y labios menores; pero les cuesta trabajo identificar cuál es cuál, ¿el clítoris? Un desconocido. La vulva es lo que vemos, la vagina está por dentro, pero eso tampoco lo sabe la mayoría. Las respuestas a las preguntas en el punto tres son estadísticamente devastadoras: no nos gusta nuestra vulva, pensamos que es fea: no es rosadita, está dispareja, los labios están muy estirados o está arrugada son las razones más comunes que proporcionan las mujeres para justificar su disgusto. ¿Cuál es el parámetro? ¿De dónde sacamos esta percepción de que nuestras vulvas no son atractivas? Bueno, el porno ochentero y noventero tendrá que ver; el estereotipo de la mujer virginal, la niña, también contribuirá con su parte; me es imposible no pensar lo nefasta que ha sido la imagen de la Virgen María en todo esto. Una mujer que es adorada por no haber tenido nunca relaciones sexuales, que podría ser exaltada por su fortaleza, su liderazgo, su valentía; pero no, la redujeron a virgen, esa es su virtud. Cuánto daño nos ha hecho a las mujeres en la exploración de nuestra sexualidad, de nuestros propios cuerpos, de nuestro clítoris.
Las labioplastías, cirigías plásticas que reconstruyen la vulva, aumentaron en un 152% entre 2015 y 2016 en los Estados Unidos. Es solo cuestión de tiempo para que esta moda se mueva para el sur. Entonces, ser zorra está bien, siempre y cuando no tenga ninguna consecuencia visible como un embarazo, por ejemplo y siempre y cuando no se le estropee la vulva de virgen. Las contradicciones y los imposibles no paran. Los estereotipos asociados a la sexualidad trascienden preferencia sexual, nivel educativo, grupo social. Una vez escuché a una amiga lesbiana decir que ella no podría tener relaciones con una mujer negra por temor al color de su vulva y de otra escuché que no podría estar con una mujer que tuviera una vulva fea; cuando le pregunté a qué se refería, explicó que una vulva bonita es aquella a la que “nada le guinda”.
Los ideales de belleza se han hecho inalcanzables incluso para nuestras vulvas: ya no es suficiente con no tener cuerpo de modelo de Victoria Secret, también hay que sufrir por no tener vulva de ángel.
Suficiente.
No podemos permitir que la generación del 2017 repita los mismos patrones que la del 97. Esos muchachos y muchachas merecen vivir su sexualidad de forma responsable, desde el amor a sus cuerpos y al otro. Desde la conciencia de que las preferencias sexuales son solo uno de los factores que contribuye en el desarrollo de la sexualidad. Que respetar mi cuerpo es evitar enfermedades de transmisión sexual, definir cuándo quiero tener hijos (si quiero tenerlos) y con quién. Que la sexualidad no se trata de agradar al otro sino de agradarme a mí y de amar mi cuerpo a través del respeto por mi placer y el del otro. Quedarse callado no es una opción.
No me tomen por valiente, no voy a volver a ese grupo de whatsapp. De todas formas ya acepté que esa no es la manera. La educación es la manera. El proyecto de educación sexual que se viene discutiendo y cuya implementación se planea para el 2018 me devolvió la esperanza que los comentarios sobre el perreo adolescente, la piña y el meme de la sele me habían robado. Tengo esperanza en que se puede repensar la sexualidad, se puede aprender a amar el cuerpo, reconciliarse con él. La educación sexual no riñe con el proyecto religioso, lo complementa y lo enriquece.
