De noche la luz brilla más

Jorge

Yo era un hombre evasivo y ermitaño, encontraba inspiración en la soledad y el cielo abierto. El whisky y otros brebajes me acompañaban en mis regulares huidas al norte, donde el frío… bueno, el frío me abrigaba. Después de varios años de luchar en vano contra aquella insistente desolación, ya había decidido que mi mejor compañera era ella misma, la soledad abrasante, corrosiva… inmutable. No había ser humano que me entienda, que me sobrelleve, no había encontrado hogar, tierra ni lenguaje en común. A pesar del anhelo de compartir, arraigado en mi más profundo engranaje evolutivo (somos seres de compañía), no alcanzaba comodidad en aquella costumbre humana de convivir, comunicar e intervenir… -Es que estamos hechos cada uno de un cóctel de historias y algunas combinaciones nos forjan distantes… es insalvable-. Había comentado alguna vez a alguna mujer lo suficientemente tonta o inteligente, no puedo recordar, que se cruzó conmigo. Si bien mi individualidad, mi diferencia la sentía de manera visceral, marcada, obvia… sobre todo cuando me exponía a un grupo de personas; habían vistas, colores, cuentos, melodías, oraciones, pensamientos que me sorprendían íntimamente relacionado al resto del cosmos. Y eso me impulsaba fuera de mis murallas… vivía para eso, para recolectar esos filamentos de realidad y colocarlas, armoniosamente, en mi tejido mental.

El norte era un lugar casi inhóspito, como la mayoría de los nortes. El silencio y la sordidez de la naturaleza intacta, inerme, llana, lo hacía verse en un espejo, como si se viera reflejado en cada vicisitud de aquel paisaje a sí mismo. Ese lugar del norte, olvidado por todos por mucho tiempo, había sido redescubierto por inmigrantes de la Guerra Grande del viejo continente. Mientras los apoderados con bigotes espesos y caras serias de aquellos países civilizados trenzaban guerras, con argumentos supuestamente circunspectos, miles de personas comunes se vieron arrastradas a buscar tierras amigables en lugares desconocidos.

Lesya

Yo nací ya en una tercera generación de inmigrantes, tenía siete años cuando conocí al señor alto y barbudo que paseaba por el pueblo quitando fotos. Mi familia, los Prisiazhniuk, teníamos una historia también revuelta, llena de acertijos, desesperanzas y colisión de ideales. Mis abuelos fueron los que huyeron de Ucrania, un cristiano ortodoxo y una gitana que enfermaron de un amor profundo que, como aprendí luego, solo la prohibición puede fertilizar. Mi padre era Prisiazhniuk y mi madre una nativa, mi padre adoptó las ideas estrictas religiosas del suyo y vivíamos una vida con voto de austeridad cristiana.

Lo pagano de la abuela Lesya se disipó así, en tan solo una generación, quedó su nombre.

Yo tenía una idea escueta del mundo, mi padre me leía la Biblia y me atemorizaba con ideas de pecado e infierno. Yo lo escuchaba atenta, pero era más su voz y su cadencia lo que atendía, nunca llegué a adoptar del todo su visión… la idea de que el dueño del mundo sea un hombre con voluntad, celoso y con intención de castigar y premiar me parecía absurda incluso con mis cortos años de edad. Más tarde me dirían que hay gente por cuya alma la sabiduría brota con tan solo un poco de rozamiento. Yo era una niña inquieta y curiosa (como si fuera posible ser niño de otra forma), pero especialmente me gustaba mirar el cielo. Preguntaba a mi padre, fuente de conocimiento máximo ante mis ojos, sobre las estrellas y dónde realmente estamos todos, pero el señor Maksym, como lo llamaban los demás a mi padre, tenía respuestas astringentes.

-Querida Lesya, el libro de Job dice que hay preguntas muy impías que no deben ser hechas, cultiva mejor tu fe en el Señor-.

No cabía duda de que el padre de Lesya la amaba con fervor, la miraba hamacarse con gracia, jugar, recoger flores y amaba su cara atónita cuando de noche se ponía en la ventana y observaba por horas el cielo hasta quedarse dormida; amaba esa cara pero años de trabajo duro hicieron que esa misma cara, lo preocupara.

-Lesy, no pienses de más.-

Los paseos de Jorge al norte no tenían propósito fijo, pero tomaba fotos y se sentaba en cualquier lugar arbitrario a escuchar música. Incluso se hizo amigo de unos trabajadores que luego de sus cansadores días iban a beber a lugares improvisados, el alcohol no conoce fronteras.

Esas charlas impersonales me relajaban y distraían de mi propia existencia, de la noche y ruido de fondo. Me gustaba, además, aprender sobre los pormenores de la gente simple, pocas historias me resultaban tan fascinantes. Fue en uno de esos vaivenes que la conocí. El pueblo contaba con una iglesia prosaica y esta tenía un jardín que invitaba a creer en deidades y paraísos. Yo me limitaba a admirar el esfuerzo de los sirvientes de los pastores y asentía a cualquier bendición que el que pasaba me ofrecía, aunque poco estaba interesado en ello.

El interés de Jorge, sin embargo, fue capturado una vez por una niña de siete años. Jorge era foráneo para ella. Los hombres que ella conocía eran todos parecidos a su padre. Jorge tenía demasiada barba y demasiado pesarosas las ojeras y a diferencia de su padre, su rostro parecía, aunque taciturno, más sincero. Lesya preguntó a su madre por este señor y ella le dijo que era un extranjero, que los extranjeros eran extravagantes pero que no eran malos. Le daba impresión ir a hablarle pero eso no le detuvo, por supuesto.

-¿Te gusta mirar y pensar?, a mí también.- Me dijo la niña al acercarse.

Jorge estaba tan ensimismado que respondió la pregunta sin contextualizar y preguntarse de dónde venía. Como si la pregunta lo hubiese hipnotizado.

-A veces, a veces no pienso y miro y trato de no pensar… pero las ideas siempre vienen después. Es imposible que un estímulo externo tan bello como éste no impulse una sarta de ideas en mi cabeza.-

Le dije que no sabía qué significaba estímulo ni sarta, ahí fue que cayó en cuenta y me dijo que vaya con madre.

En realidad, Jorge tenía miedo de esa gente y sus costumbres demasiado serias.

Antes me respondió que estímulo era una señal que venía de afuera o de adentro capaz de causar una reacción fuerte en alguien o algo y que sarta, bueno, sarta significaba un número grande de cosas. Le regalé mi más brillante sonrisa y volví junto a mi madre cambiada, acababa de enamorarme de él, del hombre que supo aclarar dudas sin hacerme sentir un poco mal, me regaló la luz. Además, tenía una nueva palabra favorita, estímulo, eso describía cuando miraba el cielo. Yo, por supuesto, no era consciente de todo eso, y tampoco descubrí todavía que mi apetito a las respuestas y a las preguntas nunca iba a saciar. Mi madre, Ester, era una señora de muchas palabras y pocas ideas, pero era afable y yo le profesaba el más tierno cariño. Aunque siempre estuviese ocupada… era una relación hermosa donde no esperaba de ella más que su olor de pelo y que ella cepillase el mío mientras cantaba. Cuando mi padre me dijo que ella debía ir al cielo porque así lo quiso Dios, la tristeza y el enojo no tuvieron cabida a mis ocho años. Crecí aún más sola y testaruda y alejada de las enseñanzas espirituales de mi padre. Él no lo notaba, yo no era tan buena ocultando como él lo era ignorando… Lo vi de vuelta, y nunca estuve tan ávida de respuestas cómo en esa terrible semana. Y era él el señor de las respuestas, se percatastó de que estaba resuelta a hablarle, mi tristeza hacía que roce la impertinencia. Por supuesto que todas estas palabras no conocía en ese entonces, es ahora de vieja, que puedo describirlo. Le hablé y hablamos del cielo…

-¿Cómo te llamás? ¿Tu padre no te está buscando?-

-Lesya, señor barbudo. ¿Y usted?-

Mi verborragia quizá contenía demasiadas ideas para una niña triste de pueblo pero Lesya parecía entusiasmada. Y ese día tenía un mensaje optimista.

Aproximadamente 13.500.000.000 de años tiene de edad el universo, durante esos años una cadena de eventos azarosos que sólo obedecían las leyes de la física condujeron a la existencia eventual de una estrella de tamaño modesto en las afueras de una galaxia más de entre miles de millones. Al alrededor de la estrellita, a la que llamamos Sol, se formaron, entre otras casualidades, motas de polvo rocoso, una de ellas es nuestro hogar genealógico. Por miles de años la pócima germinal de la vida tuvo lugar aquí, la llamamos Tierra. La selección natural finalmente encauzó a que cada uno de nosotros existamos. Es difícil, si no imposible, dimensionar la fortuna de estar vivos, con cada uno de nuestros recuerdos y nuestras consciencias: la secuencia de eventos necesaria para engendrar la singularidad que caracteriza la idiosincrasia de cada ser humano es tan única como cada uno.Y así también es fortuito haber vivido. La muerte es triste Lesya, extrañamos, pero comparado a no haber vivido nunca… es un milagro. El ensamble de átomos que hoy nos conforma como individuos tiene una fecha de caducidad patéticamente próxima, tanto así que nuestras vidas, aunque de vez en cuando por razones psicológicas nos parece aletargada y parsimoniosa, no es digna, ni siquiera casi digna de hacerse metáfora de “pestañeo cósmico”. Nuestra insignificancia en tiempo y espacio es incuestionable, el significado le damos nosotros, con lo que elegimos hacer en nuestro breve instante de lucidez, a quien decidimos dedicar nuestro tiempo. Razón suficiente para celebrar todos los días. Luego me dijo que, contrariamente a la creencia popular, los libros lo que hacen es acercar más a las personas de forma más profunda, unir más los puntos, darle riqueza a todo lo que percibimos y vivimos y la muerte y las madres y las rosas…

Así fue que el segundo encuentro con el hombre de las respuestas fue el último y es el primer eslabón de esta cadena de historia que desembocó a que esté hoy aquí, introduciendo mi tesis sobre formación estelar en los cúmulos de galaxias menores.

Lesya Prisiazhniuk Yahari